domingo, abril 08, 2007
sábado, abril 07, 2007
domingo, enero 14, 2007
Un antecedente del Pedro Páramo de Rulfo

La edición de Valdemar de El buque fantasma tenía más de un año en la fila de los libros pendientes en mi escritorio; y lo comencé a leer por el prólogo sin tomar muy en cuenta los comentarios de Arthur Machen a su respecto.
El criterio de selección de títulos de la colección El club de Diógenes es simple: rescata obras clásicas libres de derechos, las traduce correctamente y pone al alcance títulos que de otra forma habría que rescatar de los e-textos del Proyecto Gutenberg --cuando están en inglés, como sucede con RM-- o de alguna otra fuente (impresa o electrónica). Las ediciones están en papel crema, cosido, pegado en 1/16 (formato de bolsillo) y cubiertas de cartulina ilustradas en selección de color con obras de arte de época. Distribuye con amplitud, y si un texto se agota debe uno esperar ansioso la reedición. Un modelo perfecto para un mercado que se renueva con rapidez: los jóvenes lectores.
Middleton resultó ser un autor de contrastes. Combina varios tonos: uno intimista, más próximo al ensayo biográfico de ficción o al sociológico de un mundo paralelo al de los desposeídos de Charles Dickens; y el del imaginario literario --semejante al de Marcel Schwob. En tal medida, mi expectativa de la ficción en el volumen no quedo del todo satisfecha, ya que en conjunto el volumen hace una antología de las diversas facetas creativas del autor.
Realmente es en la fantasía donde radica la fuerza narrativa de Middleton: logra una altura poco común en el manejo de tonos poco explorados: "El buque fantasma" es un relato extraordinario, posterior a La ville-vampire (La ciudad vampírica), 1875, de Paul Féval --cuya obra no ha sido revalorada-- que logra un tono humorístico, parteaguas en la literatura fantástica. Middleton, con recursos propios de la gran narrativa inglesa (Sterne, Thackeray, Stevenson) escribe una historia conmovedora por su tratamiento: la invasión de un pueblo alejado del mar, donde desembarca un barco lleno de piratas fantasmas y su fugaz relación con los habitantes --vivos y muertos-- del lugar. Escrita con un balance perfecto en ritmo, atmósfera y peripecia la historia alcanza su desenlace con exactitud. No extraña que este relato sea considerado ejemplar para el género.
Mas la narración que motiva el título de esta reflexión es "En el camino de Brighton", cuento donde se describe el encuentro de dos viajeros --un par de vagabundos-- cuya estación final es incierta en todos sentidos. Middleton los presenta a través del diálogo sin mayor retórica, cuidando sólo marcar las diferencias entre ambos hasta el desenlace. Su breve separación y su encuentro final hacen de la historia un texto impecable. La intriga en torno a cada uno se dispa sin objeciones al final del relato. Este es su valor.


"--¿Cómo dice usted que se llama el pueblo que se ve allá abajo?
--Comala, señor.
--¿Está seguro de que ya es Comala?
--Seguro, señor.
--¿ Y por qué se ve esto tan triste?
--Son los tiempos, señor. [...]
--Sea usted quien sea, se alegrará de verlo.--¿Y qué trazas tiene su padre, si se puede saber?
En la reverberación del sol, la llanura parecía una laguna transparente, deshecha en vapores por donde se traslucía un horizonte gris. Y más allá, una línea de montañas. Y todavía más adelante, la más remota lejanía.
--No lo conozco --le dije--. Sólo sé que se llama Pedro Páramo.
--¡Ah!, vaya.
--Sí, así me dijeron que se llamaba.
Oí otra vez el "¡ah!" del arriero.Me había topado con él en Los Encuentros, donde se cruzaban varios caminos. Me estuve allí esperando, hasta que al fin apareció este hombre.
--¿A dónde va usted? --le pregunté.
--Voy para abajo, señor.
--¿Conoce un lugar llamado Comala?
--Para allá mismo voy.Y lo seguí. Fui tras él tratando de emparejarme a su paso, hasta que pareció darse cuenta de que lo seguía disminuyó la prisa de su carrera. Después los dos íbamos tan pegados que casi nos tocábamos los hombros.
--Yo también soy hijo de Pedro Páramo --me dijo. [...]
--¿Qué dice usted ?
--Que ya estamos llegando, señor.
--Sí, ya lo veo. ¿Qué pasó por aquí?
--Un correcaminos, señor. Así les nombran a esos pájaros.--No, yo preguntaba por el pueblo, que se ve tan solo, como si estuviera abandonado. Parece que no lo habitara nadie.
--No es que lo parezca. Así es. Aquí no vive nadie.
--¿Y Pedro Páramo?
--Pedro Páramo murió hace muchos años.Era la hora en que los niños juegan en las calles de todos los pueblos, llenando con sus gritos la tarde. Cuando aun las paredes negras reflejan la luz amarilla del sol.Al menos eso había visto en Sayula, todavía ayer a esta misma hora. Y había visto también el vuelo de las palomas rompiendo el aire quieto, sacudiendo sus alas como si se desprendieran del día. Volaban y caían sobre los tejados, mientras los gritos de los niños revoloteaban y parecían teñirse de azul en el cielo del atardecer.Ahora estaba aquí, en este pueblo sin ruidos...".(Pedro Páramo, pp. 8 - 11)

