miércoles, julio 23, 2008

Lo que hay de nuestras almas en las animalías

Rafael Toriz en tierras bárbaras



Perversiones de un joven ensayista



¿QUIÉN ES RAFAEL TORIZ?, se preguntarán todavía muchos escritores y lectores. Lo sé únicamente por azares del destino: llegó como becario de la Fundación para las Letras Mexicanas hace 5 años, donde se dedicó al aprendizaje de los recursos para escribir ensayo con especial talento.

Yo lo miraba de ladito, allá en el Niza, por aquello de que hablaba un poco en semántica, y otro tanto con una cascada de citas. Lo cual no está nada mal en un escritor de 20 años —porque nadie lo dudaba en Liverpool 16: Rafael Toriz (Jalapa, Ver., 1983) nació para ser escritor.

No nos equivocamos. RT ha trabajado Animalia[1], un libro fascinante, poético e inteligente: excelente prosa. No es, cabe aclarar, un libro de ensayo, sino una obra de creación a partir de la tradición de los grandes bestiarios de la antigüedad.

Pudiera ser que una definición de un literato veinteañero provinciano con esas cartas de presentación dé escalofrío, y piense uno en una versión veintiún secular de nuestros críticos más mamilas. Pero, Toriz estaba vivo y ávido de seguir viviendo. Bastaba verlo. Y ha cumplido hasta ahora. Sin descuidar la cotidianidad y la existencia, el amor y el desamor, el descubrimiento de países y ciudades, la amistad y algunas penurias y estrecheces, RT ha seguido leyendo y escribiendo: tiene el fuego —o llamémoslo el demonio— de la creación.

Mas para escribir no basta la necesaria pasión, ni el deseo. Tampoco es útil el solo talento. Toda gran fábrica literaria se distingue por el cuidado sutil de su diseño, y su invisible arquitectura y equilibrio. Incluso, es imprescindible aprender a calibrar la adecuada distancia de la intensa luz del cometa de la imaginación. Y, al término, concretar el trabajo con un lenguaje sin asperezas, sin violentos ascensos, caídas o curvas pronunciadas: regodeos inútiles o afanes de lucimiento más propios de la soberbia que de una sensibilidad que se exprese a través del propio texto sin el menor aspaviento.

Tentaciones y riesgos ante los cuales, pueden incurrir tanto autores incipientes como experimentados. De esa materia están constituidas, actualmente, numerosas artesanías literarias que el mercado pretende subastar como obras consagradas.

Cabe agregar que, incluso, para nuestra común desgracia, esto sucede con la venia y complacencia de los críticos.

En contraposición, puede corroborarse que Animalia no ha traicionado ni el criterio crítico, ni la exigencia estética de Toriz. El autor se ha aplicado todo el rigor de su formación para afinar y dar su aprobación a sus textos.

Animalia, a la manera de los textos breves de Torri, de Arreola, de Monterroso o de Hiriart busca una perfección afín a la enunciada por sus ilustres predecesores. Mas sus rasgos distintivos surgen de ese amplio remolino que la desconstrucción y la posmodernidad otorgan a los vástagos de los mundos fractales contemporáneos.

No extrañan por ello referencias como las que encontramos como declaración inicial en “El cocodrilo”: ‘Aquí en estas letras y sitiado en mi epidermis, declaro que no es de roca mi textura…” —por ejemplo. O bien: ‘Es imposible descubrir su engaño porque la oropéndola, en lo profundo de su nido, sólo canta para ti’. (De “La oropéndola”). Expresiones que sin duda provocarán profundos placeres a los apasionados de la intertextualidad.

No nos detengamos, más allá de tales guiños pícaros, hay una dedicada y amorosa lectura y asimilación del género. Como Plinio el Viejo en su Historia Natural, Toriz ubica la geografía habitada por sus criaturas; cuida el término etimológico que ubica universalmente a cada ejemplar referido. Asimismo, como sucede en el Fisiólogo, se destacan tanto la caracterología de cada una de las bestias citadas, junto con sus peculiaridades tanto biológicas como los atributos que el mito o el folklore agregan a las animalías.

La elección de dejar clara la filia, orden y género del volumen es parte de la claridad con que se concibe la obra. En su mayoría, el catálogo de Toriz se refiere a una zoología mexicana. Coincide con el Borges del Libro de los seres imaginarios únicamente con la “Anfisbena”, aunque las relaciones de entrambos son complementarias. Sospecho un homenaje a Borges con la descripción del “Raknarok” y con “La metáfora”.

Hay otros reconocimientos cómplices en el volumen. López de Gómara y José Durand pueden sentirse satisfechos con “El manatí”; Horacio Quiroga con “El pinocóptero”.

La mera enunciación de nombres y recursos técnicos no sería suficiente para dar una buena opinión acerca de Animalia. ¿Qué agrega el volumen a la larga lista de tratados zoológicos previos?

La pregunta se contesta al recurrir a cada parte y al conjunto: la facilidad con la que el lector acepta la propuesta narrativa de Toriz. La justa brevedad de cada texto propone un diverso deslumbramiento. Cada bestia evoca una diferente emoción, una distinta sensación. En tal sentido, la prosa de Toriz está cargada de una tensión poética. Misma que se aprovecha en función del ritmo de sus frases y la certeza de propiciar una nueva percepción de un animal que parece familiar, aunque no sea necesariamente parte de nuestro entorno cotidiano.

Afirma Rafael Toriz: ‘Antiguo como las tinieblas y prófugo de su conciencia, el celacanto es el animal más solo y olvidado que ha existido. Burlador de todas las eras y enemigo de la muerte…’. Y nos convence.

O dice: ‘Junto con las ballenas grises y algunas tortugas dispersas, el elefante es quien resguarda la memoria de la Tierra. Su papel dentro del reino ha sido testimoniar el paso de los seres en su acontecer por el planeta…’

Y sospecho que la lectura de Shakespeare propicia visiones como las que hablan de la libélula: ‘El único lugar donde mora la libélula en en los ojos de los nobles y los puros y los magos’ […] para concluir que [las libélulas] ‘viven enamoradas de las ninfas y en su reino de cristal van al cielo y se hacen lluvia’.

En un mundo dominado por la violencia como manifestación extrema de la ambición de poder; en un vasto territorio donde los términos sufrimiento y muerte parecen ser la solución única para el dolor, la pobreza y el hambre, la lectura de textos como Animalia de Rafael Toriz son más que un breve oasis una negación del fatalismo y de la desesperanza. Expresan con plenitud la lucha —deseémosla más vasta y permanente— contra el diario desánimo que las planas de los diarios, los medios y la intolerancia buscan imponer como regla para nuestra existencia.

En tal sentido, Animalia es un libro que perfila un distinto humanismo, el de aquellos que desean aún ser y permanecer gozando de la vida y de la inteligencia.

Por ello celebro la aparición de este libro. La mejor manera de congratularnos con Rafael Toriz, escritor, y el brillante y atinado ilustrador del volumen, Edgar Cano, es contándonos entre sus lectores.

*



[1] La edición estuvo a cargo de la Universidad de Guanajuato. Cabe felicitar a esa casa de estudios por el tino de patrocinar una publicación de alta calidad editorial.

