jueves, marzo 30, 2006

Miguel Ángel Muñoz interroga el lenguaje

El origen de la niebla

Silvia Eugenia, Bernardo y Miguel Ángel Muñoz en el
Encuentro de Escritores del Mundo Latino, Morelia, Mich., 2005.

EN LA VIDA suceden encuentros privilegiados y determinantes, quizá no necesariamente con la frecuencia que uno desearía. O quizá son frecuentes, mas sólo durante ciertas épocas de cada edad sabemos apreciarlos. Algo semejante sucede con los libros, me decía a veces; sin embargo, con el tiempo he aprendido que por regla general un libro nos cae en las manos en el momento adecuado.

Quizá ese sea uno de los motivos por los que la poesía propicia un interés particular para quienes tienen la oportunidad de acercarse a este género. La poesía es una revelación inmediata y su fuerza de seducción es creciente en quienes buscan la intensidad y precisión de lo que acontece en el corazón del hombre. El poeta mismo tiene conciencia de ese hecho cuando descubre que en ocasiones le es difícil capturar esa intensidad, esa precisión en diversos momentos.

Con frecuencia soy testigo de ello: durante más de diez años he trabajado con autores jóvenes y sorprende cómo les es complicado diferenciar el alto instante o la revelación de partes menos logradas de su trabajo. Y en contraste, cómo los poetas experimentados, cómo los lectores adictos a la poesía descubren con facilidad envidiable esas palabras, esas tonalidades --siempre diversas--, esa piedra angular donde un poema es la muestra precisa, concreta de lo que es la poesía.

Más allá de mitos y leyendas, se descubre que un poeta nace y se hace, que escasos poetas tienen esa excepcional cualidad que todo lector descubre en Rimbaud, por ejemplo, o en Lope de Vega. Y por ello pareciera mejor afirmar que un poeta se hace más a golpes de silencio que por sobreabundancia de palabras, ritmos y acentos. Xavier Villaurrutia lo decía con acierto: conviene desconfiar de la obra voluminosa. La antología de Tablada respalda su afirmación.

Mauricio Brehm, uno de los grandes lectores de poesía que he conocido, afirmaba que "la poesía es vida en luz hecha vida", frase en extremo oscura pero útil para un lector de catorce años; definición --entre las numerosas que se han formulado al respecto-- que me basta. Con ella se percibe el esfuerzo que esconde la labor poética: alquimia del verbo que, como el trabajo de quienes buscaron la gran Obra, comprende una labor del espíritu donde la paciencia, la constante repetición del proceso conduce al óptimo resultado --donde la estructura íntima de la naturaleza se transforma en contacto con las mínimas partículas que la componen.

El origen de la niebla de Miguel Ángel Muñoz, volumen de 42 poemas publicado hace un par de meses por el Fondo editorial tierra adentro de Conaculta, ilustra la percepción de este camino. Al autor lo conocí hace una docena de años, recién egresado de la Escuela de escritores de la SOGEM. Nacido en 1972, no tendría más de veinte años por aquel entonces y era editor de un revista de creación: Tinta seca, que ha evolucionado al parejo de su director. En ella leí sus primeros poemas.

Lecturas plurales y experiencias difíciles y favorables se han sumado en el tiempo junto con las enseñanzas de los grandes creadores de nuestro tiempo que han sido entrevistados por Muñoz. Miguel Ángel no ha echado en saco roto el amplio mosaico de reflexiones de las que ha sido testigo y se preocupa por experimentarlas y ponerlas en práctica en su trabajo poético. Esto da como resultado un volumen decantado durante años en donde ha reunido bajo el pretexto de algunas obras plásticas los poemas reunidos en El origen de la niebla.

No es una reunión ni una yuxtaposición casual El origen de la niebla. Sobre todo porque la mayor parte del trabajo creador de Muñoz son una serie de volúmenes y ensayos sobre la pintura y las artes visuales donde ha aguzado los sentidos y buscado la fundamentación de cada estética. No se ha quedado ahí, y a partir de ese conocimiento su búsqueda poética se ha ido definiendo. Sus afinidades están principalmente en la poesía francesa del siglo pasado, en la inglesa y en la mexicana.

Tanto José Luis Cuevas como Marco Antonio Campos encuentran en el trabajo de M. A. Muñoz una decantación de la propuesta de Octavio Paz en la visión de la plástica como en la preocupación por el lenguaje del arte, de la creación y los ejes y dimensiones de sus respectivos ámbitos. Mas ello sólo es un antecedente propicio para investigar más a fondo el camino y los territorios explorados por el poeta de El origen de la niebla.


Muñoz prefiere el riesgo del poema breve sobre el de largo aliento, la imagen y el asedio de la abstracción para describir sus ámbitos. Más que la circunstancia vital, domina en el libro la experiencia de una contemplación de un lenguaje que debe transmitirse por medio de otro con diferentes recursos, ya que su objetivo es distinto.

Una obra plástica captura la experiencia visual de un momento de la eternidad o una imagen concreta que aspira a ella, entre otras posibles. Sin embargo, el poema debe partir de este primer resultado hacia una experiencia verbal, donde otra pasión domina: la constante interrogación sobre el lenguaje, la imagen, el símbolo y el signo incluidos en una ráfaga de luz y en la brevedad estricta del verso.

Dice en "Inscripción":

Lenguaje,

signo espiral y secreto

oscilante, pendular, inmóvil.


Figura,

hunde sombras

como imagen incierta


Como toda percepción, ésta es inmediata. Tal es la condicionante de su concisión. La poesía de Muñoz define, captura. Para reducir el verso a expresiones mínimas, se apoya en en el uso del asíndeton, la silepsis y del zeugma, lo que produce unidades mínimas, sintéticas: un efecto de ideograma en la expresión poética, esa condición característica del verso japonés o chino cuando se lee en español:

Muro de signos,

como línea herida

bajo sombras,

estrella: piedra; voz

sin voz, contracción de ecos.

"V. Diez apuntes para Ràfols-Casamada"


En contraste, Muñoz apela a otros recursos cuando requiere definir por ausencia o por presencia algunas entidades. El origen de la niebla leído como una interrogación del lenguaje se adentra por las partes mínimas, pone al microscopio cada uno de los elementos e imagina --incluso-- pinturas posibles o imposibles que afinen la percepción de cada uno de sus elementos. Un bello ejemplo de esta intuición llevada al papel lo encontramos en "Espacio en blanco", donde el uso de la anáfora da al poema un ritmo peculiar durante la última estrofa.

El cuadro es transparente es la nada,

es espacio abierto es el olvido:

entre ambos se asomó el silencio.


Nadie imagina ni observa,

no asombra, se percibe.


No hay niebla.

No existen relámpagos.

No deseo encontrarlos.

Ni silencios ni palabras.

No hay sentidos opuestos.


Y si bien la luz y el contraluz, la perspectiva, la sombra, la profundidad, el trazo, la secreta geometría, la proporción y la oscuridad son con el color o su ausencia partes fundamentales para el espectador de un cuadro, llama la atención el título del libro. Describe con propiedad la fuente del lenguaje, si nos atenemos a su palabra:

Afirma en "Lenguaje":

Quieto, el lenguaje,

incierto, ocupa

un espacio oscuro.


Con una palabra

sella el eco.


Asimismo, todo fragmento es 'su cementerio'. 'El lenguaje comienza en el silencio', 'cada signo es intocable/ sensación y percepción' ("Navegaciones"); 'abolición de la realidad'; 'signo espiral y secreto'. En contraste, la arquitectura es el 'símbolo del lenguaje', 'espiga de la voz'.

En una instalación exclama: 'la luz se hace niebla:/ silencio y vacío: cristal de sueños imaginarios'.

Para conseguir la epifanía:

Sólo un signo

proyecta naufragios

sin muros permanentes.

La niebla descifra sombras.


Opuesto al signo, el garabato: 'Nada significa'.

Así, a partir de "Imágenes", el libro cobra un nuevo aliento, donde la creciente calidad de la poesía de Miguel Ángel Muñoz despojada de la niebla inicial, la estética de las definiciones conmueve profundamente. "Paisaje nocturno", "Diez apuntes...", "Describo un dibujo II" son algunos de los poemas que muestran con mayor claridad su fuerza creativa.

El poema sin título de la página 59 expresa con claridad la sensación que El origen de la niebla deja en el lector:

Me arropo en el espejo

y no encuentro respuesta,

y ese rostro describe mi nombre,

se encierra en un laberinto.


Y dentro del sueño mi aventura es secreto,

y mi lengua es una escalera

que mezcla palabras

ahogadas en el reflejo del cristal.


Estas breves páginas no agotan los diversos rostros de la poesía de Miguel Ángel Muñoz, desean sencillamente resaltar algunas de sus inquietudes y cualidades como poeta. Cada lector puede con él sumarse en su travesía, ante un trabajo que se vislumbra creciente, en una diversa madurez, en una decidida búsqueda de perfección, de belleza. Deseo a quien lo descubra comparta la sensación de que ha tenido un encuentro privilegiado en su vida, un libro que ha llegado en el momento preciso hasta sus manos.


Muñoz, Miguel Ángel. El origen de la niebla. Fondo editorial Tierra adentro. Conaculta -DGP, México, 2005, 80 pp. FETA 292. ISBN 970-35-0812-x

domingo, marzo 26, 2006

Oda al San Lorenzo


La reciente traducción al español de Gatiene Lapointe, uno del los poetas considerado entre los puntales de la moderna poesía del Quebec es un acontecimiento que no debe pasar inadvertido ya que permite comprender la visión de un mundo francófono cuya cultura se nutre de un territorio imtelectual y sensible totalmente diverso al que la poesía francesa delimita.