"Are you on the road, guv'nor?" asked the boy huskily as he passed.
"I think I am," the tramp said.
"Oh! then I'll come a bit of the way with you if you don't walk too
fast. It's bit lonesome walking this time of day."
The tramp nodded his head, and the boy started limping along by his side.
"I'm eighteen," he said casually. "I bet you thought I was younger."
"Fifteen, I'd have said.""You'd have backed a loser. Eighteen last August, and I've been on the road six years. I ran away from home five times when I was a little 'un, and the police took me back each time. Very good to me,the police was. Now I haven't got a home to run away from."
"Nor have I," the tramp said calmly.
"Oh, I can see what you are," the boy panted; "you're a gentleman come down. It's harder for you than for me." The tramp glanced at the limping, feeble figure and lessened his pace.
"I haven't been at it as long as you have," he admitted.
"No, I could tell that by the way you walk. You haven't got tired yet. Perhaps you expect something at the other end?"
The tramp reflected for a moment. "I don't know," he said bitterly, "I'm always expecting things."
"You'll grow out of that;" the boy commented. "It's warmer in London, but it's harder to come by grub. There isn't much in it really."
"Still, there's the chance of meeting somebody there who will understand--" [...]
"I tell you," the boy said hoarsely, "people like us can't get away from this sort of thing if we want to. Always hungry and thirsty and dog-tired and walking all the while. And yet if anyone offers me a nice home and work my stomach feels sick. Do I look strong? I know I'm little for my age, but I've been knocking about like this for six years, and do you think I'm not dead? I was drowned bathing at Margate, and I was killed by a gypsy with a spike; he knocked my head and yet I'm walking along here now, walking to London to walk away from it again, because I can't help it. Dead! I tell you we can't get away if we want to...".("On the road to Brighton").
sábado, enero 06, 2007
Código rojo

Esta frase resume mi impresión alrededor del reciente libro de Federico Vite, Fisuras en el continente literario, publicado por el Fondo tierra adentro de Conaculta, colección de autores jóvenes que tiene un alcance nacional.
Fisuras en el continente literario es una novela contrastante de Vite: un guiño cómplice a libros iconoclastas de nuestra literatura, en el tono de Los juegos de René Avilés Fabila o Miedo a los animales de Enrique Serna. Contrastante en el sentido de que dos novelas inéditas de FV son por completo una recuperación de los tonos profundos del Faulkner de Mientras agonizo o Los muros de agua de José Revueltas. Iconoclastas en la medida que caricaturizan personajes de la vida artística o cultural de un medio o una época determinada.
La tradición a este respecto es frecuente: la han cumplido Sábato con Borges o Piazza con los enemigos de “la Mafia” de los sesenta, Reyes versus Abreu, o Alatriste con Novo y Reyes. O los poetas latinos entre sí, como en su momento Aristófanes con Sócrates; o las invectivas que se dieron entre creadores del Siglo de Oro en un discreto o escandaloso todos contra todos. Etcétera.
Vite centra su crítica en Octavio Paz, quien jamás publicó una novela. Fisuras en el continente literario es el relato de cómo “el primer Nobel mexicano de literatura”, se hace de una novela. La obra contrasta las vidas e idiosincrasias de un poeta transformado en comandante judicial, una inmigrante de Europa oriental, un forense provinciano, un Paz con una secretaria ingeniosa, y otra serie de personajes de diverso orden cuyas existencias son vistas más como peripecia que como experiencia.
Al fondo de la escena priva una sentencia, su código rojo: se sabe de sobra que no hay nada nuevo en la literatura. Hay quien atraviesa con facilidad la línea de la influencia por el plagio; hay quien no puede siquiera plagiar y roba. Y hay correctores de estilo.
Vite en esta ocasión no se preocupa mucho por la verosimilitud. Gusta, se divierte con su trama y quien acepte el juego pasará un buen rato con el libro. Para otros, podrá ser un libro insultante o excesivo. Entonces las bestias, relatos, Premio Salvador Gallardo 2005, mostraba un autor pulcro y minucioso: un estilista natural. Fisuras en el continente literario no es afín, sino en breves momentos, a la pulcritud de aquellos textos, mas se resuelve con habilidad.
¿Por qué el interés de sucitar polémica de esta manera? Lo ignoro. Vite debió darse tiempo para publicar primero sus dos buenas novelas y jugar después al enfant terrible. Si llegara a leer estas líneas le recomiendo releer a Hansel y Gretel.
lunes, enero 01, 2007
Escape de los Plomos

Verdaderamente el libro se lee con placer: el estilo de Casanova es preciso y vertiginoso. Llaman la atención sus lecturas clásicas y su perspectiva de la escritura: extraña y admira la buena retórica de autores previos. Demuestra que es un alumno magnífico de los clásicos. Su detención y su encierro se detallan sin largas digresiones. Cada actitud de los esbirros, cada costumbre de la época está vista con una lente justa. El duelo de caracteres que mantiene en prisión con su verdugo, con los restantes celadores, y a la larga con los restantes presos posee la exactitud de una escena cinematográfica justa.
Acostumbrados en nuestra cultura a la imagen del don Juan, de manera equivocada la conciliamos a veces con Casanova. Actitud equívoca ya que el Caballero de Seingalt, como el gustó llamarse, tiene una mayor dimensión que el don Juan mítico que evocamos en nuestras mentes: Casanova es un hombre culto, un lector infatigable, un investigador de la filosofía natural y una personalidad al tanto de la ciencia y conocimiento de la época. Su ingenio no es necesariamente una vocación de seducción, sino una lección de supervivencia y habilidades en medio de un mundo escencialmente corrupto e hipócrita donde el se desliza con una mayor habilidad.
Crespo, por su parte, hace una traducción cuidadosa, donde los puntos oscuros en virtud del contexto de la época se aclaran a través de una serie de notas que enriquecen la lectura.
Esta selección inicia en el momento en que Casanova va a ser aprehendido y termina cuando se logra separar de su compañero de fuga y se dirige a París. Sin embargo, la obra es rica en interpolaciones, la peripecia introduce la historia de cada uno de los participantes en el mundo de Casanova, y recupera con lucidez los momentos de reflexión del Caballero de Seingalt durante su encierro. Hay ciertamente, situaciones hiperbólicas donde la resistencia y fortaleza del protagonista muestran una capacidad casi sobrehumana, mas están introducidos con cuidado de artista.
La tensión lograda en esta narración es ejemplar, concluyo. Un digno acercamiento a este personaje histórico es este breve volumen que podrá leerse y releerse con gusto en cada uno de sus capítulos.
domingo, diciembre 10, 2006
Los regalos de la semana