Toriz, Rafael y Edgar Cano. Animalia. Universidad de Guanajuato, 2008, 90 pp. (Biblioteca universitaria). Ilust. isbn 978-968-864-496-6

lunes, julio 21, 2008

Las perversiones de un joven ensayista


Miércoles 23 de julio de 2008, 19 hs.
Entrada libre
¿QUIÉN ES RAFAEL TORIZ?, se preguntarán todavía muchos escritores y lectores. Lo sé únicamente por azares del destino: llegó como becario de la Fundación de Literatura Mexicana hace 5 años, donde se dedicó al ensayo con especial talento. Yo lo miraba de ladito por aquello de que hablaba un poco en semántica, otro tanto con una cascada de citas. Lo cual no estaba nada mal en un escritor de 20 años. Porque nadie lo dudaba en Liverpool 16: Rafael Toriz nació para ser escritor.

Pudiera ser que una definición de un literato veinteañero provinciano (Jalapa, Ver., 1983) con esas cartas de presentación dé escalofrío, y piense uno en una versión veintiúnsecular de nuestros críticos más mamilas. Pero, Toriz estaba vivo y ávido de seguir viviendo. Bastaba verlo. Y ha cumplido. Sin descuidar la cotidianidad y la existencia, el amor y el desamor, el descubrimiento de países y ciudades, la amistad y algunas penurias y estrecheces, RT ha seguido leyendo y escribiendo.

Ahora presenta Animalia, un libro fascinante, poético e inteligente: excelente prosa. La edición (2008) estuvo a cargo de la Universidad de Guanajuato. Y hay que felicitarla por el tino de patrocinar una publicación con esta calidad para el escritor y para el ilustrador --brillante y atinado-- Edgar Cano.

Y, bien, seguiré comentando acerca de Animalia el próximo miércoles en la Sala Adamo Boari del Palacio de las Bellas Artes.


sábado, julio 12, 2008

Del tiempo y sus calendarios




CADA LECTURA de La máquina del tiempo (1895) de H.G. Wells remueve en la memoria la paradoja de que para un determinado espectador todo tiempo es simultáneo. En cambio, la propuesta de Proust en su En busca del tiempo perdido (1913 – 1927) pareciera afirmar que el espectador es la máquina del tiempo, y que en él los tiempos son simultáneos.

En el Ulises (1933), la situación es distinta: todo el tiempo confluye en un día, en una misma ciudad —Dublín—, en una trinidad literaria: Bloom, Molly y Stephen; un canto a una fecha significativa y amorosa a la que se ha dado en llamar Bloom’s Day.

No obstante, ese 16 de junio de 1904, que celebra el encuentro de James Joyce con Nora Barnacle, la madre de sus hijos es —en el fondo— la crónica del desconcierto e inmovilidad del mundo previa a la Gran Guerra. Las razones son extraliterarias.

Magia semejante se vislumbra en el Carlos Fuentes de Aura (1962), donde se propicia la regeneración del tiempo, su circularidad, en un relato donde la existencia se sublima en un rito estremecedor. Hay también una novela de Ignacio Solares menos comentada: Casas de encantamiento (1987), donde el protagonista es capaz de internarse —sólo— en ciertos pasados de la ciudad de México, un tanto afín al Bioy Casares de El perjurio de la nieve o de Historia Prodigiosa (1944).

De hecho, todo tiempo de un texto literario crea un tiempo propio, con reglas estrictas en su formulación, de modo que no necesariamente se inserta en un tiempo lineal cronológico y mesurable, aunque busque emularlo. (Hay quien afirma que Joyce tenía esa intención en las 24 horas que supone el Ulises en su lectura). Tristram Shandy de Laurence Sterne, en contraste sorprendente, tarda más en nacer que en contar su vida. Los griegos significaban su relación con el tiempo al referirse a Cronos, devorador de su progenie, sólo vencido por Zeus, su hijo.

Por otra parte, mucho se ha abundando sobre la necesidad humana de medir y conocer el tiempo. Ciencia y filosofía han dedicado numerosos empeños en el intento por atrapar el tejido del tiempo. Ciertamente, la naturaleza del tiempo cronológico tiene el mismo misterio y fascinación que los tiempos internos de la literatura y el mito. Basta con pensar en las consecuencias de un viaje espacial para internarse en un mundo de paradojas que la teoría einsteniana plantea.

Sin embargo, en nuestra cotidianidad, tiempos y calendarios también han proliferado. Se admite que todo individuo tiene un determinado reloj —ritmo— biológico, que marca ciclos únicos para cada uno de nosotros. Adicionalmente, la sociedad sobrepone calendarios y periodos a los estacionales. Desde los hacendarios, los cívicos, los políticos, los electorales, los deportivos, los culturales, los culinarios, etc.; hasta los laborales, educativos, familiares, médicos, religiosos y los íntimos habitamos una serie de ciclos adicionales a los que mal que bien llegamos en su mayoría a adaptarnos. Incluso, en el colmo del refinamiento, hay un calendario de lo que no podemos hacer.

¿Cuántos calendarios hay en una persona? ¿A qué necesidad responden? ¿Cómo se gestan, gastan o consolidan? Y, finalmente, ¿cómo es capaz cada persona de manejarlos? El tema me parece fascinante. Supone una serie de interrogantes múltiples, que considero pocas veces se hacen explícitas en nuestro trato con los demás. Muchas circunstancias tendrían perfiles menos complejos de hacer un análisis en ese sentido.

Cabría agregar a este recuento los calendarios aparentemente fútiles: ¿cada cuando ir al peluquero?, por ejemplo. ¿Cuándo debe uno comprar ropa? ¿Cuándo fue la última vez que se aceitó el cerrojo de la puerta o se revisó la instalación de gas? Incluso, se descubre, para ciertas situaciones el intempestivo fin de la vida de un objeto llega a ser una catástrofe: ¿Cuánto dura un disco duro, unas balatas, un clutch? Tiempos, periodos, calendarios.

A su vez, hay fechas que se olvidan o se compactan. A los 20 o 25 años puede uno acordarse de un primer beso, del día en que uno compró el anillo de compromiso o cuándo se recibió. 30 años después, difícilmente importa alguno de esos acontecimientos: más preocupa el vencimiento del seguro del coche o el pago puntual del teléfono o la luz que el calendario Werther.

Con esto puede comprenderse que haya escalas de valores absolutamente incompatibles en función de las prácticas y metodologías calendáricas, incluso entre personas afines o entre consanguíneos. Elías Canetti en Los emplazados dibuja muy bien a una sociedad donde cada individuo lleva al cuello una cadena con la cápsula donde se señala su fecha de muerte: una sociedad perfectamente neurótica y disfuncional.

La nuestra, en cambio, debe su disfuncionalidad y su neurosis a la postergación perpetua, como lo corrobora el calendario del Mañana al Ratito o Después, fundamentado en una serie de aplicaciones del principio de incertidumbre de Heisenberg con variantes regionales más o menos laxas.

Asimismo, la planeación de actividades a futuro se basa en la paradoja del gato de Schroëdinger y en algunos comportamientos semejantes al de las partículas subatómicas. Tal es la agenda del Puéque, que entre la gente cultivada se conoce como Chance.

Mucho del desconcierto social contemporáneo, incluso, tiene como base un calendario del Imaginario Colectivo, que dependiendo del grado de información y conocimiento de cada persona alcanza un refinamiento diverso para señalar el fin de todo calendario. Así, para quienes tienen preferencia por las culturas de la India, tienen como final del calendario el 2012. Fecha semejante proponen algunos mexicanistas. Los atentos a los ciclos de la historia marcan la conflagración nacional, ya por costumbre, para el 2010. Aquellos afines a las propuestas de Hollywood tienen preferencias plurales, que si no es una fatídica, como un asteroide, será un volcán o una glaciación o una serie de estallidos de ojivas en varios submarinos nucleares: circunstancias que pueden —a su vez— ocurrir una, varias o ninguna. Para el caso.