Lapointe (Sainte-Justine-de-Bellechasse, 1931- Trois-Rivières, 1983) no es sólo un poeta de su patria. Es un poeta de la tradición y de la tierra. Una tradición y una tierra que bordean las márgenes del río San Lorenzo, el principal eje del territorio de Quebec, crisol de una nación cuyo contacto con la naturaleza contrasta en actitud y percepción con las formas de vida norteamericana, inglesa y francesa por sus diversas sensibilidad y actitud ante la vida.

Gatiene Lapointe traduce con claridad tal sensibilidad y actitud. Su poesía se despoja de perfiles individuales, y a través de constantes imágenes muestra su visión del mundo en iluminaciones y epifanías sucesivas, donde la identificación con su orbe nos liga con una desacostumbrada belleza. A lo largo de cada poema, esta percepción del mundo se afina y distingue --en ocasiones-- en un solo verso; otras en una terceta o a veces en estrofas de unos cuantos versos.

Cada poeta define la poesía; algunos optan por el predominio del ritmo, otros por la arquitectura del verso y la forma, otros por el flujo de sensaciones. En Lapointe, la presencia de la naturaleza y la conciencia del hombre ante su relación con las cosas construye la poesía dentro del flujo de esas aguas majestuosas que identifican a su nación. Así, la Oda al San Lorenzo está construido con tres piezas fundamentales: "Pertenezco a la tierra", "El caballero de la nieve" y la propia "Oda al san Lorenzo", un excepcional libro de un viaje.


No hay --de inicio-- una certidumbre en la naturaleza del viaje, descubrimos durante "La primera mañana", con que inicia "Pertenezco a la tierra":

¿Por qué derrota aprenderé a vivir?
¿Por qué improbable certeza he de morirme?

He visto el nacimiento de la aurora
He vuelto los ojos hacia la tierra
El sufrimiento del hombre oscurece mi rostro
Borro los pasos del envejecimiento y el sufrir

Regreso al mundo ordinario y bello

Encuentro nuevamente las más familiares palabras
Despierto de un soplo cada infancia
Alumbro un faro al pie de cada sendero
Sueño para recordarme
Y el puro movimiento levanta mis dos brazos

¿Continuaré el canto de mis muertos?

Río que se desliza sobre mi pecho
Un árbol de carne concluye mi frase

Volveré a encontrarme en un país muy joven
De un día entero la luz mi mano dispone
Cada uno tendrá su sitio en mi mesa
El trigo brilla sobre mis torpes dientes
La miel fluye en haces por mi memoria
De mi corazón rebosa un temblor de tierra
[. . .]

Esta mañana durará por ser la primera

Ante esta visión comprendemos una de las preocupaciones esenciales del poeta de Oda al san Lorenzo: ocuparse de un lugar y de un tiempo por cumplir y por satisfacer con plenitud la vida; idea que desarrollará inicialmente en "El tiempo de la tierra", donde las imágenes tienen un brillo enigmático: «La primavera se ha ocultado en sus pólenes / Como el sol en su sombra». «El día nuevo guarda en secreto sus armas». O bien: «Seguiremos el valle austero y profundísimo» o versos que semejan reflexiones de un maestro zen: «El sol nace en la sombra de un pájaro», «Sólo conozco el canto más simple de la tierra», «Entraba llorando en la casa de los vivos», cuya acumulación logra el efecto poético de una verdad percibida como a "través de un vidrio oscuro".

En tal medida la poesía de Lapointe no es una poesía que se devele en una primera lectura o en la contemplación del poema, sino en su reflexión, en su relectura, en el inteligente entramado de cada verso y de cada poema. Por ello considero que muchas de las claves de Oda al san Lorenzo se encuentran en "De la tierra a la primera rama", donde cada afirmación, cada situación descrita por el poeta ilumina el sendero de su búsqueda:

Rechacé toda fabulación
Miro de cerca los seres y las cosas
Nombro la más frágil brizna de hierba
Surge todo un prado en mi corazón


Este poema debe considerarse como una declaración de existencia, una comprensión cabal del ser poético que habita en el creador, en el hombre: «Hago frente al más alto sol / Auguro y construyo dentro de lo efímero». . . Para concluir con una estrofa donde se revela la totalidad del quehacer poético:

No pido tiempo
No pido sino amar


Tras esta elevación, el poeta de lleno dedica su contemplación al desciframiento de aquellos elementos que "Entre cielo y tierra" descubren sus sentidos. Parte de una circunstancia dialéctica: la opsición que marca el epígrafe de M. J. Durry que inicia esta serie, esta docena de poemas.

Cada uno de ellos tiene el valor de una epifanía, la riqueza de un epigrama, la sutileza de un haikú. En la medida que las manufacturas o los procesos materiales son evitados por el poeta, observamos un mundo inédito, casi paradisiaco, sin el efecto de las transformaciones humanas. Sin embargo esto no evita laceraciones: es un mundo que debe transformarse, los señalamientos son precisos:

Tomo en mi mano el corazón del mundo
Miro mi soledad
Nada tiene valor si no es dado
Nada vive si no es compartido

Es el mundo un gran amor que se busca


Efectivamente, no se trata de un paraíso sino de acercarse a él, de allegarse a la perfección, tantas veces mero ideal. Lapointe lo sabe bien: «El mundo es una gran herida/ incomprensible». Afirma. Y sólo entonces busca descifrar ese misterio; cuestionamiento que formula en la serie de poemas de "Sol cotidiano", donde su visión cobra consciencia de su propia grandeza en el enfrentamiento con sus adversarios, en la brasa cabal del amor, en la apuesta de estar vivo.

"De una orilla a la otra", implica un cambio de intensidad, el cambio de estación, el paso de una a otra edad y la aceptación de las sucesivas transformaciones que el poeta encuentra a lo largo de su vida: «Me enluto por cada muerto / Y cada nacimiento me ilumina». Ha dejado la tierra, ha bajado del cielo, surca las aguas en busca de la otra ribera en busca de una constante transformación.

"Los relojes de arena del tiempo" se ahonda en el registro de la transformación humana: esa constante necesidad de ser, de rehacerse, de inventarse nuevamente sobre el tiempo, saber tomar de las cosas del mundo aquello que necesitamos para verdaderamente «construir sobre esta tierra».

Escribo cada palabra sobre la tierra
Tomo consejo de todos los vientos
Tomo calor de todos los fuegos
Veo el mar en un manatial
Y en mi corazón late aquel de cada bestia


"Los relojes de arena del tiempo" es, sin embargo, el poema donde hay una aceptación de la finitud: «Paisaje vocablo desnudo del cuerpo/ Es por tanto cierto que mi corazón es mortal». De modo que la transición es natural para hablar sobre la muerte. "Pertenezco a la tierra" es el gran poema de Lapointe acerca del tema: «He repetido siete veces la palabra oscura de Dios» es el leit motiv que enfrenta al hombre con su destino final. Como de paso, la muerte había sido nombrada a lo largo del poema, pero sobre todo la noción del tiempo, de su presencia, no nos había permitido avistar el momento final.

He tomado tierra en mis dos manos
Cerré mis ojos con tierra

Avisa el poeta en "Dios o el hombre" y asume su mortalidad. Después, el mundo volverá a ser.

"Presencia en el mundo" es un canto a la vida en la conciencia de la muerte, un canto que se entona en las regiones de Perséfone y de Hades: «Cada muerte de hombre agranda mi tumba / Escucho el lamento de las aves que han matado?».

Mas el poeta es rebelde por naturaleza, no tiene ahí por qué abandonarse a los brazos de la nada. Esa es su fuerza. De modo que "Pertenezco a la tierra" concluye con grandeza su advertencia:

Aboliré la muerte y viviré a cualquier precio.

"Pertenezco a la tierra" es el gran canto de la vida, una existencia que continúa --naturalmente-- en una tierra donde el invierno es la más larga de sus costumbres; tal privilegio pertenece a "El caballero de la nieve", donde el pasado, la infancia, el amor y el sueño se integran en el flujo de esa gran conciencia del ser, del universo y de la belleza que es la "Oda al San Lorenzo", ese poema final, de largo aliento donde el misticismo panteísta --que no religiosidad-- de Laiponte se apodera de la creación, y alcanza a enunciar la visión de la totalidad con plenitud y resignación antes de diluirse en el final crepúsculo.

Pocos libros de poesía tienen esta riqueza. Hoy la tenemos en nuestras manos gracias a la traducción de Marco Antonio Campos y a la infatigable labor editorial de la UNAM con la colaboración de Écrits de Forges, editorial quebequense fundada por el propio Gatien Lapointe. Ojalá los lectores de nuestra lengua puedan considerar entre sus lecturas canónicas la ?Oda al San Lorenzo? siempre.



Lapointe, Gatiene. Oda al san Lorenzo. Trad. de Marco Antonio Campos. Epílogo de Bernard Pozier traducido por Laura González Durán. UNAM- Écrits des Forges, México, 2005 (Poemas y ensayos) 177 pp. ISBN UNAM 970-32-2592-6. ISBN Écrits des Forges 2-89046-917-4


martes, marzo 21, 2006

Sancho Polo II. El desenlace.


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LA GRAN CIENCIA, junto con El cuarto poder y Moneda falsa son las novelas que continúan las andanzas por la vida de Juanito Quiñones iniciadas en La bola. Emilio Rabasa, su autor, procuró una mayor unidad en estas obras, donde La bola viene a ser un un prólogo para esta trilogía.