SE PROMETE UNO leer y escribir respecto a lo que se lee y las cosas se complican sobremanera: no siempre queda libre un momento de reflexión para registrar en breves líneas aquello que uno desea registrar. Y si bien han llegado a mis manos libros de los que he querido dejar un apunte o incluso he llegado a redactar acerca de alguno unas palabras he ido postergando indefinidamente el momento de hacerlo.
Incluso con la facilidad de reproducir su aspecto, solamente y decir "hey, mira éste", esos pequeños momentos escapan sin explicación en incontables ocasiones. Sin embargo, esta vez doy largas a varias urgencias para reconocer el talento de Heinning Mankell, quien después de un largo ciclo dedicado a los actos de su investigador Kurt Wallander y un par de secuelas a cargo de su hija, abandona las depresivas oficinas policiales para referirse en El cerebro de Kennedy a una arquéloga que una tarde de otoño encuentra muerto a su hijo en su departamento de Estocolmo.
Si bien ella recibe el informe de la autopsia y le garantizan que lo más probable es que su hijo se envenenó con barbitúricos, no lo cree. No puede aceptar esa muerte. A partir de ello, la historia y la trama se complican. Su lógica, sus corazonadas y el deseo de averiguar cómo fueron los últimos días de su hijo la llevan hasta hipótesis complejas la obligan a reconstruir tanto su propia historia familiar, como la de su exmarido Aron, y a conocer a las mujeres que amaron a Henrik Cantor, su hijo.
Así, la historia de Louise se convierte en una novela de búsqueda, de profundidad sicológica, de contrastes entre lo que se conocía de las personas y lo que se descubre a partir de sus diversas maneras de ser ante los demás y ante sí mismos en el eje del tiempo, diacrónica, sincrónicamente; aunado a descubrimientos estremecedores acerca de la vida, de la enfermedad, de la presencia del europeo en África. Y un juicio acerca de nosotros mismos.
La trama implica que Louise se convierta en una viajera compulsiva, en una entrevistadora atenta, que renuncie a su mundo de la Argólida y se hunda en las tinieblas del dolor, la explotación y la muerte de las costas africanas. Y el conocimiento de mujeres magníficas como Lucinda, Blanca, Nazrin, en diversas latitudes del mundo. A la vez, El cerebro de Kennedy se construye sobre la base de los malabarismos del poder económico de las empresas de investigación y los experimentos en humanos, insinuando hipótesis que jamás han sido desechadas y llevándolas al extremo de lo evidente a través de una lúcida visión narrativa, descarnada, terrible.
Este libro es un viaje al abismo, al horror, a la impotencia de los seres humanos para enfrentarse a las empresas trasnacionales. Y un homenaje delicado hacia las mujeres de la tierra. Es también un documento respecto a las variantes y pérdidas del amor.
Mankell, al cerrar la historia aclara que escribió con profunda cólera el libro. Ciertos diálogos y el escepticismo ante la teoría del sucidio del hijo de Luise confirman su aserto. El colofón del libro avisa que fue concluido en 2005. Su aparición en librerías de México ha sido este mes.

La primicia en La piel de Judas, la nueva colección de Plan C editores, fue recibida con emoción en la comida de fin de año. De hecho, fue una amable presentación --aún fuera de comercio-- del volumen.
domingo, julio 23, 2006
Nudelstejer conversa con Isaac Bashevis Singer

A su vez, el proceso de escritura, la manera de representar o imaginar es motivo de interrogantes. Una curiosidad natural nos acecha cuando alguien nos descubre elementos que pasaron inadvertidos ante nuestros ojos. En ocasiones hay quien puede develar esos misterios, acercarnos mucho más a una historia, a una certeza que nos estuvo vedada. Leer con los ojos de otro a un autor que no es patrimonio común se vuelve una experiencia fascinante.
A lo largo de los años, Sergio Nudelstejer ha hecho de su lectura y de su interés por autores como Franz Kafka, Jorge Luis Borges o Elías Canetti una vocación ejemplar. Con cuidado amoroso y una claridad de exposición magistrales, Nudelstejer revela la riqueza de cada obra de los creadores que le son entrañables. No sólo los lee, los entrevista, estudia, los sigue a lo largo de su vida, tanto en sus textos como en sus acciones y documentos: cartas, diarios, conferencias. Su investigación es exhaustiva, minuciosa.
Sin embargo, no es una preocupación académica la que motiva esta labor, ya que no busca una disertación ante un público frío y especializado. Sergio Nudelstejer no es un anatomista de la literatura, sino un maestro que allana caminos para quienes no tienen esa vasta experiencia de análisis, de síntesis, de comprensión que él ha desarrollado a lo largo de su vida como estudioso de la alianza autor-texto-lector.
A ello debe agregarse un aspecto que rara vez preocupa a la crítica o al ensayo académico contemporáneos: la relación de un autor con su tradición, con su mundo, con su cultura y con sus principios; no en un lectura moral, sino en una experiencia de verdad. La búsqueda no de una ideología sino de los criterios de verdad y la axiología que un texto, una obra y una existencia proponen.
Tal es el principal mérito de este volumen: Isaac Bashevis Singer, su obra y su leyenda, comprendemos. Este libro, además de ser una invitación a la lectura o relectura de Bashevis Singer es un constante cuestionamiento a su vida y a su obra.
Volumen polémico, sin duda, ya que no es sólo una exposición de hechos literarios, citas y argumentos de las obras de Bashevis, sino la perspectiva de una vida consagrada a la literatura donde los aciertos y momentos desconcertantes de la existencia se ordenan y relacionan con los hechos de la historia para facilitar una comprensión más amplia del trabajo del creador. Y lo peculiar en el estilo e intenciones de Bashevis.
La exposición es redonda. Nudelstejer parte de un Bashevis Singer humano cuya voluntad de escritura se fortalece en el aislamiento, en la dificultad. Esta no es sólo familiar, ante la imagen de un padre fervoroso y practicante, sino también ante el paradigma del éxito como escritor de su hermano. A ello debe agregarse un panorama poco propicio para el arte y la creación: el abandono afectivo que sufrió; la persecución a los judíos que consuma el Holocausto y la necesidad de migrar hacia Estados Unidos.
El crisol de la obra de Bashevis es el sufrimiento, explica Nudelstejer, la memoria precisa del pasado y la tradición. En la tradición, no sólo la cultura, la religión y la conciencia de pertenecer al pueblo judío, sino la conciencia del yidish como lengua particularmente propicia para crear una unidad indisoluble con la narración.
Sin embargo, no son estos los úncos méritos de la obra y el autor que Nudelstejer observa: su recurrencia al folklore, a las antiguas tradiciones judías, su gusto por apariciones de demonios, el constante conformismo de los personajes, el gusto por otras épocas son analizados con detalle. Cuestiones que en conjunto muestran la sabiduría de un narrador de excepción para mostrar el sentido de la fe y la libertad en la aceptación de un orden que ennoblece al hombre a contracorriente de las opiniones frágiles o mundanas de obras o de pensadores que --en algún momento-- despreciaron la naturaleza de la obra de Singer exigiéndole una modernidad que le era indiferente o ajena.
Asimismo, tanto la concepción como el contraste entre las cualidades de las novelas y los relatos de Bashevis son objeto de estudio para Nudelstejer, quien opta por argumentar a favor de la perfección cuentística que logran los protagonistas y las anécdotas de Bashevis Singer. Donde cabe destacar además que la visión de este Premio Nobel respecto a la novela es una de las más sólidas y concisas respecto al procedimiento del narrador como un nuevo descubridor, y la confianza y conocimiento que debe un escritor a sus temas.
Sin embargo, para quien acompaña a Nudelstejer en su análisis, incluso las críticas más estrictas son argumento para volver la atención hacia la obra; ya que Isaac Bashevis Singer, su obra y su leyenda se propone resaltar los elementos que surgen de la tradición judía, y las cualidades que permanecen intocadas de la visión religiosa tradicional a fin de mostrar la riqueza cultural que conserva la obra de este autor siempre apartado de lo ordinario.
Más allá de los numerosos aciertos que hacen de Isaac Bashevis Singer, su obra y su leyenda un estudio ejemplar, cabe resaltar ese común motivo en que autor y crítico son cómplices en la literatura: esa conciencia vigilante de que el mundo actual debe mirar hacia las nítidas manifestaciones en las que se demuestra que el valor del hombre no radica en sustituir un Dios por otros o por ninguno, sino en una aceptación de la fe con limpio corazón.
Nudelstejer, Sergio. Isaac Bashevis Singer, su obra y su leyenda. Plaza y Valdés editores, Prólogo de Bernardo Ruiz, México, 2006.
miércoles, junio 07, 2006
Palabras sobrevivientes de Eduardo Parra Ramírez