Por mi parte, prefiero mis perversiones. La lectura de Jorge Ibargüengoitia y de Stanislav Lem a temprana edad me permite mirar el tiempo y las cronologías con otra visión. Leer los diarios con el juicio de quien vive el día me parece una actitud contraria del todo al espíritu del Carpe diem. Es la mejor manera de inspirarse para escoger la línea y el tren del metro que segará nuestra vida.

Como alternativa, he encontrado más saludable la lectura de la Historia como si se tratara de un diario o una crónica reciente, sin las presiones propias de la época en que los hechos ocurrieron. Me parece divertido pensar, digamos, que Carlomagno emperador esta noche hará travesuras con una chica de la que todo sabemos —y lo que no, lo imaginamos. Mas Carlomagno aún no se ha decidido. Pero lo hará.

O repetir con el Kurt Vonnegut de Timequake (1998) una década completa, a partir de un bucle temporal que produce una falla del continuum. Orbe, mundo donde se hace imposible cambiar nada, como si todos fuéramos las imágenes vacías de un reproductor de videos durante una época.

Puedo también ver con claridad el discurso que pergeña en su cabeza Santa Anna mientras cabalga durante dos semanas hacia la frontera mexicana para pelear contra Samuel Houston.

Disfruto con malsana complicidad, igualmente, la estrategia que calcula Flavio Josefo para decir: “aquí no pasó nada, y háganle como quieran” a quienes lo interroguen respecto a los sobrevivientes y los desaparecidos durante la caída de Jerusalén. Vaya grillo. Vaya estrategia para relatar —él— la historia, me admiro.

A la inversa, leo con ojos de un futuro siglo la incertidumbre y temores de de los momentos presentes. “Este boceto tiene influencias del siglo X romano”, me comenta mi mala conciencia. “Los conspiradores de los que habla Riva Palacio en el Libro rojo tenían más ingenio o tanto como éstos”, valdría apuntar al margen. Dénles capacitación.

De todos modos, como de costumbre, las muchedumbres se incendian como los campos petroleros de Kwait en la guerra madre de todas las batallas. De todos modos, los apocalipsis y los miedos se suceden en los espíritus con profecías fatales y con horrores disfrazados de jinetes vengativos. De todos modos, el mundo, la calle, la azotea de la casa o del edificio de departamento quién sabe si aguanten un temblor del 8 nuevamente. De todos modos, las cosas cambian.


jueves, marzo 27, 2008

Como daneses de Shakespeare

SE AFIRMA EN LOS DIARIOS hoy:


"Que al menos dos de los 10 intelectuales que conforman el grupo en defensa del petróleo, presentado el martes por Andrés Manuel López Obrador, reconocieron no tener mayor idea de qué es lo que van a hacer: José Emilio Pacheco y Lorenzo Meyer.

"El escritor José Emilio Pacheco le hizo saber a gente de su confianza que no sabía qué es lo que se supone que hará en el movimiento de López Obrador, y que estaba preocupado de que lo asociaran con cercos al Congreso o tomas de carreteras.

"José Emilio aceptó pertenecer al grupo porque le dijeron que sólo faltaba su nombre en la lista, donde ya figuraban los de sus entrañables Carlos Monsiváis y Elena Poniatowska.

"Que en una entrevista de radio, el historiador y analista Lorenzo Meyer respondió a la pregunta de qué era lo que iba a hacer en ese grupo: “Es una buena pregunta, porque yo también me la hago; la invitación vino el martes, en mi caso, así que la pregunta de exactamente para qué se nos convocó a esta organización es algo que todavía no puedo responder”.

Pegado de <http://milenio.com/mexico/milenio/firma.php?id=608221>



Asimismo, en "Bajo reserva" de El Universal se lee:



"La versión tomó fuerza en plena Semana Santa: Sergio Vela renunció a la presidencia del Consejo Nacional para la Cultura y las Artes. Por supuesto, ninguna fuente del gobierno la avaló. La directora del Fondo de Cultura Económica, Consuelo Sáizar, negó ayer que ella vaya al relevo del hombre de la pajarita. Lo cierto es que el mal tiempo no se ha alejado del Conaculta, nos comentan".

Pegado de <http://www.eluniversal.com.mx/columnas/70613.html>



La escena restante tiene también filos riesgosos:

  • Un ataque numeroso expresado en los medios contra la UNAM a lo largo de las pasadas semanas a causa de un grupo de estudiantes muertos en la incursión del ejército colombiano a territorio ecuatoriano para destruir un campamento de las FARC. En suma, se culpó a la UNAM de ser un foco de subversión. Poco defendió la sociedad a la universidad y su papel de pivote favorable del cambio del país.
  • 55 días de huelga en la UAM, propiamente durante el periodo más intenso del trimestre.
A ello debe agregarse la alta tasa de desempleo entre creadores y artistas. Carecen de espacios de difusión, carecen de promoción adecuada y poco se atiende a su alta o buena calidad y a su valor como forma de facilitar la integración e identificación dentro de la sociedad.

El pensamiento y la creatividad, así como el papel de la ciencia y el desarrollo tecnológico están mal vistos en el país. Predominan la usura y un vacío de la aplicación de la ley al seno de los diversos niveles gubernamentales y un ejercicio político egoísta donde toda ética está ausente.

En suma, huele a podrido.

domingo, marzo 23, 2008

Que hable México


"Que todo está listo para que Consuelo Sáizar, directora general del Fondo de Cultura Económica, releve, quizá esta misma semana, a Sergio Vela en la presidencia del Consejo Nacional de la Cultura y las Artes (Conaculta)". Se afirma en Milenio.



domingo, febrero 24, 2008

Propuesta de lecturas


¿QUÉ LEER QUE SE APARTE DE LAS MODAS? Al llegar a una librería el lector se encuentra con cientos de propuestas de lecturas. Muchas de ellas repetitivas o poco originales. Pero tampoco basta la originalidad para ser convincente. Qué más quisiéramos que cada libro que nos cae entre las manos fuera una forma de tener acceso a mundos sorprendentes.

Poco se sabe en México de la poesía bretona, por ejemplo, cuyo mejor exponente durante el siglo pasado fue Eugéne Guillevic, que ofrece una poesía de una sencillez avasalladora.

Sólo unas cuantas noticias se tienes de Thomas D. Tennery, un soldado raso norteamericano, voluntario, que invadió México en la guerra de 1847. La lectura de su diario, único libro que escribió, sorprenderá a quienes busquen comprender los contrastes que desde siempre marcan los modos de ser de este país y sus diferencias con los Estados Unidos.

No hay ciertamente un amplio público cuya primera opción sea leer poesía. No obstante, quien escuche o leea los poemas de Shuntaro Tanikawa, uno de los más importantes poetas japoneses contemporáneos, ahora vertido por primera vez al español, comprenderá por qué este libro viene a demostrar que la gran poesía carece de fronteras y deslumbra y atrae desde el primer momento.

María Baranda es una de las poetas mexicanas que sorprenden con cada uno de sus libros. La selección que preparó Plan C editores en coedición con Écrits de Forges, la más reconocida editorial de poesía de Québec, en edición bilingüe, es una invitación a un mundo de sonidos, imágenes y sensaciones poco habituales en el contexto de la poesía mexicana.





lunes, noviembre 19, 2007

Transformación alfabética nacional



A mediados de los 90, muchos en México eran Marcos. Ahora, dicen los medios, somos narcos.

domingo, octubre 21, 2007

Breve y bueno



CUANDO TRANSCRIBO POEMAS, lo cual es un delicioso ejercicio, he notado con frecuencia un condicionamiento de la cuartilla en blanco: muchos poetas contemporáneos se ajustan a la página, consciente o inconscientemente. Lo cual no pasa de ser un dato curioso, que ni siquiera apoya la estadística.