La gran ciencia se ocupa de la vida de Quiñones en la capital del estado, donde consigue un empleo como escribano del secretario particular del gobernador Viqueiras, Miguel, de quienes aprenderá la gran ciencia de la política. No una política al modo aristotélico, sino una versión nacional, en el arte del trastupije, el arreglo subterráneo, la conspiración y el juego de intereses.

No son ellos sus únicos tutores. En la casa de huéspedes donde se aloja conoce a Pepe Rojo, eterno estudiante de derecho, alter ego ideal de Rabasa o de Sancho Polo, con quien iniciará una larga amistad. Proviniciano y sin malicia, Quiñones carece de perspicacia. Es incapaz de comprender la maledicencia y dobles o triples juegos que, en aras de beneficios y prebendas, cada uno de los personajes con quienes se relaciona establece en el juego de las ambiciones sociales y políticas que detallan la anécdota.

Por su lado, Mateo Cabezudo ha llegado a la cabecera del estado y ha ascendido en la jerarquía militar y política. Convertido en diputado intriga junto con el gobernador y con su rival Pérez Gavilán para sacar ventajas de la siempre inestable política nacional al borde de un descalabro. Miguel no se queda atrás. A su vez, Miguel ha conocido a Remedios y está enamorado de ella.

Ajena a esas circunstancias, Remedios sólo tiene ojos para Juanito Quiñones, quien inseguro y acomplejado, trata a toda costa --y sin medir consecuencias-- tener el campo libre para lograr mantener a Remedios cerca de su corazón. Desconfiado e ingenuo, Quiñones tarda demasiado en comprender que la esposa del gobernador está de su lado porque le interesa que su hija Candelaria case con Miguel.

Cegado por los celos, Quiñones se convierte en el títere de cada uno de estos personajes y complica las situaciones justificándose en su delirio y pasión amorosa, al punto de que debe huir de la capital ayudado por Rojo llevándose en el alma la amargura de su imposible relación con Remedios, su sed de venganza contra los impedimentos que le ha puesto Cabezudo y el intento de asesinato de Miguel junto con su desprecio por la política a la mexicana.

Cualquier lector sensato pensaría que Juanito madurará con las experiencias vividas y aprovechará su natural inteligencia y capacidad de aprendizaje para ordenar su vida. Sin embargo, su mala situación económica, su ansia por Remedios, y su constante desprecio por todo aquello que no refleja las costumbres de San Martín de las Piedras --donde en la debida y menor proporción había visto que el mundo de ambiciones y conveniencias era semejante--, ofusca su capacidad de análisis. Juan incluso llega a afirmar que depende de la presencia de Remedios para ser un buen hombre, aunque conserva algunos pruritos.

Entre ellos está el deseo de sobresalir para ser valorado por Remedios, lo que lo inclina a cierta fatuidad y ansia de ser notado. Su mayor virtud es la honradez; sin embargo, no se ha convertido en un asesino solamente porque su torpeza lo ha impedido. Poco a poco en El cuarto poder descubrimos estas debilidades del alma de Quiñones.

El cuarto poder y Moneda falsa ocurren en la Ciudad de México. Juan ha llegado a una ciudad donde debe sobrevivir a base de préstamos y empeños. Se encuentra con dos viejos conocidos: Sabás Carrasco, su paisano de San Martín, convertido en gacetillero de un periódico, y con Pepe Rojo, que insiste en continuar sus estudios y en mantener una deferente distancia con el destello de oropel de la capital del país y su gente. Sabás convence a ambos de vender la pluma por un salario de cinco pesos en un diario gobiernista que se transformará, en poco tiempo en uno antigobiernista El Cuarto Poder.

Para Juan el periódico es su tabla de salvación: hacerse periodista le puede dar la fama que el necesita para llegar hasta la inalcanzable Remedios. Felicia, la joven sirvienta que él ha colocado con los Llamas --antiguos amigos de su padre en el terruño-- viven ahora en la capital, lo que lo mantiene al tanto del inminente arribo y residencia del diputado federal y general Mateo Cabezudo.

Mas Quiñones no para en celos y en vanidad. Le bastan un par de elogios para sentir que su pluma ha alcanzado la fama. Y si bien, lee y estudia en su afán de escribir correcta y ejemplarmente, su prosa sólo muestra una amargura y una hiel en constante aumento y grandilocuencia. Su reconocimiento llega, mas a la par de su capacidad de escándalo, desprecio y creciente amarillismo. Por cuestiones políticas y económica, El Cuarto poder, debe reconvertirse nuevamente en periódico gobiernista; aunque es tal el prestigio de Juan que a trasmano, Albores --el dueño del diario-- le ofrece patrocinar El Censor, que logrará un gran éxito gracias a la violencia verbal de Quiñones y un asociado: Claveque.

En tanto, el ascenso político de Cabezón --apoyado por un cabildero llamado Bueso-- es vertiginoso. El ahora General ha alcanzado el mayor grado y apunta para Ministro de la Guerra. Ha gastado una fortuna promoviéndose en la prensa, en sociedad, en las relaciones políticas. Y si bien en ocasiones Juan avista a Remedios o mantiene noticia de ella por Felicia, la cree inalcanzable porque es ahora una dama de coche, joyas, vestidos e invitaciones de sociedad. En secreta venganza Juanito enamora a una vecina de la casa de huéspedes, Jacinta Barbadillo, a quien incluso llega a prometer matrimonio.

El cuarto poder finaliza con una escena donde Felicia consigue que Remedios se entreviste con Juan, y caiga éste en la cuenta de que su pasión por la Barbadillo es insana. Pero una siguiente entrevista es interrumpida por Jacinta. Ella relata sus amoríos con Quiñones. Remedios desfallece. Y Juan sabe que la ha perdido.

Será Pepe Rojo, al inicio de Moneda Falsa, quien le pida cordura a Quiñones, lo cual es difícil cuando este se deja llevar tan fácilmente por la cólera y la adulación en la que vive envuelto. Ha logrado que la circulación de El Censor vaya en constante aumento. El abandono de Remedios lo ha hundido en una total misantropía y en una pérdida casi absoluta de sus principios. Vive para odiar, para lamentarse del infortunio amoroso en su interior y para dejarse perder en ocasiones por el alcohol, el baile y los escarceos con fáciles conquistas. Poco tiene que ver este personaje con el soñador de La bola.

Rabasa da una lección cuyas enseñanzas permanecen: la opinión pública, así como los tres poderes establecen su propia dialéctica: gobierno y desgobierno. Una falla en el equilibrio de este juego rompe el orden social. Los gacetilleros tienen que venderse: callar o escribir. Los políticos establecer acuerdos: como mantenerese a resguardo del tiroteo de los gacetilleros: robar para ser chantajeados. El pueblo gusta del circo, de otro modo organiza una rebatinga donde el juego se organiza. El engranaje debe funcionar a la perfección. Es un juego de apuestas piramidales.

Puede haber en la tetralogía de Rabasa cierta ingenuidad técnica; hay --ciertamente-- huecos en la estructura conforme a la exigencia de un moderno lector. La anécdota es impecable pese a ciertas repeticiones de las circunstancias: retos, juergas, tránsitos nocturnos; escenas meramente costumbristas para una ambientación débil; atmósferas donde el cliché --sea de emociones o de descripciones-- debilita la tensión narrativa; cierto abuso de escenas de encuentros y desencuentros algunas teatrales, otras afortunadas. Más la historia de Juan es una muestra de una situación endémica de las enfermedades de la República: son los audaces y sisn principios los que aprovechándose del fácil olvido, del egocentrismo de cada una de las ovejas de la borregada medran.

Juan y su periódico son útiles hasta un momento límite: cuando la franca disputa que tiene en las páginas de El Censor con Cabezón llevan al joven enamorado a su propia pérdida: Cabezón ha gastado su fortuna pagando su publicidad para el puesto que anhela y desmintiendo las historias que Quiñones publica contra él o manipulando a Claveque y comprándolo. Los antagonistas quedan anulados en este duelo de vanidades: el poder y la fama, ambición de cada uno de ellos, les son ajenos.

En perspectiva hay una pérdida adicional para Juan: Cabezón ha pedido la mano de Felicia y ella ha aceptado. En el colmo de la autocompasión, y como cima de su vocación autodestructiva Quiñones promete robarse a Jacinta. Durante los preparativos comprende que tanto Claveque como otros de sus colegas lo han traicionado: se han vendido y manipulan la verdad. Pero en su obcecación está dispuesto a enlodarse por completo. La noche del rapto de Jacinta, Felicia lo detiene a voces: Remedios agoniza. Quiñones recapacita y abandona a la Barbadillo por ir a despedir el alma de Remedios.

Los últimos capítulos de Moneda falsa son un homenaje a la redención por el amor. Pocos de los personajes la merecían. Sin embargo, lo mejor de ellos mismos sale a flote durante la agonía de Remedios y el final desenlace. Rabasa resuelve con pulcritud la obra.

Para la mirada soberbia de un lector del siglo XXI la historia puede parecer un libro inocente o prescindible. Para quien deseé comprender muchas motivaciones de nuestro caracter y comportamiento, los cuatro volúmenes de esta obra seguirán siendo un documento valioso, perdurable y lleno de matices abiertos a numerosas reflexiones.





jueves, marzo 16, 2006

Jaime Augusto Shelley. Patria prometida / Patrie promise

Por dentro y por fuera. Apostillas a un prólogo o un epílogo fuera de tiempo


¿DóNDE LA INTERIORIDAD, dónde la música, dónde el camino de un poeta abandona la placidez de los valles y las planicies para ascender a la cúspide de las montañas? ¿Dónde queda solo y se muestra tal cual es? ¿Cómo saberlo? ¿Cuál es el camino?