Dolores Castro y Eduardo Parra
Recuento de la supervivencia

En la foto, Eduardo Parra Ramírez con Guillermo Vega Zaragoza
«He visto a los amantes entrar en un hotel. Los amantes son espejos que lloran el vacío. Viven a su manera, desafiando a las palabras inútiles mientras sus soledades cicatrizan. Los amantes se sueñan, se pueblan de sus propios recuerdos y ese delirio los sepulta en asombro».
Lugar del nacimiento del veneno,
El otro es un idioma inoportuno
Más comprendido cuanto más ajeno.
Yo soy el otro
Que de la carretera al cautiverio
Contó su historia y se quedó sin rostro.
O bien, construye a base de aliteraciones himnos de ira y rebeldía ante la sumisión del amor:
Somos las cosas que nos atestiguan:
Las botellas vacías,
Los anteojos, tu pantalón tirado,
La portada de un libro interminable,
El espejo con su azogue empañado.
Tu desnudez naufraga
En el agua de un tumbo coreográfico
Y en esta oscuridad se vuelve barro.
Trazo en tu piel la primitiva música,
La canción del sudor, el son de la epidermis,
Tu cuerpo se resuelve en un espasmo,
Cocodrilo de furia genital,
Relámpagopantano,
Sacudiendo el estruendo en la ceguera,
Desarraigando su dolor de árbol.
No habrá un segundo de tu piel que olvide,
No habrá una gota de duda que te beba.
Si nuestra sed del litoral al pairo,
Espacios incurables,
Veneno, bruma, ausencia, asesinato.
Eres este demonio irreversible
Que yace delirando a mi costado.
escrito en el idioma de la muerte.
Ser un libro que se escribe a sí mismo
y que se lee a sí mismo, interminable.
Morir y no morir.
Palabras sobrevivientes
Prólogo de Dolores Castro.
Ediciones EON, México, 2006, 108 pp.
ISBN 968-5353-73-5

