sábado, julio 12, 2008

Del tiempo y sus calendarios




CADA LECTURA de La máquina del tiempo (1895) de H.G. Wells remueve en la memoria la paradoja de que para un determinado espectador todo tiempo es simultáneo. En cambio, la propuesta de Proust en su En busca del tiempo perdido (1913 – 1927) pareciera afirmar que el espectador es la máquina del tiempo, y que en él los tiempos son simultáneos.

En el Ulises (1933), la situación es distinta: todo el tiempo confluye en un día, en una misma ciudad —Dublín—, en una trinidad literaria: Bloom, Molly y Stephen; un canto a una fecha significativa y amorosa a la que se ha dado en llamar Bloom’s Day.

No obstante, ese 16 de junio de 1904, que celebra el encuentro de James Joyce con Nora Barnacle, la madre de sus hijos es —en el fondo— la crónica del desconcierto e inmovilidad del mundo previa a la Gran Guerra. Las razones son extraliterarias.

Magia semejante se vislumbra en el Carlos Fuentes de Aura (1962), donde se propicia la regeneración del tiempo, su circularidad, en un relato donde la existencia se sublima en un rito estremecedor. Hay también una novela de Ignacio Solares menos comentada: Casas de encantamiento (1987), donde el protagonista es capaz de internarse —sólo— en ciertos pasados de la ciudad de México, un tanto afín al Bioy Casares de El perjurio de la nieve o de Historia Prodigiosa (1944).

De hecho, todo tiempo de un texto literario crea un tiempo propio, con reglas estrictas en su formulación, de modo que no necesariamente se inserta en un tiempo lineal cronológico y mesurable, aunque busque emularlo. (Hay quien afirma que Joyce tenía esa intención en las 24 horas que supone el Ulises en su lectura). Tristram Shandy de Laurence Sterne, en contraste sorprendente, tarda más en nacer que en contar su vida. Los griegos significaban su relación con el tiempo al referirse a Cronos, devorador de su progenie, sólo vencido por Zeus, su hijo.

Por otra parte, mucho se ha abundando sobre la necesidad humana de medir y conocer el tiempo. Ciencia y filosofía han dedicado numerosos empeños en el intento por atrapar el tejido del tiempo. Ciertamente, la naturaleza del tiempo cronológico tiene el mismo misterio y fascinación que los tiempos internos de la literatura y el mito. Basta con pensar en las consecuencias de un viaje espacial para internarse en un mundo de paradojas que la teoría einsteniana plantea.

Sin embargo, en nuestra cotidianidad, tiempos y calendarios también han proliferado. Se admite que todo individuo tiene un determinado reloj —ritmo— biológico, que marca ciclos únicos para cada uno de nosotros. Adicionalmente, la sociedad sobrepone calendarios y periodos a los estacionales. Desde los hacendarios, los cívicos, los políticos, los electorales, los deportivos, los culturales, los culinarios, etc.; hasta los laborales, educativos, familiares, médicos, religiosos y los íntimos habitamos una serie de ciclos adicionales a los que mal que bien llegamos en su mayoría a adaptarnos. Incluso, en el colmo del refinamiento, hay un calendario de lo que no podemos hacer.

¿Cuántos calendarios hay en una persona? ¿A qué necesidad responden? ¿Cómo se gestan, gastan o consolidan? Y, finalmente, ¿cómo es capaz cada persona de manejarlos? El tema me parece fascinante. Supone una serie de interrogantes múltiples, que considero pocas veces se hacen explícitas en nuestro trato con los demás. Muchas circunstancias tendrían perfiles menos complejos de hacer un análisis en ese sentido.

Cabría agregar a este recuento los calendarios aparentemente fútiles: ¿cada cuando ir al peluquero?, por ejemplo. ¿Cuándo debe uno comprar ropa? ¿Cuándo fue la última vez que se aceitó el cerrojo de la puerta o se revisó la instalación de gas? Incluso, se descubre, para ciertas situaciones el intempestivo fin de la vida de un objeto llega a ser una catástrofe: ¿Cuánto dura un disco duro, unas balatas, un clutch? Tiempos, periodos, calendarios.

A su vez, hay fechas que se olvidan o se compactan. A los 20 o 25 años puede uno acordarse de un primer beso, del día en que uno compró el anillo de compromiso o cuándo se recibió. 30 años después, difícilmente importa alguno de esos acontecimientos: más preocupa el vencimiento del seguro del coche o el pago puntual del teléfono o la luz que el calendario Werther.