Como la música, la poesía implica un acercamiento progresivo, reiterado al lenguaje de cada poeta. Una primera aproximación no basta.

Apenas muestra. Difícilmente se percibe la naturaleza de su revelación.

Pronto se cumplirán diez años de mi primera lectura de Patria prometida de Jaime Augusto Shelley donde, tras un silencio de años, hacía una jornada por ciudades y gente. Percepciones de aliento bíblico que miraban el mundo en su intensidad sorprendente, en sus vórtices fatales: nodos donde la humanidad apuesta por lo mejor de sí misma y por su destrucción. Bitácora de tiempos de cambio, cuyos más puros instantes pueden resumirse en un par de versos al momento de encontrar un remanso:

y he llegado en paz
a donde no iba.

Aquella visión que mucho recuerda la del Moisés que agoniza en la contemplación del destino pactado con Jehová para su pueblo, apareció en la colección Margen de poesía de la UAM, y meses después tuvo una edición de la Dirección General de Publicaciones de Conaculta donde nuevos poemas agregaban otra dimensión al libro. La reciente aparición (2005) del volumen, ahora en edición bilingüe, español-francés, publicado en coedición entre la UNAM y Écrits des Forges permite una nueva lectura de la obra, cuya estructura y concepción, tanto en la arquitectura del verso como en la intención de la poesía son excepcionales.

Shelley en Manzanillo, Col. 1er encuentro Trois Riviéres - MéxicoBreves han sido mis comentarios a "Por dentro y por fuera", esa serie de 12 poemas donde J.A. Shelley da respuestas a preguntas como las que motivan esta reflexión. Previas lecturas de esta parte de Patria prometida y el ordenamiento del libro parecieran confirmar la intención de Shelley por no perder de vista en la existencia, en la vida el papel del hombre, tanto como un ser de sensibilidad e inteligencia, así como un sujeto responsable ante la polis.

Sin embargo, en la relectura de estos doce poemas, al observar con mayor detalle la construcción de los poemas de numeración romana (I-X) se nota una distinta concepción de la serie, que contrasta con la versificación y estructura que plantea el poema más largo del conjunto: "Bolívar", para terminar con "Falta una palabra".

El poeta de "Por dentro y por fuera" complementa al de la parte inicial, el de "Desnudo con guitarra", en su naturaleza: este es el hombre rebelde, el héroe trágico, de ejemplar voluntad e intención, que debe enfrentar su circunstancia:

Sangre en un cuaderno,
su otra edad mordiendo signos.
La hora ha llegado.
Comienza loca cacería
de ubres celestiales.
Y en el cielo,
algo que se venía barruntando:
da a luz a su creatura el miedo.
("Desdía")

Podrá vencer o ser derrotado por el fatal acontecimiento, pero jamás permanecerá impasible ante él y sus consecuencias. Y para conocer, para detallar la geografía de sus combates emprende un largo camino por las ciudades en la búsqueda de su ideal, la patria prometida, mas su comprensión cabal de los hechos será casi al término de su viaje, cuando la respuesta a su pregunta la formule en su diálogo con Bolívar:

Inútil por ello un canto que deplore tu muerte.
Algo de ti, vertiginoso,
ceñirá la espada y clamará, de nuevo,
campana vibrante, de lado a lado [ . . . ]

Esta suerte de eterno retorno, donde al final "Falta una palabra" responde a un ciclo natural. El ciclo abre y cierra para recomenzar a la manera de la manera de la naturaleza en un canto que recuerda el tránsito de las cosas del mundo en un tono dulce, antiguo, como si el diálogo se refiriera a aquel pie de Garcilaso: "Salid sin duelo, lágrimas, corriendo"donde "El pirú", ese árbol de hojas y frutos magros y presencia inmensa, triste, es imagen de la infancia y del principio:

El pirú florecía por todas partes.
Árbol de siempre, árbol de pobres,
sustento diario de pájaros que ya murieron
o andan por las calles, mendigando.

Mas el hombre, el poeta sabe que su tiempo es único. "Luz, más luz", murmura en baja voz cuando percibe que se aproxima la hora; nunca su obra está completa, y hay tanto por hacer. "Silencio vibrante", "Verbo sonoro", clama.

Falta, en el desorden,
una palabra.
Falta una voz, y otra; y otra más,
en el valle de la muerte,
en la estación de los sofocos
rezumados por el fuego y la sombra.

"Venimos al mundo llorando, de él partimos llorando", afirma Shakespeare, y esa comprensión, ese conocimiento o estafeta son su sabiduría y experiencia, precisamente. El hombre enunciado por Shelley aspira más a la justicia que a la felicidad, cuando contempla su interior descubrimos que "ceniza en andrajos aterida" es su conciencia cuando sola se percibe. Poco dulce es la humanidad y su esperanza:

Algo ha de suceder
o dejar de,
con una misma, aterradora imprecisión.

Y si bien el pensamiento puede alcanzar una casi instantánea simultaneidad de su ser pleno, esta visión tanto de lo acontececido como del momento o del que sucederá no permiten mayor certeza que una constante cadena de ultrajes.

Creen algunos sin igual
el pasado
porque su pureza
se ha perdido y el futuro
no propone segura recompensa
por ácidos agravios.

Lo sabe así el hombre rebelde, de modo que formula su único credo:

somos,
allí donde no hay
número, orden ni regla inexorable,
augurio.

Restallar de espíritu,
libertad.

En tanto algunos buscan la seguridad, el olvido amoroso, el goce de los bienes terrenales, el poeta marca su distancia de las distracciones del mundo, las que obnubilan la mente, las que corrompen el mundo. "Descarquiño sueños", asegura, y penetra por opuestas vías a su quehacer en la tierra. Se sabe incomprendido incluso por quien --marmórea-- contempla su hacer:

Si muevo un brazo o una pierna
en dirección al futuro,
con sobresalto, desde tu dulce rostro
calcáreo, en el repullo desasosegado,
torvo, del día, dices: no.

Mas el amor verdadero, "el que monta el alma", como afirmó Rimbaud, es parte de su naturaleza y destino. Lo vive y acepta pese a las diferencias individuales, porque las decisiones son personales. El amor tiene su propio tiempo y presencia, en un espacio ajeno al de las cosas. No es un obstáculo, sino una marca, referencia para la visión del poeta. No se trata, comprendemos, de un juego narcísico de identidades, sino una distinción de las conciencias, de los asumidos destinos. Pero que no castre, que no frene, ni detenga. El amor, como lo muestra Shelley, no es pasión-impulso, sino conciencia.

Echarse en el césped,
propiciar que el rumor no cese
ni por un instante;
que cuanto es, crezca;
haga, también de nosotros, algo diverso
en otredad.

Porque hay una enseñanza a través del amor. Unirse, fundirse, no es una dilución en el caos, sino el orden del conocimiento, una espiral hacia la comprensión de las cosas rumbo a un acontecer más armonioso.

Queda tan poco,
que si pudieras, en un vivo esfuerzo
ser, nada más por un instante, amorosa,
algo sobrevendría

El poeta sabe que la esperanza quedó hace mucho atrapada en la caja de Pandora, y sabe que en tal medida están las provincias de su heredad. A Prometeo toca devolver el fuego. Al demiurgo, al creador, despertar todos los días la energía de los hombres en el afán de vencer todo aquello que nos hace siervos o esclavos. Shelley así lo asume y así lo expresa. Con la imagen del árbol que evocó al principio. Con la enunciación de la palabra que falta, la que está por decirse, la que es de todo lector cabal: la de todo hombre que se asume en la plenitud del término.

Shelley, Jaime Augusto. Patria prometida / Patrie promise. Prólogos de Alí Chumacero y Bernardo Ruiz. Trad. Nicole et Émile Martel. UNAM- Écrits des Forges. Québec. 2005, 128 pp. ISBN 2-89046-949-2 / 970-32-2598-5

miércoles, marzo 08, 2006

Time present and time past...




...una madrugada, nuevamente era febrero, después de horas y horas de explicaciones y recuerdos con Marcela, tras beber Sichel y Castillo de Tiebas y dejarnos ir con el calor del vino y los argumentos hasta el deseo, y del deseo hasta la mutua posesión (o entrega) y el placer; después del adiós cariñoso, de buenos amigos que se extrañan y recuerdan; hundido en el cansancio, a través del esmog y la neblina; reconfortado por el recuerdo del goce y las palabras, en la memoria la persistencia de los ojos relucientes de Marcela --en la penumbra-- alrededor del par de velas, la añorada piel que florece entre las manos, los agitados senderos de la respiración confundida, la marea de los cuerpos, los otros límites, tranquilos, sin tiempo, como la intuición de la eternidad, y el amanecer, me permitieron la visión triunfal, única, del portaaviones majestuoso e implacable, con su casco dorado por el sol, con su figura orgullosa, solitaria, vigilando la ciudad: El Hotel de México, vacío.

Detuve el auto y me senté en una banca del parque de Nueva York y Alabama para contemplar la revelación de aquella estructura fantasmal, abandonada y perfecta, que rebasaba los sueños de su creador con una belleza ajena a la de millones de testigos de esa humana fábrica. Imaginé un hombre durmiendo cada noche en una habitación distinta, sin agotarlas en el plazo de dos años; imaginé los horrores nocturnos de sus vigilantes y el silencio de sus pasillos y los ecos en el cubo de los elevadores a las tres de la mañana, cuando las ratas y las alimañas más ocultas juegan en sus más secretos ductos. No pude agotar las combinaciones de las cerraduras de las puertas ni vislumbrar la historia que detallará los acontecimientos sórdidos y luminosos que habrán de cumplirse en esa caja de sorpresas. ¿Cuál y cuál virtud y vicio ocurrirán a un tiempo, en cuartos contiguos, entre el piso de un nivel y otro?