Guillermo Vega Zaragoza, Dolores Castro, Eduardo Parra y Saúl Ibargoyen

lunes, junio 05, 2006
jueves, marzo 30, 2006
Miguel Ángel Muñoz interroga el lenguaje
El origen de la niebla
Silvia Eugenia, Bernardo y Miguel Ángel Muñoz en el
Encuentro de Escritores del Mundo Latino, Morelia, Mich., 2005.
EN LA VIDA suceden encuentros privilegiados y determinantes, quizá no necesariamente con la frecuencia que uno desearía. O quizá son frecuentes, mas sólo durante ciertas épocas de cada edad sabemos apreciarlos. Algo semejante sucede con los libros, me decía a veces; sin embargo, con el tiempo he aprendido que por regla general un libro nos cae en las manos en el momento adecuado.
Quizá ese sea uno de los motivos por los que la poesía propicia un interés particular para quienes tienen la oportunidad de acercarse a este género. La poesía es una revelación inmediata y su fuerza de seducción es creciente en quienes buscan la intensidad y precisión de lo que acontece en el corazón del hombre. El poeta mismo tiene conciencia de ese hecho cuando descubre que en ocasiones le es difícil capturar esa intensidad, esa precisión en diversos momentos.
Con frecuencia soy testigo de ello: durante más de diez años he trabajado con autores jóvenes y sorprende cómo les es complicado diferenciar el alto instante o la revelación de partes menos logradas de su trabajo. Y en contraste, cómo los poetas experimentados, cómo los lectores adictos a la poesía descubren con facilidad envidiable esas palabras, esas tonalidades --siempre diversas--, esa piedra angular donde un poema es la muestra precisa, concreta de lo que es la poesía.
Más allá de mitos y leyendas, se descubre que un poeta nace y se hace, que escasos poetas tienen esa excepcional cualidad que todo lector descubre en Rimbaud, por ejemplo, o en Lope de Vega. Y por ello pareciera mejor afirmar que un poeta se hace más a golpes de silencio que por sobreabundancia de palabras, ritmos y acentos. Xavier Villaurrutia lo decía con acierto: conviene desconfiar de la obra voluminosa. La antología de Tablada respalda su afirmación.
Mauricio Brehm, uno de los grandes lectores de poesía que he conocido, afirmaba que "la poesía es vida en luz hecha vida", frase en extremo oscura pero útil para un lector de catorce años; definición --entre las numerosas que se han formulado al respecto-- que me basta. Con ella se percibe el esfuerzo que esconde la labor poética: alquimia del verbo que, como el trabajo de quienes buscaron la gran Obra, comprende una labor del espíritu donde la paciencia, la constante repetición del proceso conduce al óptimo resultado --donde la estructura íntima de la naturaleza se transforma en contacto con las mínimas partículas que la componen.
El origen de la niebla de Miguel Ángel Muñoz, volumen de 42 poemas publicado hace un par de meses por el Fondo editorial tierra adentro de Conaculta, ilustra la percepción de este camino. Al autor lo conocí hace una docena de años, recién egresado de la Escuela de escritores de la SOGEM. Nacido en 1972, no tendría más de veinte años por aquel entonces y era editor de un revista de creación: Tinta seca, que ha evolucionado al parejo de su director. En ella leí sus primeros poemas.
Lecturas plurales y experiencias difíciles y favorables se han sumado en el tiempo junto con las enseñanzas de los grandes creadores de nuestro tiempo que han sido entrevistados por Muñoz. Miguel Ángel no ha echado en saco roto el amplio mosaico de reflexiones de las que ha sido testigo y se preocupa por experimentarlas y ponerlas en práctica en su trabajo poético. Esto da como resultado un volumen decantado durante años en donde ha reunido bajo el pretexto de algunas obras plásticas los poemas reunidos en El origen de la niebla.
No es una reunión ni una yuxtaposición casual El origen de la niebla. Sobre todo porque la mayor parte del trabajo creador de Muñoz son una serie de volúmenes y ensayos sobre la pintura y las artes visuales donde ha aguzado los sentidos y buscado la fundamentación de cada estética. No se ha quedado ahí, y a partir de ese conocimiento su búsqueda poética se ha ido definiendo. Sus afinidades están principalmente en la poesía francesa del siglo pasado, en la inglesa y en la mexicana.
Tanto José Luis Cuevas como Marco Antonio Campos encuentran en el trabajo de M. A. Muñoz una decantación de la propuesta de Octavio Paz en la visión de la plástica como en la preocupación por el lenguaje del arte, de la creación y los ejes y dimensiones de sus respectivos ámbitos. Mas ello sólo es un antecedente propicio para investigar más a fondo el camino y los territorios explorados por el poeta de El origen de la niebla.

Muñoz prefiere el riesgo del poema breve sobre el de largo aliento, la imagen y el asedio de la abstracción para describir sus ámbitos. Más que la circunstancia vital, domina en el libro la experiencia de una contemplación de un lenguaje que debe transmitirse por medio de otro con diferentes recursos, ya que su objetivo es distinto.
Una obra plástica captura la experiencia visual de un momento de la eternidad o una imagen concreta que aspira a ella, entre otras posibles. Sin embargo, el poema debe partir de este primer resultado hacia una experiencia verbal, donde otra pasión domina: la constante interrogación sobre el lenguaje, la imagen, el símbolo y el signo incluidos en una ráfaga de luz y en la brevedad estricta del verso.
Dice en "Inscripción":
Lenguaje,
signo espiral y secreto
oscilante, pendular, inmóvil.
Figura,
hunde sombras
como imagen incierta
Como toda percepción, ésta es inmediata. Tal es la condicionante de su concisión. La poesía de Muñoz define, captura. Para reducir el verso a expresiones mínimas, se apoya en en el uso del asíndeton, la silepsis y del zeugma, lo que produce unidades mínimas, sintéticas: un efecto de ideograma en la expresión poética, esa condición característica del verso japonés o chino cuando se lee en español:
Muro de signos,
como línea herida
bajo sombras,
estrella: piedra; voz
sin voz, contracción de ecos.
"V. Diez apuntes para Ràfols-Casamada"
En contraste, Muñoz apela a otros recursos cuando requiere definir por ausencia o por presencia algunas entidades. El origen de la niebla leído como una interrogación del lenguaje se adentra por las partes mínimas, pone al microscopio cada uno de los elementos e imagina --incluso-- pinturas posibles o imposibles que afinen la percepción de cada uno de sus elementos. Un bello ejemplo de esta intuición llevada al papel lo encontramos en "Espacio en blanco", donde el uso de la anáfora da al poema un ritmo peculiar durante la última estrofa.
El cuadro es transparente es la nada,
es espacio abierto es el olvido:
entre ambos se asomó el silencio.
Nadie imagina ni observa,
no asombra, se percibe.
No hay niebla.
No existen relámpagos.
No deseo encontrarlos.
Ni silencios ni palabras.
No hay sentidos opuestos.
Y si bien la luz y el contraluz, la perspectiva, la sombra, la profundidad, el trazo, la secreta geometría, la proporción y la oscuridad son con el color o su ausencia partes fundamentales para el espectador de un cuadro, llama la atención el título del libro. Describe con propiedad la fuente del lenguaje, si nos atenemos a su palabra:
Afirma en "Lenguaje":
Quieto, el lenguaje,
incierto, ocupa
un espacio oscuro.
Con una palabra
sella el eco.
Asimismo, todo fragmento es 'su cementerio'. 'El lenguaje comienza en el silencio', 'cada signo es intocable/ sensación y percepción' ("Navegaciones"); 'abolición de la realidad'; 'signo espiral y secreto'. En contraste, la arquitectura es el 'símbolo del lenguaje', 'espiga de la voz'.
En una instalación exclama: 'la luz se hace niebla:/ silencio y vacío: cristal de sueños imaginarios'.
Para conseguir la epifanía:
Sólo un signo
proyecta naufragios
sin muros permanentes.
La niebla descifra sombras.
Opuesto al signo, el garabato: 'Nada significa'.
Así, a partir de "Imágenes", el libro cobra un nuevo aliento, donde la creciente calidad de la poesía de Miguel Ángel Muñoz despojada de la niebla inicial, la estética de las definiciones conmueve profundamente. "Paisaje nocturno", "Diez apuntes...", "Describo un dibujo II" son algunos de los poemas que muestran con mayor claridad su fuerza creativa.
El poema sin título de la página 59 expresa con claridad la sensación que El origen de la niebla deja en el lector:
Me arropo en el espejo
y no encuentro respuesta,
y ese rostro describe mi nombre,
se encierra en un laberinto.
Y dentro del sueño mi aventura es secreto,
y mi lengua es una escalera
que mezcla palabras
ahogadas en el reflejo del cristal.
Estas breves páginas no agotan los diversos rostros de la poesía de Miguel Ángel Muñoz, desean sencillamente resaltar algunas de sus inquietudes y cualidades como poeta. Cada lector puede con él sumarse en su travesía, ante un trabajo que se vislumbra creciente, en una diversa madurez, en una decidida búsqueda de perfección, de belleza. Deseo a quien lo descubra comparta la sensación de que ha tenido un encuentro privilegiado en su vida, un libro que ha llegado en el momento preciso hasta sus manos.
Muñoz, Miguel Ángel. El origen de la niebla. Fondo editorial Tierra adentro. Conaculta -DGP, México, 2005, 80 pp. FETA 292. ISBN 970-35-0812-x
domingo, marzo 26, 2006
Oda al San Lorenzo