Verso libre y verso blanco o formas rítmicas el poema alcanza una expresión siempre diversa cuya referencias pueden ser numerosas sea por la sensación, sea por la descripción, el juego de imágenes y símbolos, la representación del mundo, la suma de una experiencia de vida o de un mero acto, etc.

En Silencios, Iván Trejo, o Raúl Iván Trejo decide que el poema puede ser diverso asunto, mas siempre breve. Relámpago o epifanía, el poema es para decirse, para ser atrapado y cantarse. También, un espejo del deseo y de la pasión de la carne pasajera; una definición del tiempo entre la ausencia o la presencia de una entidad extrañada; beso y estremecimiento; o fragmento de una mujer; en tanto el silencio es imagen de la muerte, o nada.

A partir de tales percepciones, que en Silencios son iluminaciones, la poesía de Trejo se vuelve reflexiva, la palabra es instrumento de milagros y/o palanca para lo imposible; de ahí que en ocasiones el silencio tome la forma también del fuego amatorio compartido o se mude en eje del tiempo, suma de soledades y a veces sea el medio a través del cual se contemplan callados extremos impronunciados del mundo:

XV

Tu nombre

tallado en el pino

el tule

el abedul

sólo tu nombre

cerrando mis ojos.

Momento que alcanza el poeta a percibir en otros espacios de la naturaleza: sucede así también con la visión de una urraca y su “invisible canto”. Visiones tales podrían tener una explicación en la necesidad de recurrir a la poesía para hacer un registro de aquello que en la soledad, en los ocasos ardientes, transforma al hombre de todos los días en un obsesivo perseguidor del poema.

Trejo gusta por momentos del abandono de la brevedad: esto sucede al romperse el silencio de las cosas: cuando acecha alguna amenaza. Mas no ignora que, ante el peligro, lo mejor es soportarlo estoicamente, sin queja, lamento o grito. En contraste, hay momentos secretos donde el mundo propio, íntimo, padece —como inmerso en una dimensión ajena—: acude a la experiencia e infiere así que pronto salvará el escollo, ya que tales hechos son rito de paso o parte de un necesario ciclo en la vida de todo hombre.

Con ello, se observa cómo a partir de los silencios se ha ido formulando una propia definición de la naturaleza del escritor, totalmente visible, mas sin fácil perspectiva de no existir un principio ordenador: la sucesión númerica en la que ha basado el poeta la construcción de su obra. Silencios, en principio, no es un libro para leerse desordenadamente, bajo riesgo de perder la clave del volumen, su evolución y proceso.

Veamos por ejemplo: ¿Qué ocurre ante la contemplación de la muerte? ¿Qué ve el poeta en ese territorio de los inmensos silencios?:

XXIV

La buena muerte

da besos que no despiertan.

Cada límite le permite fijar una serie de símbolos que marcan el juego de su alegoría, donde la urraca, la niebla y la oscuridad son puerto último del amor (porque el poeta se asume también en ocasiones como oscuridad).

Por ello, al término de la primera mitad del conjunto de poemas, Trejo hace un paréntesis, donde confiesa que el trabajo poético es como la obra de la urraca. La concisión de la imagen es espléndida (Trejo, Silencios, XXXIII). Los poemas siguientes dan cuenta de esa conciencia del creador en relación con los demás oficiantes de la poesía. Y cabe notar en el poema XXXVI un guiño orgulloso para aquel poeta heterónimo de Borges que, en “Museo”, ‘declara su nombradía’.

De

nadie

ha

sido

suyo

este

silencio

mío.

Estas reflexiones las interrumpe la ruptura amorosa: intempestiva. Así el ser que deja de ser, sin morir, puede incluso contemplar su agonía —sin límite— desde la otredad. Cumplido el hecho, separados los amantes, el poeta ha regresado a las sombras, al silencio. Es nadie, nada.

Largos son el dolor y las formas del recuerdo, hasta que un acompañante, velada representación de la Poesía, se manifiesta ante él, con extraño aspecto, ‘jugando con las patas de los grillos’ y un nuevo horizonte se manifiesta. Es el nacimiento de otro ciclo. Es una vuelta a un nuevo silencio.

Trejo, comprendemos, es un poeta que dice y calla. Deja al lector compartir el placer de la epífanía a un lado del creador y logra en la brevedad la invocación de un mundo donde el silencio y la luz ordenan en el atanor oscuro del alma de la palabra los temas de la poesía que a lo largo de toda tradición hacen a los hombres recordar que poseen una trascendencia más allá de los meros actos cotidianos. Quien llegue a las páginas de Silencios observe callado y respetuoso el canto que cada verso del poeta hace nacer en su corazón.




miércoles, septiembre 05, 2007

Breve observación

En las oficinas públicas, la vida rebosa tiempos muertos.

domingo, enero 14, 2007

Un antecedente del Pedro Páramo de Rulfo

COMO SUCEDE EN LA VIDA CON FRECUENCIA, llegué a la prosa de Richard Middleton (1882-1911)por azar, por mi afición a las historias de fantasmas que pueblan buena parte de la literatura inglesa del XIX.

Desde Los piratas fantasmas y la lectura de William Hope Hodgson --cuya lectura me descubrió una novela extraordinaria, La casa en el confín de la tierra--, tenía nostalgia de un tono semejante. No me detendré en ciertos paralelismos en las vidas tempranamente truncadas de ambos escritores, Hope H. y Middleton, ni en sus diferencias y afinidades. Cualquier lector de sus obras podrá hacerlo con facilidad.

La edición de Valdemar de El buque fantasma tenía más de un año en la fila de los libros pendientes en mi escritorio; y lo comencé a leer por el prólogo sin tomar muy en cuenta los comentarios de Arthur Machen a su respecto.

El criterio de selección de títulos de la colección El club de Diógenes es simple: rescata obras clásicas libres de derechos, las traduce correctamente y pone al alcance títulos que de otra forma habría que rescatar de los e-textos del Proyecto Gutenberg --cuando están en inglés, como sucede con RM-- o de alguna otra fuente (impresa o electrónica). Las ediciones están en papel crema, cosido, pegado en 1/16 (formato de bolsillo) y cubiertas de cartulina ilustradas en selección de color con obras de arte de época. Distribuye con amplitud, y si un texto se agota debe uno esperar ansioso la reedición. Un modelo perfecto para un mercado que se renueva con rapidez: los jóvenes lectores.

Middleton resultó ser un autor de contrastes. Combina varios tonos: uno intimista, más próximo al ensayo biográfico de ficción o al sociológico de un mundo paralelo al de los desposeídos de Charles Dickens; y el del imaginario literario --semejante al de Marcel Schwob. En tal medida, mi expectativa de la ficción en el volumen no quedo del todo satisfecha, ya que en conjunto el volumen hace una antología de las diversas facetas creativas del autor.

Realmente es en la fantasía donde radica la fuerza narrativa de Middleton: logra una altura poco común en el manejo de tonos poco explorados: "El buque fantasma" es un relato extraordinario, posterior a La ville-vampire (La ciudad vampírica), 1875, de Paul Féval --cuya obra no ha sido revalorada-- que logra un tono humorístico, parteaguas en la literatura fantástica. Middleton, con recursos propios de la gran narrativa inglesa (Sterne, Thackeray, Stevenson) escribe una historia conmovedora por su tratamiento: la invasión de un pueblo alejado del mar, donde desembarca un barco lleno de piratas fantasmas y su fugaz relación con los habitantes --vivos y muertos-- del lugar. Escrita con un balance perfecto en ritmo, atmósfera y peripecia la historia alcanza su desenlace con exactitud. No extraña que este relato sea considerado ejemplar para el género.