Fragmento de Los caminos del Hotel. B. Ruiz, circa 1985.

Ah, imprevisibles las vueltas de la rueda del tiempo.

Conforme los años pasan



Hace 21 años tuve mi primera computadora. La frase más común a la hora de comenzar a escribir un programa era "Hello, world", como si el mundo estuviera conectado a una pantalla.

Hace diez, doce años cuando alguien se conectaba no tenía idea de lo que era estar en línea. ¿Cómo sé que estoy en Internet?, preguntaban quienes no tenían idea de lo que era un protocolo de comunicación.

Hoy con toda la parafernalia existente pareciera que la gente sólo quiere decir una cosa: "¡Mira, mamá, estoy en Internet!".

viernes, marzo 03, 2006

Historia corsaria


Como miembro de la SOGEM, la Sociedad General de Escritores de México, parte de mi labor como miembro del Consejo Directivo está la defensa de los derechos de autor. SOGEM atiende mensualmente decenas de quejas de autores cuyos derechos no son reconocidos, o a quienes se les plagia. Son usuales las quejas contra las editoriales, en particular las que metódicamente fingen un desconocimiento de la ley que nos protege. Selector, Ediciones Castillo o Editorial Coyoacán sistemáticamente acostumbran infringir este derecho.

El diario La Crónica de México tiene fama de no pagar a sus colaboradores, varios escritores me han comentado que dejaron de escribir ahí porque "les hacían el favor de publicarlos".

Y bien, que La Crónica postule su derecho a la esclavitud es una cosa, pero que no dé el crédito adecuado a los autores describe sin adjetivos su naturaleza.

Su edición de hoy me permite poner un ejemplo visible: sin dar crédito a esta página utilizan una de sus fotografías, la de Vicente Quirarte a punto de pedir una cerveza en el Rioja. Ahora cada vez que publiquen un texto respecto al combate de la piratería, los imaginaré gritando: "Al ladrón, al ladrón".

miércoles, marzo 01, 2006

Verdades de la Red


Acostumbro leer diversas bitácoras electrónicas. La mayoría son para mentir: en todas está una promesa, un principio: seré asiduo, escribiré con regularidad. Quizá la pasión por sus obras completas sea una verdad. Sin embargo, casi todo proyecto donde la regularidad se conserve no es usual. Quizá la gente se aburre de sí misma.

Por otro lado: abundan quienes piensan que escribir les quitará su tedio. También mienten. Y quienes tras tres o cuatro visitas a su espacio han repetido hasta el cansancio que nada les gusta, atrae o satisface. Y los simpáticos, que coleccionan humoradas propias o ajenas. En contraste, los fotógrafos tienen una continuidad y permanencia que no tienen quienes pretenden llevar un diario o una crónica por escrito de su vida.

miércoles, enero 18, 2006

Sancho Polo

EMILIO Rabasa (Ocosutla, Chis., 1856, Chiapas - México, D.F., 1930), firmó en 1887 bajo el seudónimo de Sancho Polo una novela que ocupó originalmente cuatro volúmenes: La bola a la que complementan La gran ciencia, El cuarto poder y Moneda falsa. Emanuel Carballo lo califica de autor ocasional en el prólogo que hace a La guerra de tres años, a la que consigna como su obra maestra.

"A 150 años de distancia del nacimiento del autor de esta tetralogía, sorprende su novedad y frescura: hace tiempo que no leía autores mexicanos del XIX y me lo reclamo, la propaganda de que nuestras letras gozan cabalmente de perfecta salud a veces nos distrae en extremo de lo mejor de nuestro pasado.

A la vez, he hecho un recuento entre mis conocidos acerca de quién lo ha leído o recuerda y pocos son --incluso de mis colegas de la Escuela de Letras quienes saben hoy de su existencia. Sin embargo, su nombre era repesentativo del realismo mexicano, con virtudes semejantes a las de Pérez Galdós en el temario de literatura mexicana durante la preparatoria donde al menos se bosquejaba el argumento de La bola. Y todavía durante los 70 estaba en el catálogo de Porrúa una edición corregida de la reedición original de 1948.

Rabasa es un hábil narrador y deja en el lector contemporáneo una certeza: este país no ha cambiado pese a todas las frases de cambio que se tejen alrededor de él. Tanto la vida de la capital del país como la de sus poblados está vista a través de los ojos de su joven portagonista, quien atestigua el camaleonismo de los políticos de su época, el constante sucederse de situaciones que rebasan toda legalidad y la aceptación de facto de cada acto de poder con la complacencia del pueblo y el lamento eventual de la opinión pública.

Ahora como entonces los juegos a trasmano, los discursos donde aparecen las palabras conciencia, pueblo, libertad, justicia, fuerza de la razón, democracia continúan siendo la materia prima de circunstancias donde algunos hombres tratan de actuar con rectitud y en pro del bien común, aunque pronto comprenden que "... el cabello, la vista y la vergüenza se pierden con la edad" entre nuestros conciudadanos.

La obra posee adicionalmente un fino sentido del humor, en ocasiones, al tono de la obra. "Nuestro pueblo está cansado, esto no puede durar", se afirma en una conversación de terratenientes. Y el protagonista se responde: 'sí siempre parece cansado, y siempre creemos que esto no va a durar'.

La peripecia del amor filial y el amor de la pareja se contraponen a la ambición y a la violencia que se manejan durante la bola, movimiento al que se define al final del tomo como el intento de revolución que hacen los ignorantes y castigo inevitable de los pueblos atrasados. Cuando en cambio una revolución es vista como hija del pgrogreso del mundo "y ley ineludible de la humanidad".

Diversos caracteres surgen en esta obra trazados con claridad: el padre Marujo, Mateo Cabezudo, el meloso Cañas siempre metamórfico y predecesor indiscutible del gatopardismo a la mexicana. Y aprovecha los arquetipos de la madre viuda y la bella huérfana amada (Remedios) para que su historia social sobresalga sobre los motivos del individuo. Juan Quiñones, su joven protagonista, cumplirá el rito de paso del joven maduro que se despoja del adolescente hasta el hombre que ha enfrentado por sus convicciones a la sociedad.

Rabasa ha sido alumno del Dumas de Los tres mosqueteros y registra en su obra con orgullo quienes han sido los autores que le han dejado huella. Y asombra que haya intuido claramente lo que hoy se afirma como novedad dentro de la globalización: no hay países ricos o pobres; hay sociedades hábiles, ingeniosas, listas, inteligentes o inventivas. En estas últimas está la posibilidad de llegar más lejos en la historia del mundo de hoy.

En un mes es sencillo terminar la lectura de Rabasa, lo que hará de ese mes un periodo inolvidable para quien decida descubrirlo.




miércoles, mayo 04, 2005

Perspectiva

El verdadero hombre de mundo fue un muchacho de la calle.

viernes, abril 15, 2005

De creadores y diccionarios

Estábamos en el segundo semestre de la carrera de Letras en la UNAM cuando Huberto Bátis comentó en su curso de "Metodología de la literatura . . .", allá por 1971, algunas de las costumbres de Ernesto Mejía Sánchez, uno de los grandes maestros e investigadores que tuvo esta Facultad. Apasionado de los claroscuros, no se ocupó mucho Huberto de elogiar la paciente labor de Mejía Sánchez por cuidar y ser el editor de la obra de Alfonso Reyes, sino del pésimo genio --sin duda ejemplar para Huberto-- y de la obsesión bibliográfica de Mejía Sánchez por coleccionar obsesivamente diccionarios de toda clase. Citaba a Mejía Sánchez y su elogio de los diccionarios como instrumentos imprescindibles para descifrar todos aquellos recodos del conocimiento que nos son --de otro modo-- inaccesibles.

Y gustaba Bátis a la vez comentar del esfuerzo de Diderot para organizar su enciclopedia, y anécdotas del doctor Johnson que entresacó de la entretenida crónica de Boswell; describió, asimismo, la afición de Borges por buscar la inspiración en mamotretos de peso completo; y la importancia para un lector en busca de una formación acorde a su época de comenzar no importaba dónde pero siguiendo conforme a su inteligencia ("que sirve para hacer uniones y ligas entre los objetos") un ciclo íntimo que conducía en largo periplo a entramar la relación de las entidades que pueblan el universo, y comprender que cada quien construye su brújula en la geografía inmensa del conocimiento con libros que nos conducen a otros y a subsecuentes en un viaje fascinante, propio e inédito en la experiencia humana.

No sé si aquel curso derivó alguna vez en la reflexión respecto a la necesidad de que toda civilización y cultura se distinga por su minucioso inventario del universo, mas era una obvia consecuencia. Y un reto.

Asombraba entonces --más que ahora--, el desconocimiento que teníamos de nosotros mismos: ¿existía un libro que nos refiriera a la manera del Oxford Classical Dictionary los personajes de la teogonía de los mexicanos y los personajes históricos de los códices diversos? ¿Poseíamos una enciclopedia de las aves, insectos y animales que habitan nuestro territorio? Bueno, siquiera un listado de los personajes de Juan Ruiz de Alarcón que nos refiriera la obra y papel que les corresponde? ¿Nos preocupaba algo de eso? Fueron preguntas que nos formuló Bátis.