No hay --de inicio-- una certidumbre en la naturaleza del viaje, descubrimos durante "La primera mañana", con que inicia "Pertenezco a la tierra":
¿Por qué derrota aprenderé a vivir?
¿Por qué improbable certeza he de morirme?
He visto el nacimiento de la aurora
He vuelto los ojos hacia la tierra
El sufrimiento del hombre oscurece mi rostro
Borro los pasos del envejecimiento y el sufrir
Regreso al mundo ordinario y bello
Encuentro nuevamente las más familiares palabras
Despierto de un soplo cada infancia
Alumbro un faro al pie de cada sendero
Sueño para recordarme
Y el puro movimiento levanta mis dos brazos
¿Continuaré el canto de mis muertos?
Río que se desliza sobre mi pecho
Un árbol de carne concluye mi frase
Volveré a encontrarme en un país muy joven
De un día entero la luz mi mano dispone
Cada uno tendrá su sitio en mi mesa
El trigo brilla sobre mis torpes dientes
La miel fluye en haces por mi memoria
De mi corazón rebosa un temblor de tierra
[. . .]
Esta mañana durará por ser la primera
Miro de cerca los seres y las cosas
Nombro la más frágil brizna de hierba
Surge todo un prado en mi corazón
No pido tiempo
No pido sino amar
Miro mi soledad
Nada tiene valor si no es dado
Nada vive si no es compartido
Es el mundo un gran amor que se busca
"De una orilla a la otra", implica un cambio de intensidad, el cambio de estación, el paso de una a otra edad y la aceptación de las sucesivas transformaciones que el poeta encuentra a lo largo de su vida: «Me enluto por cada muerto / Y cada nacimiento me ilumina». Ha dejado la tierra, ha bajado del cielo, surca las aguas en busca de la otra ribera en busca de una constante transformación.
Escribo cada palabra sobre la tierra
Tomo consejo de todos los vientos
Tomo calor de todos los fuegos
Veo el mar en un manatial
Y en mi corazón late aquel de cada bestia
Cerré mis ojos con tierra
"Presencia en el mundo" es un canto a la vida en la conciencia de la muerte, un canto que se entona en las regiones de Perséfone y de Hades: «Cada muerte de hombre agranda mi tumba / Escucho el lamento de las aves que han matado?».
Aboliré la muerte y viviré a cualquier precio.
martes, marzo 21, 2006
Sancho Polo II. El desenlace.