Mas la narración que motiva el título de esta reflexión es "En el camino de Brighton", cuento donde se describe el encuentro de dos viajeros --un par de vagabundos-- cuya estación final es incierta en todos sentidos. Middleton los presenta a través del diálogo sin mayor retórica, cuidando sólo marcar las diferencias entre ambos hasta el desenlace. Su breve separación y su encuentro final hacen de la historia un texto impecable. La intriga en torno a cada uno se dispa sin objeciones al final del relato. Este es su valor.




Cuando se lee de joven a Pedro Páramo, sin tener una mayor información respecto al texto de Juan Rulfo, tal vez uno de los momentos más sorpresivos sea el de la introducción al momento de releerla al terminar la lectura de la novela: la transición del mundo de los vivos al de los muertos carece de un momento definido. ¿Proviene el arriero de la Media Luna? ¿Es un habitante de Comala? ¿O simplemente ha sido alguien como Juan Preciado?

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"--¿Cómo dice usted que se llama el pueblo que se ve allá abajo?

--Comala, señor.

--¿Está seguro de que ya es Comala?

--Seguro, señor.

--¿ Y por qué se ve esto tan triste?

--Son los tiempos, señor. [...]

--Sea usted quien sea, se alegrará de verlo.


En la reverberación del sol, la llanura parecía una laguna transparente, deshecha en vapores por donde se traslucía un horizonte gris. Y más allá, una línea de montañas. Y todavía más adelante, la más remota lejanía.

--¿Y qué trazas tiene su padre, si se puede saber?

--No lo conozco --le dije--. Sólo sé que se llama Pedro Páramo.

--¡Ah!, vaya.

--Sí, así me dijeron que se llamaba.

Oí otra vez el "¡ah!" del arriero.

Me había topado con él en Los Encuentros, donde se cruzaban varios caminos. Me estuve allí esperando, hasta que al fin apareció este hombre.

--¿A dónde va usted? --le pregunté.

--Voy para abajo, señor.

--¿Conoce un lugar llamado Comala?

--Para allá mismo voy.

Y lo seguí. Fui tras él tratando de emparejarme a su paso, hasta que pareció darse cuenta de que lo seguía disminuyó la prisa de su carrera. Después los dos íbamos tan pegados que casi nos tocábamos los hombros.

--Yo también soy hijo de Pedro Páramo --me dijo. [...]

--¿Qué dice usted ?

--Que ya estamos llegando, señor.

--Sí, ya lo veo. ¿Qué pasó por aquí?

--Un correcaminos, señor. Así les nombran a esos pájaros.

--No, yo preguntaba por el pueblo, que se ve tan solo, como si estuviera abandonado. Parece que no lo habitara nadie.

--No es que lo parezca. Así es. Aquí no vive nadie.

--¿Y Pedro Páramo?

--Pedro Páramo murió hace muchos años.

Era la hora en que los niños juegan en las calles de todos los pueblos, llenando con sus gritos la tarde. Cuando aun las paredes negras reflejan la luz amarilla del sol.

Al menos eso había visto en Sayula, todavía ayer a esta misma hora. Y había visto también el vuelo de las palomas rompiendo el aire quieto, sacudiendo sus alas como si se desprendieran del día. Volaban y caían sobre los tejados, mientras los gritos de los niños revoloteaban y parecían teñirse de azul en el cielo del atardecer.

Ahora estaba aquí, en este pueblo sin ruidos...".
(Pedro Páramo, pp. 8 - 11)


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Vayamos ahora a Brighton y veamos una semejante conversación:

"Are you on the road, guv'nor?" asked the boy huskily as he passed.

"I think I am," the tramp said.

"Oh! then I'll come a bit of the way with you if you don't walk too
fast. It's bit lonesome walking this time of day."

The tramp nodded his head, and the boy started limping along by his side.

"I'm eighteen," he said casually. "I bet you thought I was younger."

"Fifteen, I'd have said."

"You'd have backed a loser. Eighteen last August, and I've been on the road six years. I ran away from home five times when I was a little 'un, and the police took me back each time. Very good to me,the police was. Now I haven't got a home to run away from."

"Nor have I," the tramp said calmly.

"Oh, I can see what you are," the boy panted; "you're a gentleman come down. It's harder for you than for me." The tramp glanced at the limping, feeble figure and lessened his pace.

"I haven't been at it as long as you have," he admitted.

"No, I could tell that by the way you walk. You haven't got tired yet. Perhaps you expect something at the other end?"

The tramp reflected for a moment. "I don't know," he said bitterly, "I'm always expecting things."

"You'll grow out of that;" the boy commented. "It's warmer in London, but it's harder to come by grub. There isn't much in it really."

"Still, there's the chance of meeting somebody there who will understand--" [...]

"I tell you," the boy said hoarsely, "people like us can't get away from this sort of thing if we want to. Always hungry and thirsty and dog-tired and walking all the while. And yet if anyone offers me a nice home and work my stomach feels sick. Do I look strong? I know I'm little for my age, but I've been knocking about like this for six years, and do you think I'm not dead? I was drowned bathing at Margate, and I was killed by a gypsy with a spike; he knocked my head and yet I'm walking along here now, walking to London to walk away from it again, because I can't help it. Dead! I tell you we can't get away if we want to...".
("On the road to Brighton").
Y con el contraste de estos dos textos podemos darnos idea que las obsesiones de dos escritores de tiempos y lugares poco relacionados entre sí muestran una coincidencia en su perspectiva, temática y puntos de vista. Semejanzas que se desvían cuando sabemos que Rulfo (1917-86), en su silencio, llegó a sobrevivir más tiempo a su desilusión del mundo que Middleton, cansado y desilusionado de la existencia, quien prefirió morir por voluntad propia antes de cumplir 30 años, en lugar de dar a la vida una oportunidad de sorprenderlo con un diferente golpe del destino.






sábado, enero 06, 2007

Código rojo

HAY LUGARES DONDE NO CONVIENE ENTRAR. Creo que eso es parte de la historia de Hansel y Gretel, más allá de la alegoría alrededor de la lucha por la supervivencia a través de una serie de trabajos, complicidad e ingenio que termina con un asesinato colectivo en defensa propia. Bello relato para niños.

Esta frase resume mi impresión alrededor del reciente libro de Federico Vite, Fisuras en el continente literario, publicado por el Fondo tierra adentro de Conaculta, colección de autores jóvenes que tiene un alcance nacional.

Fisuras en el continente literario es una novela contrastante de Vite: un guiño cómplice a libros iconoclastas de nuestra literatura, en el tono de Los juegos de René Avilés Fabila o Miedo a los animales de Enrique Serna. Contrastante en el sentido de que dos novelas inéditas de FV son por completo una recuperación de los tonos profundos del Faulkner de Mientras agonizo o Los muros de agua de José Revueltas. Iconoclastas en la medida que caricaturizan personajes de la vida artística o cultural de un medio o una época determinada.

La tradición a este respecto es frecuente: la han cumplido Sábato con Borges o Piazza con los enemigos de “la Mafia” de los sesenta, Reyes versus Abreu, o Alatriste con Novo y Reyes. O los poetas latinos entre sí, como en su momento Aristófanes con Sócrates; o las invectivas que se dieron entre creadores del Siglo de Oro en un discreto o escandaloso todos contra todos. Etcétera.