A las nuevas generaciones, aquel país suena contiguo al de la Revolución o al de las invasiones norteamericanas, sin duda. El concepto "bases de datos" no era usual y nadie para sobrevivir por los lares de Humanidades necesitaba comprender más allá de la palabra sumadora, (porque las calculadoras eran para ingenieros y no se conseguían ni en Sanborns ni en los puestos de las esquinas; y las computadoras sólo estaban en los bancos y en las áreas científicas).

Para investigar se utilizaban tarjetas blancas, chicas o medianas (un cuarto o media carta), tarjeteros, libros y una máquina de escribir Rémington u Olivetti. (Las IBM eléctricas --de bolita-- llegaron tiempo después). Los libros de historia de la literatura terminaban en Agustín Yáñez, si bien le iba, y términos como "los Contemporáneos" o "los de Taller" eran para exquisitos o iniciados.

Sin embargo, corría por los murmuraderos de la facultad la leyenda de los investigadores del Centro de Estudios Literarios y una versión ad hoc de su origen que estoy seguro no es verídica, salpicada de digresiones respecto a una mítica montaña de hielo de Antonio Alatorre (su cúmulo de tarjetas) y el fichero de Alfonso Reyes, que contravenían los argumentos de que la investigación literaria no existía en México. Varios iniciados afirmaban haber contemplado el mundo de citas de Ana Elena Díaz Alejo, Aurora Maura Ocampo y Ernesto Prada. «Ahí están, fichando y anotando. No paran», se decía.

Resultado de ello fue una primera versión del Diccionario de Escritores Mexicanos que nos ahorraba la búsqueda de bibliografía y hemerografía para los trabajos de la materia o para ver quién había escrito sobre qué y, al menos, no desbarrar demasiado al intentar hacer una reseña o una crítica; y, para la salud curricular de los de Letras Iberoamericanas, descubrimos después con asombro unos cuadernos con lo primordial de los autores iberoamericanos, básicos para comenzar una tesis o una tesina. Éstos fueron trabajo adicional de Aurora Ocampo.

Ahora bien, el trabajo no terminó ahí; ciertamente fue la piedra angular de diversas paráfrasis y vertientes: la Enciclopedia de México, el minidiccionario de escritores de Josefina Vázquez publicado por el INBA y el Diccionario de Mussaccio, por lo menos. Ya que después, mucho después se comprendió la utilidad del trabajo: llegó incluso a darse una serie de diccionarios respecto a la trayectoria burocrática de funcionarios y políticos, verdaderamente curiosas.

A la par, el Diccionario de escritores mexicanos tuvo una nueva concepción, con miras al fin del milenio: detallar el espectro de la literatura del siglo XX. Esa fue la siguiente fase de una obra bajo la total responsabilidad y experiencia de Aurora Maura Ocampo que con la aparción de la letra R, en su séptimo volumen, anuncia ya la inminente conclusión de esta labor para adaptarse, en natural evolución a las necesidades del siglo XXI.

¿Cuál es el efecto de una obra en su momento? ¿Cómo varía cronológicamente el punto de vista respecto a un libro o un escritor? ¿Cómo se abre paso o extingue la reflexión y alcance de un título o de un autor? ¿Cómo se entraman las influencias e intertextualidades? Sólo un registro minucioso de tal acontecer puede aclarar esa perspectiva. ¿Cómo si no, por ejemplo, podría hacerse una trayectoria de la influencia de Rulfo desde antes que fuera becario del Centro Mexicano de Escritores hasta la fecha? El punto de partida necesario para formular una respuesta está en el Diccionario de escritores; es un ensayo simple de enunciar, mas complejo e intrincado en cuanto al esfuerzo que implica elaborarlo.

O lucubremos respecto a un tema menos común, ¿de qué manera se puede comprender la valoración de Francisco Tario después de su reservada vida y velado reconocimiento, hasta el interés y fascinación que despierta en los lectores actuales? Y en sentido inverso: ¿a qué motivo se puede adjudicar la escasa atención que se presta a una obra monumental como la de Max Aub? ¿O cómo la publicación de la obra completa de Julio Torri favoreció su difusión y permanencia a través de la afinidad que se le reconoce con Schwob o Arreola?

Se afirma, desde que tengo memoria, que la crítica no existe en México. No conozco escritor que no levante la ceja cuando se habla de la crítica; mas ésta no se aprecia cuando proviene de la academia o cuando no va dirigida al interfecto con los suficientes superlativos consagratorios. Nada hay más patético y divertido que el recién publicado autor que al día siguiente de su presentación o lanzamiento de su libro espera ver su nombre en la lista de ingreso a la Academia o en letras de oro en el Congreso.

Afortunadamente ese deseo nunca en vida se ha visto satisfecho. Ni la crítica ni la literatura ni su historia se construyen ni estudian con ese fin. Con frecuencia exagerada se olvida que es la multiplicidad de autores de una nación y los avecindados en ella el auténtico acervo y fuerza de una literatura; donde vale bien que se destaquen ciertas constantes estilísticas de algún autor sumamente representativo. Por ello el Diccionario de escritores mexicanos del siglo XX procedió con un criterio refinado. Puso como condición mínima la escritura de al menos dos títulos en cualquiera de sus géneros. Y reconoció la multiplicación de autores que participaron en la construcción de ese panorama inédito en nuestra historia.

Con ello se sigue, de manera implícita, que una obra es un proceso de acumulación; y que así como la obra necesita tiempo para su incubación y desarrollo, la crítica requiere de un proceso análogo de reflexión, comparación y valoración más allá de presiones temporales o de criterios de mercado o de una vuelta de tuerca meramente anecdótica; necesita de contexto al cual referirse y evaluar las propuestas que hacen de una obra un texto clásico contemporáneo conforme a definidos --que no necesariamente universales-- cánones.

Esta labor, por hacerse todavía, es para las generaciones presentes y por venir. Las diversas generaciones que han dedicado su trabajo --o en el caso de la maestra Ocampo, su vida-- al censo de nuestra literatura moderna y contemporánea han sentado las bases de un conocimiento que debemos profundizar.

La perspectiva a futuro del diccionario se construye ya con técnicas modernas que facilitarán su acopio y actualización que, a la vez, requieren la adopción de nuevas habilidades para la investigación y catalogación electrónica. Este es un trabajo que jamás termina, ciertamente.

Tenemos en las manos uno de los volúmenes finales de la última versión impresa del Diccionario de escritores mexicanos del siglo XX. Aplaudamos con generosidad y respeto su publicación, producto ejemplar de la investigación humanística de nuestra Universidad; fruto de una labor y esfuerzo de años, maestra Ocampo; que no sólo satisface las necesidades del claustro, sino es fiel muestra de una grandeza que nos pertenece: testimonio de la capacidad creativa e intelectual de una nación que tiene en la alta sensibilidad, y en la palabra ejemplar la cotidiana demostración de que por nuestra raza habla el espíritu.
Muchas gracias.
Texto leído en el aula magna de la
Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM, México, abril 6 de 2005


Ana Mari Gomís con Aurora M. Ocampo Posted by Hello

lunes, febrero 28, 2005

Cardarelli, Saba, Ungaretti y Quasimodo en nueva traducción

Antología de poetas italianos del siglo XX
UMBERTO SABA, VINCENZO CARDARELLI, GIUSEPPE UNGARETTI, SALVATORE QUASIMODO.
Traducciones de Marco Antonio Campos, epílogo de Stefano Strazzabosco.
UNAM Difusión cultural, México, 2004 (Col. El puente)


Hay un serio problema con los poetas muertos. Traducirlos.

Comentaba Rubén Bonifaz Nuño alguna vez respecto a lo imposible que es para el lector de una traducción de Horacio comprenderlo cuando el traductor ha soslayado la traducción rítmica de sus versos. «Horacio es sobre todo música; quien se la quite, mata al poeta», concluía. Así son de explícitos los comentarios de Bonifaz respecto a la traducción literaria.

Atento alumno de Bonifaz a lo largo de más de veinte años, ha sido Marco Antonio Campos, quien a lo largo de su vida se ha dedicado a traducir con singular tenacidad y oficio a diversos poetas (no sólo italianos; sino franceses y alemanes también). Los ha traducido bien. Sin embargo su perfeccionismo y su amor a la poesía lo han llevado en diversas ocasiones a volver sobre anteriores versiones y revisarlas, reconstruirlas, reintentarlas.

Campos es, en efecto, un traductor generoso: gusta de compartir la poesía que él disfrutó en otras lenguas y, en particular, prefiere difundir a aquéllos escritores de quienes más ha aprendido y respeta; porque, sabemos bien: traducir es la manera óptima de rendir homenaje a autores que reconocemos como universales.

A diferencia de quienes prefieren considerarse los supuestos propietarios de un autor y desdeñan la crítica o el consejo, M.A. Campos investiga a un poeta, coteja, evalúa versiones, comentarios, opiniones y experiencias de otros traductores y lectores. Sus estancias en Francia, Italia, Quebec, o Austria las ha dedicado al estudio del uso de las lenguas, su relación con hábitos y giros propios del lugar y, en la medida de lo posible, un conocimiento directo de las ciudades y sitios relacionados con los poetas que ocupan su atención. Ello, sin embargo, no se manifiesta jamás como erudición, sino en un intento sincero por comprender los mecanismos íntimos de la creación de un autor con base en el mundo que lo rodeó.