Cegado por los celos, Quiñones se convierte en el títere de cada uno de estos personajes y complica las situaciones justificándose en su delirio y pasión amorosa, al punto de que debe huir de la capital ayudado por Rojo llevándose en el alma la amargura de su imposible relación con Remedios, su sed de venganza contra los impedimentos que le ha puesto Cabezudo y el intento de asesinato de Miguel junto con su desprecio por la política a la mexicana.
Cualquier lector sensato pensaría que Juanito madurará con las experiencias vividas y aprovechará su natural inteligencia y capacidad de aprendizaje para ordenar su vida. Sin embargo, su mala situación económica, su ansia por Remedios, y su constante desprecio por todo aquello que no refleja las costumbres de San Martín de las Piedras --donde en la debida y menor proporción había visto que el mundo de ambiciones y conveniencias era semejante--, ofusca su capacidad de análisis. Juan incluso llega a afirmar que depende de la presencia de Remedios para ser un buen hombre, aunque conserva algunos pruritos.
Entre ellos está el deseo de sobresalir para ser valorado por Remedios, lo que lo inclina a cierta fatuidad y ansia de ser notado. Su mayor virtud es la honradez; sin embargo, no se ha convertido en un asesino solamente porque su torpeza lo ha impedido. Poco a poco en El cuarto poder descubrimos estas debilidades del alma de Quiñones.
El cuarto poder y Moneda falsa ocurren en la Ciudad de México. Juan ha llegado a una ciudad donde debe sobrevivir a base de préstamos y empeños. Se encuentra con dos viejos conocidos: Sabás Carrasco, su paisano de San Martín, convertido en gacetillero de un periódico, y con Pepe Rojo, que insiste en continuar sus estudios y en mantener una deferente distancia con el destello de oropel de la capital del país y su gente. Sabás convence a ambos de vender la pluma por un salario de cinco pesos en un diario gobiernista que se transformará, en poco tiempo en uno antigobiernista El Cuarto Poder.
Para Juan el periódico es su tabla de salvación: hacerse periodista le puede dar la fama que el necesita para llegar hasta la inalcanzable Remedios. Felicia, la joven sirvienta que él ha colocado con los Llamas --antiguos amigos de su padre en el terruño-- viven ahora en la capital, lo que lo mantiene al tanto del inminente arribo y residencia del diputado federal y general Mateo Cabezudo.
Mas Quiñones no para en celos y en vanidad. Le bastan un par de elogios para sentir que su pluma ha alcanzado la fama. Y si bien, lee y estudia en su afán de escribir correcta y ejemplarmente, su prosa sólo muestra una amargura y una hiel en constante aumento y grandilocuencia. Su reconocimiento llega, mas a la par de su capacidad de escándalo, desprecio y creciente amarillismo. Por cuestiones políticas y económica, El Cuarto poder, debe reconvertirse nuevamente en periódico gobiernista; aunque es tal el prestigio de Juan que a trasmano, Albores --el dueño del diario-- le ofrece patrocinar El Censor, que logrará un gran éxito gracias a la violencia verbal de Quiñones y un asociado: Claveque.
En tanto, el ascenso político de Cabezón --apoyado por un cabildero llamado Bueso-- es vertiginoso. El ahora General ha alcanzado el mayor grado y apunta para Ministro de la Guerra. Ha gastado una fortuna promoviéndose en la prensa, en sociedad, en las relaciones políticas. Y si bien en ocasiones Juan avista a Remedios o mantiene noticia de ella por Felicia, la cree inalcanzable porque es ahora una dama de coche, joyas, vestidos e invitaciones de sociedad. En secreta venganza Juanito enamora a una vecina de la casa de huéspedes, Jacinta Barbadillo, a quien incluso llega a prometer matrimonio.
El cuarto poder finaliza con una escena donde Felicia consigue que Remedios se entreviste con Juan, y caiga éste en la cuenta de que su pasión por la Barbadillo es insana. Pero una siguiente entrevista es interrumpida por Jacinta. Ella relata sus amoríos con Quiñones. Remedios desfallece. Y Juan sabe que la ha perdido.
Será Pepe Rojo, al inicio de Moneda Falsa, quien le pida cordura a Quiñones, lo cual es difícil cuando este se deja llevar tan fácilmente por la cólera y la adulación en la que vive envuelto. Ha logrado que la circulación de El Censor vaya en constante aumento. El abandono de Remedios lo ha hundido en una total misantropía y en una pérdida casi absoluta de sus principios. Vive para odiar, para lamentarse del infortunio amoroso en su interior y para dejarse perder en ocasiones por el alcohol, el baile y los escarceos con fáciles conquistas. Poco tiene que ver este personaje con el soñador de La bola.
Rabasa da una lección cuyas enseñanzas permanecen: la opinión pública, así como los tres poderes establecen su propia dialéctica: gobierno y desgobierno. Una falla en el equilibrio de este juego rompe el orden social. Los gacetilleros tienen que venderse: callar o escribir. Los políticos establecer acuerdos: como mantenerese a resguardo del tiroteo de los gacetilleros: robar para ser chantajeados. El pueblo gusta del circo, de otro modo organiza una rebatinga donde el juego se organiza. El engranaje debe funcionar a la perfección. Es un juego de apuestas piramidales.
Puede haber en la tetralogía de Rabasa cierta ingenuidad técnica; hay --ciertamente-- huecos en la estructura conforme a la exigencia de un moderno lector. La anécdota es impecable pese a ciertas repeticiones de las circunstancias: retos, juergas, tránsitos nocturnos; escenas meramente costumbristas para una ambientación débil; atmósferas donde el cliché --sea de emociones o de descripciones-- debilita la tensión narrativa; cierto abuso de escenas de encuentros y desencuentros algunas teatrales, otras afortunadas. Más la historia de Juan es una muestra de una situación endémica de las enfermedades de la República: son los audaces y sisn principios los que aprovechándose del fácil olvido, del egocentrismo de cada una de las ovejas de la borregada medran.
Juan y su periódico son útiles hasta un momento límite: cuando la franca disputa que tiene en las páginas de El Censor con Cabezón llevan al joven enamorado a su propia pérdida: Cabezón ha gastado su fortuna pagando su publicidad para el puesto que anhela y desmintiendo las historias que Quiñones publica contra él o manipulando a Claveque y comprándolo. Los antagonistas quedan anulados en este duelo de vanidades: el poder y la fama, ambición de cada uno de ellos, les son ajenos.
En perspectiva hay una pérdida adicional para Juan: Cabezón ha pedido la mano de Felicia y ella ha aceptado. En el colmo de la autocompasión, y como cima de su vocación autodestructiva Quiñones promete robarse a Jacinta. Durante los preparativos comprende que tanto Claveque como otros de sus colegas lo han traicionado: se han vendido y manipulan la verdad. Pero en su obcecación está dispuesto a enlodarse por completo. La noche del rapto de Jacinta, Felicia lo detiene a voces: Remedios agoniza. Quiñones recapacita y abandona a la Barbadillo por ir a despedir el alma de Remedios.
Los últimos capítulos de Moneda falsa son un homenaje a la redención por el amor. Pocos de los personajes la merecían. Sin embargo, lo mejor de ellos mismos sale a flote durante la agonía de Remedios y el final desenlace. Rabasa resuelve con pulcritud la obra.
Para la mirada soberbia de un lector del siglo XXI la historia puede parecer un libro inocente o prescindible. Para quien deseé comprender muchas motivaciones de nuestro caracter y comportamiento, los cuatro volúmenes de esta obra seguirán siendo un documento valioso, perdurable y lleno de matices abiertos a numerosas reflexiones.
jueves, marzo 16, 2006
Jaime Augusto Shelley. Patria prometida / Patrie promise

Como la música, la poesía implica un acercamiento progresivo, reiterado al lenguaje de cada poeta. Una primera aproximación no basta.
Apenas muestra. Difícilmente se percibe la naturaleza de su revelación.
Pronto se cumplirán diez años de mi primera lectura de Patria prometida de Jaime Augusto Shelley donde, tras un silencio de años, hacía una jornada por ciudades y gente. Percepciones de aliento bíblico que miraban el mundo en su intensidad sorprendente, en sus vórtices fatales: nodos donde la humanidad apuesta por lo mejor de sí misma y por su destrucción. Bitácora de tiempos de cambio, cuyos más puros instantes pueden resumirse en un par de versos al momento de encontrar un remanso:
a donde no iba.
Aquella visión que mucho recuerda la del Moisés que agoniza en la contemplación del destino pactado con Jehová para su pueblo, apareció en la colección Margen de poesía de la UAM, y meses después tuvo una edición de la Dirección General de Publicaciones de Conaculta donde nuevos poemas agregaban otra dimensión al libro. La reciente aparición (2005) del volumen, ahora en edición bilingüe, español-francés, publicado en coedición entre la UNAM y Écrits des Forges permite una nueva lectura de la obra, cuya estructura y concepción, tanto en la arquitectura del verso como en la intención de la poesía son excepcionales.