Vite centra su crítica en Octavio Paz, quien jamás publicó una novela. Fisuras en el continente literario es el relato de cómo “el primer Nobel mexicano de literatura”, se hace de una novela. La obra contrasta las vidas e idiosincrasias de un poeta transformado en comandante judicial, una inmigrante de Europa oriental, un forense provinciano, un Paz con una secretaria ingeniosa, y otra serie de personajes de diverso orden cuyas existencias son vistas más como peripecia que como experiencia.

Al fondo de la escena priva una sentencia, su código rojo: se sabe de sobra que no hay nada nuevo en la literatura. Hay quien atraviesa con facilidad la línea de la influencia por el plagio; hay quien no puede siquiera plagiar y roba. Y hay correctores de estilo.

Vite en esta ocasión no se preocupa mucho por la verosimilitud. Gusta, se divierte con su trama y quien acepte el juego pasará un buen rato con el libro. Para otros, podrá ser un libro insultante o excesivo. Entonces las bestias, relatos, Premio Salvador Gallardo 2005, mostraba un autor pulcro y minucioso: un estilista natural. Fisuras en el continente literario no es afín, sino en breves momentos, a la pulcritud de aquellos textos, mas se resuelve con habilidad.

¿Por qué el interés de sucitar polémica de esta manera? Lo ignoro. Vite debió darse tiempo para publicar primero sus dos buenas novelas y jugar después al enfant terrible. Si llegara a leer estas líneas le recomiendo releer a Hansel y Gretel.

lunes, enero 01, 2007

Escape de los Plomos

QUIZÁ EL LIBRO MÁS DELICIOSO DE ESTOS DÍAS haya sido La fuga de los Plomos de Giacomo Casanova, en una espléndida traducción de Ángel Crespo, el mismo que tradujo hace algunos años la Comedia del Dante.

Verdaderamente el libro se lee con placer: el estilo de Casanova es preciso y vertiginoso. Llaman la atención sus lecturas clásicas y su perspectiva de la escritura: extraña y admira la buena retórica de autores previos. Demuestra que es un alumno magnífico de los clásicos. Su detención y su encierro se detallan sin largas digresiones. Cada actitud de los esbirros, cada costumbre de la época está vista con una lente justa. El duelo de caracteres que mantiene en prisión con su verdugo, con los restantes celadores, y a la larga con los restantes presos posee la exactitud de una escena cinematográfica justa.

Acostumbrados en nuestra cultura a la imagen del don Juan, de manera equivocada la conciliamos a veces con Casanova. Actitud equívoca ya que el Caballero de Seingalt, como el gustó llamarse, tiene una mayor dimensión que el don Juan mítico que evocamos en nuestras mentes: Casanova es un hombre culto, un lector infatigable, un investigador de la filosofía natural y una personalidad al tanto de la ciencia y conocimiento de la época. Su ingenio no es necesariamente una vocación de seducción, sino una lección de supervivencia y habilidades en medio de un mundo escencialmente corrupto e hipócrita donde el se desliza con una mayor habilidad.

Crespo, por su parte, hace una traducción cuidadosa, donde los puntos oscuros en virtud del contexto de la época se aclaran a través de una serie de notas que enriquecen la lectura.

Esta selección inicia en el momento en que Casanova va a ser aprehendido y termina cuando se logra separar de su compañero de fuga y se dirige a París. Sin embargo, la obra es rica en interpolaciones, la peripecia introduce la historia de cada uno de los participantes en el mundo de Casanova, y recupera con lucidez los momentos de reflexión del Caballero de Seingalt durante su encierro. Hay ciertamente, situaciones hiperbólicas donde la resistencia y fortaleza del protagonista muestran una capacidad casi sobrehumana, mas están introducidos con cuidado de artista.

La tensión lograda en esta narración es ejemplar, concluyo. Un digno acercamiento a este personaje histórico es este breve volumen que podrá leerse y releerse con gusto en cada uno de sus capítulos.

domingo, diciembre 10, 2006

Los regalos de la semana


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SE PROMETE UNO leer y escribir respecto a lo que se lee y las cosas se complican sobremanera: no siempre queda libre un momento de reflexión para registrar en breves líneas aquello que uno desea registrar. Y si bien han llegado a mis manos libros de los que he querido dejar un apunte o incluso he llegado a redactar acerca de alguno unas palabras he ido postergando indefinidamente el momento de hacerlo.

Incluso con la facilidad de reproducir su aspecto, solamente y decir "hey, mira éste", esos pequeños momentos escapan sin explicación en incontables ocasiones. Sin embargo, esta vez doy largas a varias urgencias para reconocer el talento de Heinning Mankell, quien después de un largo ciclo dedicado a los actos de su investigador Kurt Wallander y un par de secuelas a cargo de su hija, abandona las depresivas oficinas policiales para referirse en El cerebro de Kennedy a una arquéloga que una tarde de otoño encuentra muerto a su hijo en su departamento de Estocolmo.

Si bien ella recibe el informe de la autopsia y le garantizan que lo más probable es que su hijo se envenenó con barbitúricos, no lo cree. No puede aceptar esa muerte. A partir de ello, la historia y la trama se complican. Su lógica, sus corazonadas y el deseo de averiguar cómo fueron los últimos días de su hijo la llevan hasta hipótesis complejas la obligan a reconstruir tanto su propia historia familiar, como la de su exmarido Aron, y a conocer a las mujeres que amaron a Henrik Cantor, su hijo.

Así, la historia de Louise se convierte en una novela de búsqueda, de profundidad sicológica, de contrastes entre lo que se conocía de las personas y lo que se descubre a partir de sus diversas maneras de ser ante los demás y ante sí mismos en el eje del tiempo, diacrónica, sincrónicamente; aunado a descubrimientos estremecedores acerca de la vida, de la enfermedad, de la presencia del europeo en África. Y un juicio acerca de nosotros mismos.

La trama implica que Louise se convierta en una viajera compulsiva, en una entrevistadora atenta, que renuncie a su mundo de la Argólida y se hunda en las tinieblas del dolor, la explotación y la muerte de las costas africanas. Y el conocimiento de mujeres magníficas como Lucinda, Blanca, Nazrin, en diversas latitudes del mundo. A la vez, El cerebro de Kennedy se construye sobre la base de los malabarismos del poder económico de las empresas de investigación y los experimentos en humanos, insinuando hipótesis que jamás han sido desechadas y llevándolas al extremo de lo evidente a través de una lúcida visión narrativa, descarnada, terrible.

Este libro es un viaje al abismo, al horror, a la impotencia de los seres humanos para enfrentarse a las empresas trasnacionales. Y un homenaje delicado hacia las mujeres de la tierra. Es también un documento respecto a las variantes y pérdidas del amor.

Mankell, al cerrar la historia aclara que escribió con profunda cólera el libro. Ciertos diálogos y el escepticismo ante la teoría del sucidio del hijo de Luise confirman su aserto. El colofón del libro avisa que fue concluido en 2005. Su aparición en librerías de México ha sido este mes.



Por otra parte, el regalo de Navidad para los maestros de la Escuela de escritores de SOGEM fue Parva natura de Eduardo Casar. El poemario de Casar tiene muchas virtudes, entre otras su claridad y su mirada donde descubre secretos mundos --o inéditos-- en los objetos, las relaciones y los momentos de la cotidianidad.