Acierto adicional en la labor de MAC es la distancia y el respeto que tiene por la posición política o religiosa de un autor, como pudiera darse, concretamente, en el caso de Ungaretti y su estrecha relación con Mussolini, actitud que Campos desdeña sin que esto afecte la relación estética. En tal sentido, si se considera el volumen del trabajo dedicado a la poesía de Ungaretti en este tomo, se observará que más de la mitad del libro se dedica a la traducción de los trabajos de Ungaretti.


Ya iniciados en la discusión acerca de los autores incluidos en esta selección, cabe referirse a la temática de la compilación hecha por Campos de la obra de Saba, Cardarelli y Quasimodo. Si bien cada uno de ellos es distinto, comparten el dolor de los acontecimientos de la guerra y ser testigos de la devastación de un país y de su gente. En tal medida, son poetas que nos ofrecen sus heridas más profundas con una reiterada enseñanza: la fugacidad de la vida y la certeza de la incomprensión humana.


Vidas devoradas por la injusticia y la jamás aceptada costumbre de la proximidad de la muerte, esta reunión de poetas es un carpe diem y un miserere que se alternan y confunden, ocasionalmente, en una lejana belleza percibida en el paisaje o bien en la imagen o la presencia de una mujer. Su sufrimiento tiene, en contraste, una madurez sublime aprendida o asimilada a partir del más exigente estoicismo, donde esta rebelde resignación ofrece la más depurada intensidad poética.

En el conjunto, comprendemos la riqueza de esta antología: nos encontramos ante una fuente de sabiduría profunda, producto de una meditada selección poética, tras una larga contemplación del sentido de cada poema. Por ello estremece a cada momento.
Por naturaleza, la poesía es un misil transcontinental: el lector de poesía no tiene la prisa del de la narrativa; no la necesita. El impacto poético es propiamente inmediato o a cortísimo plazo. Mas el avance en la lectura de estos poetas es particularmente lento. Tras una breve ráfaga inicial de tres o cuatro versos, el resto de sus poemas tienen otro ritmo, donde la idea necesita de un cambio de verso, para encabalgarse o contrastar las imágenes evocadas, con la excepción del verso de Quasimodo quien rara vez excede un promedio de seis o siete sílabas en sus versos.

Veamos uno o dos ejemplos de la traducción de cada poeta.

Encuentro al azar este poema de Umberto Saba, 1883-1957,(que me hubiera gustado fuera ?Avevo?):
Este año la ida de las golondrinas. . .
Este año la ida de las golondrinas
me oprimirá, en un pensamiento, el pecho.

Los estorninos harán un clamor alto
sobre los árboles, al reunirse
en la avenida Veinte de septiembre.
Al mal prolongado del invierno
sólo tendré aquí de compañeros
ese pensamiento, y en el tejado el pardo gorrión.

En mi soledad las golondrinas
faltarán; y el amor en mis días tardíos.

Comtrastémoslo ahora con Vicenzo Cardarelli (1887-1959):
Cruel adiós
Te conocí cruel en la separación.
Te vi partir
como el soldado que va a la muerte
sin piedad para el que queda.

No me dejaste ninguna esperanza.
No tenías, en aquel punto,
la fuerza para verme.
Después, nada de ti, salvo tu espectro,
asiduo compañero, tu silencio
pavoroso como un pozo sin fondo.
Y me ilusiona
que puedas amarme de nuevo.

Y no hago sino buscarte, no espero
sino tu vuelta,
para verte cambiada, desmemoriada,
con fastidio de mí que me atreveré a hacerte
un amoroso y vano desdén.

De Giuseppe Ungaretti (1888-1970), cito dos:
Eterno
Entre una flor que cortas y otra que das
la inexpresable nada


Despertares
Mariano, 29 de junio de 1916
Cada momento mío
lo he vivido
de nuevo
en una época honda
fuera de mí

Estoy distante con mi memoria
detrás de aquellas vidas perdidas

Me despierto en un baño
de cosas amadas habituales
sorprendido
y endulzado

Con los ojos atentos
recorro las nubes
que se desatan dulcemente
y me acuerdo
de algún amigo
muerto

Pero Dios, ¿qué es?

Y la criatura
aterrada
abre bien los ojos
y acoge
gotas de estrellas
y la llanura muda

Y se siente
recuperado

Este lacerado de Salvatore Quasimodo (1901-1968):
Acaso el corazón
Se hundirá el olor acre de los tilos
en la noche de la lluvia. Será vano
el tiempo de la dicha, su furia, ese
mordisco suyo de rayo que destruye.
Abierta queda apenas la indolencia,
el recuerdo de un gesto, de una sílaba.
pero como un vuelo lento de pájaros
entre vapores de niebla. Y aún esperas,
no sé qué cosa, mi extraviada; acaso
una hora que decida, que reclame
el principio o el fin: la misma suerte.
Aquí, negro, el humo de los incendios
reseca aún la garganta. Si puedes
olvida aquel sabor de azufre,
y el miedo. Las palabras nos cansan,
ascienden desde un agua lapidada;
acaso el corazón nos queda, acaso el corazón. . .

Cada uno de ellos es distinto y original, y magnífico. A cada uno de ellos lo sitúa Campos en su tiempo y lugar en un breve bosquejo biobibliográfico. Como beneficio adicional, al final del volumen se ofrece un ensayo de Stefano Strazzabosco que sitúa tanto a los poetas como a las principales corrientes de la poesía italiana del pasado siglo para quienes no somos especialistas en ella.

De modo que leamos con detenimiento estas más de 450 páginas de poesía, gocemos de la espléndida calidad un libro de tanto en su papel e impresión, como en su formato bilingüe y felicitemos a Marco Antonio Campos por esta labor que nos permite un nuevo acercamiento a estos espléndidos autores.



Hugo Gutierrez Vega, Laura Gonzalez Duran y Marco Antonio Campos en el FCE Posted by Hello

Comencemos con las moscas

Comencemos con las moscas
Moscas, niñas y otros muertos
Antología de cuento joven
Punto de partida, UNAM, México, 2004 (Antologías 1)


Comencemos por orden de aparición; comencemos por las moscas. Desde hace tiempo, las moscas y la literatura tienen una estrecha relación. Será que los muertos son clientes cotidianos en los territorios donde las letras tienen su creciente sede, o bien son una señal o un símbolo que periódicamente cabe introducir en un texto para recordarnos algo que está a punto de caer en el olvido.
Entre nosotros, en México, quienes notoriamente han subrayado la importancia de las moscas en la literatura son Tito Monterroso y Hugo Hiriart. Lo que en Monterroso es uso, en Hiriart se convierte en reflexión. Por ello debemos a Hiriart la paradójica y monumental frase: "De un lado el Apocalipsis de san Juan de Patmos, del otro el Elogio de la mosca de Luciano de Samosata. Entre estos dos extremos está toda la literatura.", frase con la que remonta a la literatura homérica la presencia de este insecto (Cfr. Hiriart, Hugo. Disertación sobre las telarañas, 1980), y de manera profética --como es uso cotidiano en el arte de las letras-- prevé este libro y sus alianzas secretas con el Apocalipsis.
Tal es el acierto de Carmina Estrada --su editora-- al titular Moscas, niñas y otros muertos esta reunión de autores recién avecindados en la república literaria con permiso para matar. Queda sin embargo para los críticos la dedicada tarea de distinguirlos y buscarles secretas afinidades, relaciones y parentescos con algunos otros de los más viejos vecinos; así como propiciar las rencillas que permitan sazonar la difícil relación que existe entre los asentados en las torres de marfil o en paraísos artificiales contra los más afines a las pandillas malditas, goliardas, o simplemente callejeras, entre otras muchas; a fin de comprobar cuál es su capacidad y resistencia.
Situación ésta que mucho halaga al espíritu de quienes gustan del espectáculo, pero circunstancia un tanto lejana aún; ya que por el momento sólo contemplamos, por así decirlo, la punta del iceberg. Para nuestra ventaja podemos leerlos ?escucharlos? sin prejuicio y comenzar a observar cómo han ido afilando sus armas.
Nada más injusto, entonces, que clavar la mirada en los breves trastabilleos que en algún momento de la lectura oculte el bosque. Toda obra primera es una marca a partir de la cual comprobaremos cuál es la evolución de una inteligencia, de una sensibilidad, de un estilo y la del cotidiano oficio por dominar el idioma; de manera que, quien explore las páginas de Moscas, niñas y otros muertos recuerde sencillamente que el proceso de maduración de un escritor depende de factores íntimos e irrepetibles. Lo demás, es no entender.
Seña distintiva de esta antología es el diverso origen de estos escritores en lazados por un tema afín: la muerte. Dependiendo de la edad del lector, la distancia temporal entre ellos (74-82) puede ser vista como una breve cuarteadura o una respetable grieta de edades. En cada uno de ellos es evidente la diversa formación que los precede y el resto de las semejanzas y diferencias son más bien para entretenimiento de las almas afines a la estadística. Sin embargo, encuentro en Buendía, Macedo, Piña Posas y Velázquez Betancourt una notable capacidad de imaginación y una aptitud narrativa, descriptiva poco usual.

¿Pero qué, de qué escriben?
En Maritza Buendía, (Zacatecas, Zac., 1974) destaca la obsesión por el erotismo y el trabajo de un estilo en vías de lo impecable. Su erotismo es resorte de situaciones: más el deseo y el comportamiento alrededor del deseo, que el amor. Buendía trabaja la sugerencia, se permite la descripción alrededor de la breve anécdota y disfruta las epifanías donde todo símbolo roza el dolor.
Esclavo del deseo, el hombre, en cualquiera de sus edades, cae en su propia trampa: es mero objeto para la mujer; no importa si el hombre se considera dueño de la situación, depende realmente de la fascinación que reside por naturaleza en la mujer e incluso sus victorias aparentes de dominación o posesión son muestra de torpeza e incapacidad. Todo acto masculino no hace sino confirmar la tesis de que el hombre es una mosca que se rebela contra la telaraña. Inalcanzable, impoluta, siempre, la mujer. El hombre, en la literatura de Buendía, es sólo un depredador sediento de belleza. La belleza es inalcanzable, por definición; y la mujer es la guardiana del secreto.