Sin embargo, en la relectura de estos doce poemas, al observar con mayor detalle la construcción de los poemas de numeración romana (I-X) se nota una distinta concepción de la serie, que contrasta con la versificación y estructura que plantea el poema más largo del conjunto: "Bolívar", para terminar con "Falta una palabra".
El poeta de "Por dentro y por fuera" complementa al de la parte inicial, el de "Desnudo con guitarra", en su naturaleza: este es el hombre rebelde, el héroe trágico, de ejemplar voluntad e intención, que debe enfrentar su circunstancia:
Sangre en un cuaderno,
su otra edad mordiendo signos.
La hora ha llegado.
Comienza loca cacería
de ubres celestiales.
Y en el cielo,
algo que se venía barruntando:
da a luz a su creatura el miedo.
Podrá vencer o ser derrotado por el fatal acontecimiento, pero jamás permanecerá impasible ante él y sus consecuencias. Y para conocer, para detallar la geografía de sus combates emprende un largo camino por las ciudades en la búsqueda de su ideal, la patria prometida, mas su comprensión cabal de los hechos será casi al término de su viaje, cuando la respuesta a su pregunta la formule en su diálogo con Bolívar:
Inútil por ello un canto que deplore tu muerte.
Algo de ti, vertiginoso,
ceñirá la espada y clamará, de nuevo,
campana vibrante, de lado a lado [ . . . ]
Esta suerte de eterno retorno, donde al final "Falta una palabra" responde a un ciclo natural. El ciclo abre y cierra para recomenzar a la manera de la manera de la naturaleza en un canto que recuerda el tránsito de las cosas del mundo en un tono dulce, antiguo, como si el diálogo se refiriera a aquel pie de Garcilaso: "Salid sin duelo, lágrimas, corriendo"donde "El pirú", ese árbol de hojas y frutos magros y presencia inmensa, triste, es imagen de la infancia y del principio:
El pirú florecía por todas partes.
Árbol de siempre, árbol de pobres,
sustento diario de pájaros que ya murieron
o andan por las calles, mendigando.
Mas el hombre, el poeta sabe que su tiempo es único. "Luz, más luz", murmura en baja voz cuando percibe que se aproxima la hora; nunca su obra está completa, y hay tanto por hacer. "Silencio vibrante", "Verbo sonoro", clama.
Falta, en el desorden,
una palabra.
Falta una voz, y otra; y otra más,
en el valle de la muerte,
en la estación de los sofocos
rezumados por el fuego y la sombra.
"Venimos al mundo llorando, de él partimos llorando", afirma Shakespeare, y esa comprensión, ese conocimiento o estafeta son su sabiduría y experiencia, precisamente. El hombre enunciado por Shelley aspira más a la justicia que a la felicidad, cuando contempla su interior descubrimos que "ceniza en andrajos aterida" es su conciencia cuando sola se percibe. Poco dulce es la humanidad y su esperanza:
Algo ha de suceder
o dejar de,
con una misma, aterradora imprecisión.
Y si bien el pensamiento puede alcanzar una casi instantánea simultaneidad de su ser pleno, esta visión tanto de lo acontececido como del momento o del que sucederá no permiten mayor certeza que una constante cadena de ultrajes.
Creen algunos sin igual
el pasado
porque su pureza
se ha perdido y el futuro
no propone segura recompensa
por ácidos agravios.
Lo sabe así el hombre rebelde, de modo que formula su único credo:
somos,
allí donde no hay
número, orden ni regla inexorable,
augurio.
Restallar de espíritu,
libertad.
En tanto algunos buscan la seguridad, el olvido amoroso, el goce de los bienes terrenales, el poeta marca su distancia de las distracciones del mundo, las que obnubilan la mente, las que corrompen el mundo. "Descarquiño sueños", asegura, y penetra por opuestas vías a su quehacer en la tierra. Se sabe incomprendido incluso por quien --marmórea-- contempla su hacer:
Si muevo un brazo o una pierna
en dirección al futuro,
con sobresalto, desde tu dulce rostro
calcáreo, en el repullo desasosegado,
torvo, del día, dices: no.
Mas el amor verdadero, "el que monta el alma", como afirmó Rimbaud, es parte de su naturaleza y destino. Lo vive y acepta pese a las diferencias individuales, porque las decisiones son personales. El amor tiene su propio tiempo y presencia, en un espacio ajeno al de las cosas. No es un obstáculo, sino una marca, referencia para la visión del poeta. No se trata, comprendemos, de un juego narcísico de identidades, sino una distinción de las conciencias, de los asumidos destinos. Pero que no castre, que no frene, ni detenga. El amor, como lo muestra Shelley, no es pasión-impulso, sino conciencia.
Echarse en el césped,
propiciar que el rumor no cese
ni por un instante;
que cuanto es, crezca;
haga, también de nosotros, algo diverso
en otredad.
Porque hay una enseñanza a través del amor. Unirse, fundirse, no es una dilución en el caos, sino el orden del conocimiento, una espiral hacia la comprensión de las cosas rumbo a un acontecer más armonioso.
Queda tan poco,
que si pudieras, en un vivo esfuerzo
ser, nada más por un instante, amorosa,
algo sobrevendría
El poeta sabe que la esperanza quedó hace mucho atrapada en la caja de Pandora, y sabe que en tal medida están las provincias de su heredad. A Prometeo toca devolver el fuego. Al demiurgo, al creador, despertar todos los días la energía de los hombres en el afán de vencer todo aquello que nos hace siervos o esclavos. Shelley así lo asume y así lo expresa. Con la imagen del árbol que evocó al principio. Con la enunciación de la palabra que falta, la que está por decirse, la que es de todo lector cabal: la de todo hombre que se asume en la plenitud del término.
Shelley, Jaime Augusto. Patria prometida / Patrie promise. Prólogos de Alí Chumacero y Bernardo Ruiz. Trad. Nicole et Émile Martel. UNAM- Écrits des Forges. Québec. 2005, 128 pp. ISBN 2-89046-949-2 / 970-32-2598-5