La primicia en La piel de Judas, la nueva colección de Plan C editores, fue recibida con emoción en la comida de fin de año. De hecho, fue una amable presentación --aún fuera de comercio-- del volumen.


domingo, julio 23, 2006

Nudelstejer conversa con Isaac Bashevis Singer





UN AUTOR SORPRENDE por abrirnos los ojos ante una visión del mundo de otra manera inalcanzable. Ideas o sensaciones apenas intuidas se revelan con claridad ante nosotros y comprendemos que leer no es sólo una manera de pasar el tiempo, sino de obtener una experiencia de otra forma difícilmente accesible .

A su vez, el proceso de escritura, la manera de representar o imaginar es motivo de interrogantes. Una curiosidad natural nos acecha cuando alguien nos descubre elementos que pasaron inadvertidos ante nuestros ojos. En ocasiones hay quien puede develar esos misterios, acercarnos mucho más a una historia, a una certeza que nos estuvo vedada. Leer con los ojos de otro a un autor que no es patrimonio común se vuelve una experiencia fascinante.

A lo largo de los años, Sergio Nudelstejer ha hecho de su lectura y de su interés por autores como Franz Kafka, Jorge Luis Borges o Elías Canetti una vocación ejemplar. Con cuidado amoroso y una claridad de exposición magistrales, Nudelstejer revela la riqueza de cada obra de los creadores que le son entrañables. No sólo los lee, los entrevista, estudia, los sigue a lo largo de su vida, tanto en sus textos como en sus acciones y documentos: cartas, diarios, conferencias. Su investigación es exhaustiva, minuciosa.

Sin embargo, no es una preocupación académica la que motiva esta labor, ya que no busca una disertación ante un público frío y especializado. Sergio Nudelstejer no es un anatomista de la literatura, sino un maestro que allana caminos para quienes no tienen esa vasta experiencia de análisis, de síntesis, de comprensión que él ha desarrollado a lo largo de su vida como estudioso de la alianza autor-texto-lector.

A ello debe agregarse un aspecto que rara vez preocupa a la crítica o al ensayo académico contemporáneos: la relación de un autor con su tradición, con su mundo, con su cultura y con sus principios; no en un lectura moral, sino en una experiencia de verdad. La búsqueda no de una ideología sino de los criterios de verdad y la axiología que un texto, una obra y una existencia proponen.

Tal es el principal mérito de este volumen: Isaac Bashevis Singer, su obra y su leyenda, comprendemos. Este libro, además de ser una invitación a la lectura o relectura de Bashevis Singer es un constante cuestionamiento a su vida y a su obra.

Volumen polémico, sin duda, ya que no es sólo una exposición de hechos literarios, citas y argumentos de las obras de Bashevis, sino la perspectiva de una vida consagrada a la literatura donde los aciertos y momentos desconcertantes de la existencia se ordenan y relacionan con los hechos de la historia para facilitar una comprensión más amplia del trabajo del creador. Y lo peculiar en el estilo e intenciones de Bashevis.

La exposición es redonda. Nudelstejer parte de un Bashevis Singer humano cuya voluntad de escritura se fortalece en el aislamiento, en la dificultad. Esta no es sólo familiar, ante la imagen de un padre fervoroso y practicante, sino también ante el paradigma del éxito como escritor de su hermano. A ello debe agregarse un panorama poco propicio para el arte y la creación: el abandono afectivo que sufrió; la persecución a los judíos que consuma el Holocausto y la necesidad de migrar hacia Estados Unidos.

El crisol de la obra de Bashevis es el sufrimiento, explica Nudelstejer, la memoria precisa del pasado y la tradición. En la tradición, no sólo la cultura, la religión y la conciencia de pertenecer al pueblo judío, sino la conciencia del yidish como lengua particularmente propicia para crear una unidad indisoluble con la narración.

Sin embargo, no son estos los úncos méritos de la obra y el autor que Nudelstejer observa: su recurrencia al folklore, a las antiguas tradiciones judías, su gusto por apariciones de demonios, el constante conformismo de los personajes, el gusto por otras épocas son analizados con detalle. Cuestiones que en conjunto muestran la sabiduría de un narrador de excepción para mostrar el sentido de la fe y la libertad en la aceptación de un orden que ennoblece al hombre a contracorriente de las opiniones frágiles o mundanas de obras o de pensadores que --en algún momento-- despreciaron la naturaleza de la obra de Singer exigiéndole una modernidad que le era indiferente o ajena.

Asimismo, tanto la concepción como el contraste entre las cualidades de las novelas y los relatos de Bashevis son objeto de estudio para Nudelstejer, quien opta por argumentar a favor de la perfección cuentística que logran los protagonistas y las anécdotas de Bashevis Singer. Donde cabe destacar además que la visión de este Premio Nobel respecto a la novela es una de las más sólidas y concisas respecto al procedimiento del narrador como un nuevo descubridor, y la confianza y conocimiento que debe un escritor a sus temas.

Sin embargo, para quien acompaña a Nudelstejer en su análisis, incluso las críticas más estrictas son argumento para volver la atención hacia la obra; ya que Isaac Bashevis Singer, su obra y su leyenda se propone resaltar los elementos que surgen de la tradición judía, y las cualidades que permanecen intocadas de la visión religiosa tradicional a fin de mostrar la riqueza cultural que conserva la obra de este autor siempre apartado de lo ordinario.

Más allá de los numerosos aciertos que hacen de Isaac Bashevis Singer, su obra y su leyenda un estudio ejemplar, cabe resaltar ese común motivo en que autor y crítico son cómplices en la literatura: esa conciencia vigilante de que el mundo actual debe mirar hacia las nítidas manifestaciones en las que se demuestra que el valor del hombre no radica en sustituir un Dios por otros o por ninguno, sino en una aceptación de la fe con limpio corazón.

Nudelstejer, Sergio. Isaac Bashevis Singer, su obra y su leyenda. Plaza y Valdés editores, Prólogo de Bernardo Ruiz, México, 2006.

miércoles, junio 07, 2006

Palabras sobrevivientes de Eduardo Parra Ramírez












Dolores Castro y Eduardo Parra

Recuento de la supervivencia

PARA NADIE ES NOTICIA que la escritura es de los oficios peor pagados del mundo. Tampoco lo es que entre los escritores quienes menos posibilidad tienen de vender su obra sean los poetas. Extraña necedad, en vista de que adicionalmente pocos lectores recurren a ella por costumbre, por pasión, por compulsión. Lo cual contrasta en cambio con las novelas de Agatha Christie o de Henning Mankell o de Paul Auster; o con los relatos de García Márquez o Kurt Vonnegut, cotizados por diarios y revistas en diversos lugares del mundo.

Para ser sinceros, cuando me piden libros prestados, siempre me piden de prosa y muy rara vez —como bibliografía, como consulta— alguno de poesía. Cuando esto ocurre, no es amplio el espectro: Eliot, Sabines o Paz. ¿Por qué nunca Xavier Villaurrutia o Federico Cabrera o Pellicer o Borges o Darío o Villon? Sin embargo me asombro cuando la gente en general afirma gustar de la poesía. Entiendo entonces que han oído algo de Sabines y que les suena algún soneto de Quevedo o algún poema de Acuña o Gutiérrez Nájera; pero ahí párale de contar.

Estos hechos contrastan con un fenómeno: los encuentros de poesía en la república siempre cuentan con un numeroso auditorio. Se conoce a los poetas, se preguntan por sus libros y hay quienes llegan a firmar algún autógrafo en libros cuyo origen directo es una librería de viejo. Lectores jóvenes, generalmente. Porque es sabido que en las librerías de nuevo es propiamente inexistente un buen acervo poético.