Humberto Macedo, (D.F. 1976), por su parte, muestra en _Nictofobia_ y en _El reto_ dos vertientes distintas: una de origen fantástico donde maneja la sugerencia y la atmósfera con particular cuidado. Gusta de hacer partícipe al lector de sus percepciones y no carece de particular cariño por sus personajes. Son seres útiles para la narración. Su mayor capacidad, en estos cuentos, están en la anatomía de la violencia: sea ésta física o del espíritu. Sus textos proponen con facilidad los conflictos humanos; pero sus personajes, solitarios, aislados o en busca de reconocimiento desconocen los caminos para sobrevivir.
No quiero decir con ello que Macedo no sepa dejarnos ver a sus personajes o los desconozca; por el contrario. Los visualizamos en sus limitaciones dolorosas, sean sensibles o inteligentes; pero no pueden escapar a destinos donde todas las vías pudieran estar abiertas, mas no las van a encontrar.
Su estilo es de aguafuerte, vigoroso, descarnado. Por momentos se permite el diálogo, sólo para demostrar que las frases, los comentarios de sus personajes los alejan de los demás: amplían la incomprensión y la distancia entre ellos, como imagen de un mundo donde las personas sobrevivirían más fácilmente en el silencio; entonces, tal vez, pudieran encontrar una salida.

Son inevitables las afinidades y las debilidades para el alma humana. Y de algún modo son regla en la lectura o en la apreciación de cualquier arte o humana fábrica. En tal sentido comparto con
Gerardo Piña, (D.F. 1975), el placer de las paradojas y las digresiones que marca la lectura placentera de Borges o de Arreola, de la filosofía de occidente o el mero juego de las consecuencias de una trama concebida como una partida de ajedrez. En tal sentido, sus relatos muestran una diferencia de tono con el resto de sus compañeros de volumen: _Cuatro minutos_, _El gato de Schrödinger_ y _La erosión de tinta_ propiciarán que sus textos sean vistos o como "muy intelectuales" o divertidísimos y que se le quieran pedir peras al olmo.
Tiene como ventaja su capacidad de exploración de temas y ambientes poco usuales en la literatura mexicana, lo cual diferencia su voz entre las del coro; ya que le gusta correr riesgos por senderos propios de otras literaturas.

No es muy distinto el caso de Abril Posas, (Guadalajara, 1982), quien arriesga una sola historia en este volumen. historia de cuyo desarrollo fui afortunado testigo: _Napalm_ es un relato que puede ocurrir en cualquier lugar, en cualquier momento o está sucediendo ahora en diversos sitios. Sus aciertos, más allá del desarrollo del tema, los encuentro en la sucesión de atmósferas y en la progresiva incorporación de personajes y de situaciones; donde más que recurrir a una narrativa tradicional, Posas conjuga y evoca en un continuo espacio-tiempo presencias y sensaciones propias de otras percepciones. La simultaneidad del hecho durante la lectura de la historia propicia un mantenido horror que breves imágenes o insinuaciones acentúan con la anestesiada lucidez con que alguien podría contemplar su propia autopsia.

Las narraciones de Diego Velázquez Betancourt cierran el volumen. Velázquez Betancourt afirma haber nacido en Puebla, en 1978, su humor y su obra, sin embargo, parecieran más bien los de un defeño contemporáneo en virtud del tono y empatía que muestra ante las catástrofes megaurbanas. Un toque ligeramente gótico nimba de elegancia su estilo, donde la ironía sugerida o evidente marcan el ritmo de la narración. Sus lectores aplaudirán su capacidad para dar una vuelta de tuerca a situaciones y temas propios del lugar común para llevarlos con perfección dramática o cinematográfica a un desenlace preciso. _Los espejos_ es un ejemplo de ello.
_Las moscas_ es el relato que debió cerrar el ordenamiento de sus textos; precisamente porque era inevitable escapar del tema, del protagonista y de su desmedida autoestima y de la implacable interferencia de sus peculiares vecinos y compañeros de trabajo.

En contraste, _Hombre muerto_ y su peculiar resignación es una historia que desborda hallazgos temáticos y literarios, e incluso se aparta ejemplarmente del tono y recursos que los autores mexicanos más destacados de la ficción en México habían logrado. Ya antologado, seguirá siendo texto favorito de futuras antologías.

En síntesis, se descubre, lo que podría ser materia prima, se descubre al final del viaje, es un reconfortante volumen de cuentos muy bien contados. Los jóvenes narradores han cumplido con responsabilidad y acierto sobresaliente su labor.
No se reconocerá de inmediato, pero es cuestión de dar tiempo al tiempo.

¿Camina uno entre muertos y entre fosas tras la lectura de Moscas, niñas y otros muertos? No lo siento así. Un joven escritor, un joven creador, contempla la muerte con la fascinación de los inmortales. Ciertamente cada uno de ellos o alguien de su generación ya ha estado frente a la muerte y la ha visto a los ojos. Mas la contemplan con fuerza y gallardía. Buscan dominarla. No la rehuyen ni le temen. Y de íntima manera tienen razón: no hay más satisfacción en la escritura que la escritura misma, cuya única promesa es sentarse a la mesa de los que vencen a la edad, a la incomprensión, al olvido y al tiempo. Atisban con seguridad su incipiente grandeza. Por ello, apuestan fuerte. No los perdamos de vista. Felicidades.

miércoles, enero 19, 2005

Una disculpa

De Quincey no dijo lo que digo.

En líneas precedentes me refiero equivocadamente a un árbol que admiraba Kant, cuando la cita original debería ser:

During this state of repose he took his station winter and summer by the stove, looking through the window at the old tower of Lobenicht; not that he could be said properly to see it, but the tower rested upon his eye, ?obscurely, or but half revealed to his consciousness. No words seemed forcible enough to express his sense of the gratification which he derived from this old tower, when seen under these circumstances of twilight and quiet reverie. The sequel, indeed, showed how important it was to his comfort; for at length some poplars in a neighboring garden shot up to such a height as to obscure the tower, upon which Kant became very uneasy and restless, and at length found himself positively unable to pursue his evening meditations. Fortunately, the proprietor of the garden was a very considerate and obliging person, who had, besides, a high regard for Kant; and, accordingly, upon a representation of the case being made to him, he gave orders that the poplars should be cropped. This was done, the old tower of Lobenicht was again unveiled, and Kant recovered his equanimity, and pursued his twilight meditations as before.

Espero que tal imprecisión no altere el curso de la historia y se me disculpe por tan sesgada visión de los hechos. Gracias.


La mirada de la inocencia

No le conozco enemigos a Vicente Quirarte más allá de sus propias palabras. Sus laberintos de palabras. Malabarismos que le complican la vida en contraste con sus rasgos más luminosos: su natural bondad, su generosidad, su curiosidad infantil, su amplísima colección de chistes de salón y su amor a la poesía. Dudo a veces de que sea mexicano porque su inteligencia carece de complicaciones. Eso es no tener espíritu nacional --afirmo en mala broma--, porque Vicente es uno de los conocedores duros de nuestra literatura y de nuestra historia.
Pater conscriptii, Quirarte es de los miembros fundadores del club del Golosón, hará unos veinte o más años (cuando tenía más cabellitos en su resplandeciente testa), una cofradía que dejó a un lado cuando aceptó ser uno de los grandes Calaca y autor de múltiples apodos y travesuras inocentes. Comprador compulsivo de plumas caras y finas, tiene la mejor letra del salón de clase de los discípulos de Rubén Bonifaz Nuño, con quien está comiendo en su fotografía del Rioja. De él me gustan su poesía y sus cuentos (que tienen más punch que sus ensayos, donde no afila las Montblanc contra nadie).
El único defecto que lo marca es la duda metódica. Duda incluso de si estará dudando. Lo cual lo vuelve frágil. Pero su amor a Rimbaud y a los vampiros compensan esa costumbre que lo hace dudar respecto al mejor de los consejos en los peores momentos, cuando no puede resolver las situaciones con mente clara. Me explico: es capaz de consultar respecto a la cualidad de una computadora ocho o diez veces, y tras hacer dudar a uno mismo de la bondad del consejo va y hace lo que quiere. Eso está bien en la creación artística, pero no cuando se trata de elegir entre una Vaio una E-Mac o una Toshiba. Porque luego se queja de que tal o cual programa no existen para su chunche.
Es sin embargo de los compañeros de viaje más deliciosos y solidarios. Y no se niega a presentación de libro o frivolidad alguna de la vida literaria, lo que lo hace conocedor de todos los rincones y tugurios de la lumpen literatura nacional. Alabado por moros y cristianos, ha sido el mejor editor de poesía de la última década del siglo XX con su colección El Ala del Tigre. A él, junto con Marco Antonio Campos y Francisco Hernández los leo con gusto y orgullo fraterno.
Le agradezco su lealtad sin fin en los momentos difíciles y que me haya presentado a Sandro Cohen. Lo cual no muchos comprenden, pero lo da un sabor Calaca a la vida.

sábado, noviembre 13, 2004


Vicente Quirarte en el Rioja Posted by Hello