Con esto puede comprenderse que haya escalas de valores absolutamente incompatibles en función de las prácticas y metodologías calendáricas, incluso entre personas afines o entre consanguíneos. Elías Canetti en Los emplazados dibuja muy bien a una sociedad donde cada individuo lleva al cuello una cadena con la cápsula donde se señala su fecha de muerte: una sociedad perfectamente neurótica y disfuncional.

La nuestra, en cambio, debe su disfuncionalidad y su neurosis a la postergación perpetua, como lo corrobora el calendario del Mañana al Ratito o Después, fundamentado en una serie de aplicaciones del principio de incertidumbre de Heisenberg con variantes regionales más o menos laxas.

Asimismo, la planeación de actividades a futuro se basa en la paradoja del gato de Schroëdinger y en algunos comportamientos semejantes al de las partículas subatómicas. Tal es la agenda del Puéque, que entre la gente cultivada se conoce como Chance.

Mucho del desconcierto social contemporáneo, incluso, tiene como base un calendario del Imaginario Colectivo, que dependiendo del grado de información y conocimiento de cada persona alcanza un refinamiento diverso para señalar el fin de todo calendario. Así, para quienes tienen preferencia por las culturas de la India, tienen como final del calendario el 2012. Fecha semejante proponen algunos mexicanistas. Los atentos a los ciclos de la historia marcan la conflagración nacional, ya por costumbre, para el 2010. Aquellos afines a las propuestas de Hollywood tienen preferencias plurales, que si no es una fatídica, como un asteroide, será un volcán o una glaciación o una serie de estallidos de ojivas en varios submarinos nucleares: circunstancias que pueden —a su vez— ocurrir una, varias o ninguna. Para el caso.

Por mi parte, prefiero mis perversiones. La lectura de Jorge Ibargüengoitia y de Stanislav Lem a temprana edad me permite mirar el tiempo y las cronologías con otra visión. Leer los diarios con el juicio de quien vive el día me parece una actitud contraria del todo al espíritu del Carpe diem. Es la mejor manera de inspirarse para escoger la línea y el tren del metro que segará nuestra vida.

Como alternativa, he encontrado más saludable la lectura de la Historia como si se tratara de un diario o una crónica reciente, sin las presiones propias de la época en que los hechos ocurrieron. Me parece divertido pensar, digamos, que Carlomagno emperador esta noche hará travesuras con una chica de la que todo sabemos —y lo que no, lo imaginamos. Mas Carlomagno aún no se ha decidido. Pero lo hará.

O repetir con el Kurt Vonnegut de Timequake (1998) una década completa, a partir de un bucle temporal que produce una falla del continuum. Orbe, mundo donde se hace imposible cambiar nada, como si todos fuéramos las imágenes vacías de un reproductor de videos durante una época.

Puedo también ver con claridad el discurso que pergeña en su cabeza Santa Anna mientras cabalga durante dos semanas hacia la frontera mexicana para pelear contra Samuel Houston.

Disfruto con malsana complicidad, igualmente, la estrategia que calcula Flavio Josefo para decir: “aquí no pasó nada, y háganle como quieran” a quienes lo interroguen respecto a los sobrevivientes y los desaparecidos durante la caída de Jerusalén. Vaya grillo. Vaya estrategia para relatar —él— la historia, me admiro.

A la inversa, leo con ojos de un futuro siglo la incertidumbre y temores de de los momentos presentes. “Este boceto tiene influencias del siglo X romano”, me comenta mi mala conciencia. “Los conspiradores de los que habla Riva Palacio en el Libro rojo tenían más ingenio o tanto como éstos”, valdría apuntar al margen. Dénles capacitación.

De todos modos, como de costumbre, las muchedumbres se incendian como los campos petroleros de Kwait en la guerra madre de todas las batallas. De todos modos, los apocalipsis y los miedos se suceden en los espíritus con profecías fatales y con horrores disfrazados de jinetes vengativos. De todos modos, el mundo, la calle, la azotea de la casa o del edificio de departamento quién sabe si aguanten un temblor del 8 nuevamente. De todos modos, las cosas cambian.


2 comentarios:

NoiseJunkie dijo...

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Evolución Aire dijo...

¿De verdad todo cambia? Miré usted, que en estos tiempos si cambian y es algo conocido, el problema es que no se sabe el cómo y ese es el punto de tensión...
Un saludo enorme desde la ciudad de las peidras rosas...