Pero ¡ay! del poeta que se atreva a ofrecer un libro a una editorial o a una revista. No será agradecido su gesto. Ay, también, del poeta que no te regale su libro ¿por qué hay que pagar por leer poesía?, parece —oh, paradoja— el sentir del gremio. . .

Sin embargo, pese a estas certezas y contradicciones, el fervor de los escritores por la poesía sigue siendo desconcertante: hay nuevos poetas, paulatinamente aparecen algunos volúmenes o colecciones de poesía e incluso en la red las bitácoras personales abundan con poemas originales o pirateados a los autores.




En la foto, Eduardo Parra Ramírez con Guillermo Vega Zaragoza

La Escuela de escritores de la SOGEM a lo largo de los años ha preparado a diversos guionistas relevantes, a dramaturgos, a cuentistas, ensayistas y novelistas que con frecuencia logran premios o distinciones importantes: becas, residencias, etc., no obstante se cuentan con los dedos de una mano los poetas que egresan de sus aulas. Y la situación es semejante en las escuelas de los estados. Más bien, creo, los poetas se hacen solos o en talleres.



En tal medida ha sido grato conocer a Eduardo Parra Ramírez, quien además de mostrar un estilo y una capacidad narrativa notorias, logró la publicación de un libro de poemas, Palabras sobrevivientes, amplia muestra de su vocación como poeta.

El volumen no tenía más de una semana de publicado cuando me lo dio hace un par de meses. Lo puse junto con otros libros que llevaba, le agradecí el regalo y un par de noches después lo tomé —no con la pasión de quien toma una revista para caballeros, sino con el higiénico cuidado con que una dama de sociedad hurga en un pañuelo ajeno en busca de alguna inicial o seña que dé traza de su dueño.

Sorpresa. Una sucesión de historias de amor o una historia de desamor, un registro minucioso de una pasión extrema y doliente fue mi descubrimiento: ya no una pasión joven y desbordada, sino un deseo y una furia donde el encuentro y el ejercicio de un ansioso encontrarse de los cuerpos se vuelven un desbordamiento constante entre hombre y mujer, a veces en poemas trabajados en prosa; otras, como versos libres de perfecta factura.

Se lee, por ejemplo, en "Los amantes":

«He visto a los amantes entrar en un hotel. Los amantes son espejos que lloran el vacío. Viven a su manera, desafiando a las palabras inútiles mientras sus soledades cicatrizan. Los amantes se sueñan, se pueblan de sus propios recuerdos y ese delirio los sepulta en asombro».

Un ritmo distinto se nota al momento de construir los versos: Parra Ramírez juega con formas rítmicas del verso clásico que combina con habilidad métrica en sus asonancias o su consonancia para alcanzar diversos tonos y sonoridades:

El otro es uno,
Lugar del nacimiento del veneno,
El otro es un idioma inoportuno
Más comprendido cuanto más ajeno.
Yo soy el otro
Que de la carretera al cautiverio
Contó su historia y se quedó sin rostro.

O bien, construye a base de aliteraciones himnos de ira y rebeldía ante la sumisión del amor:

Somos las cosas que nos atestiguan:
Las botellas vacías,
Los anteojos, tu pantalón tirado,
La portada de un libro interminable,
El espejo con su azogue empañado.
Tu desnudez naufraga
En el agua de un tumbo coreográfico
Y en esta oscuridad se vuelve barro.
Trazo en tu piel la primitiva música,
La canción del sudor, el son de la epidermis,
Tu cuerpo se resuelve en un espasmo,
Cocodrilo de furia genital,
Relámpagopantano,
Sacudiendo el estruendo en la ceguera,
Desarraigando su dolor de árbol.
No habrá un segundo de tu piel que olvide,
No habrá una gota de duda que te beba.
Si nuestra sed del litoral al pairo,
Espacios incurables,
Veneno, bruma, ausencia, asesinato.
Eres este demonio irreversible
Que yace delirando a mi costado.

Mas no toda la concepción del volumen está construida en torno al amor o la pasión. Palabras sobrevivientes está dividido —por medio de subtítulos— en tres partes, donde se yuxtaponen con acierto los temas que marcan la trayectoria de Parra Ramírez.

Para este lector los fundamentales son aquellos que se apartan del tono erótico o del amor furioso —intitulada 'La fiebre y la quietud'. Prefiero aquellos que se refieren a partes diversas de la vida, de la vocación, de los lazos de familia, a la aceptación de la propia historia, donde una ejecución cuidada de cada verso seduce por la profunda claridad con que el poeta vislumbra tanto los círculos del cielo como las habitaciones infernales de esta tierra.

En tal sentido, cabe resaltar la profundidad grave de los poemas de la segunda parte: 'Asombros del cotidiano espejo' donde —en poemas como "Autocrítica", "Mi padre es un planeta", "Los muertos. Sueño de Tlaltelolco" "Elvira" y "Un hombre tiene rabia"—, Parra Ramírez transmite intensamente las sensaciones que propicia la vida al desgastarse, al sucederse de los hombres y las generaciones con una voz madura y una lucidez justa.

Dolores Castro, quien ha escrito una introducción para el libro, destaca la belleza e intensidad de esta parte del poemario particularmente. En Parra la influencia de Borges y de Paz en especial son relevantes: hay una benéfica influencia de ellos y una transformación: el poeta de Palabras sobrevivientes tiene sus propios caminos, su íntimo imaginario donde la presencia de la selva tropical deja marcas indelebles: los poemas alrededor de Eugenia —su arquetipo femenino— lo confirman.

De Borges, Parra Ramírez comparte el estremecimiento de los espejos y de los laberintos, como se subraya en el lenguaje de la última parte del volumen —la que da título al libro—; de Paz, la pasión por reflexionar en torno a la palabra y el lenguaje, junto con el gusto por las reiteraciones, además de diversos giros del verso.

Mas a diferencia de ellos, los poemas de Eduardo Parra llevan la marca de este milenio: esta constante duda sobre el abismo vácuo de cada momento, la interrogación del propio yo en un mundo que se ignora a sí mismo hasta anularse. Donde sólo en el amor en la muerte o la pérdida se vislumbra la pasión por la vida. Ello queda claramente establecido en "La verdad", uno de los poemas de más altura del libro, trabajado como un silogismo estrófico.

Apasionado y doloroso, las Palabras sobrevivientes de Parra podrían resumirse en una intuición que seguramente desarrollará a lo largo de su trabajo poético. Esa marca está precisamente en 'Itinerario':

Endemoniarse, otrarse, ser un libro
escrito en el idioma de la muerte.
Ser un libro que se escribe a sí mismo
y que se lee a sí mismo, interminable.
Morir y no morir.

Afirma Parra Ramírez con la certeza de quien enfrenta la vida. Con el valor de quien es capaz de apostar todavía con pasión soberana por la belleza del verso, por el trabajo minucioso de cada ritmo y estrofa, con la necesidad de la poesía que permite al creador mostrar que vale la pena la libertad rebelde de la iluminación, para ir a lo largo de la existencia, como diría Rimbaud: "feliz como con una mujer".

Bienvenido para la poesía, Eduardo Parra Ramírez.

Parra Ramírez, Eduardo.
Palabras sobrevivientes
Prólogo de Dolores Castro.
Ediciones EON, México, 2006, 108 pp.
ISBN 968-5353-73-5





Guillermo Vega Zaragoza, Dolores Castro, Eduardo Parra y Saúl Ibargoyen
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