

A mediados de los 90, muchos en México eran Marcos. Ahora, dicen los medios, somos narcos.
CUANDO TRANSCRIBO POEMAS, lo cual es un delicioso ejercicio, he notado con frecuencia un condicionamiento de la cuartilla en blanco: muchos poetas contemporáneos se ajustan a la página, consciente o inconscientemente. Lo cual no pasa de ser un dato curioso, que ni siquiera apoya la estadística.
Verso libre y verso blanco o formas rítmicas el poema alcanza una expresión siempre diversa cuya referencias pueden ser numerosas sea por la sensación, sea por la descripción, el juego de imágenes y símbolos, la representación del mundo, la suma de una experiencia de vida o de un mero acto, etc.
En Silencios, Iván Trejo, o Raúl Iván Trejo decide que el poema puede ser diverso asunto, mas siempre breve. Relámpago o epifanía, el poema es para decirse, para ser atrapado y cantarse. También, un espejo del deseo y de la pasión de la carne pasajera; una definición del tiempo entre la ausencia o la presencia de una entidad extrañada; beso y estremecimiento; o fragmento de una mujer; en tanto el silencio es imagen de la muerte, o nada.
A partir de tales percepciones, que en Silencios son iluminaciones, la poesía de Trejo se vuelve reflexiva, la palabra es instrumento de milagros y/o palanca para lo imposible; de ahí que en ocasiones el silencio tome la forma también del fuego amatorio compartido o se mude en eje del tiempo, suma de soledades y a veces sea el medio a través del cual se contemplan callados extremos impronunciados del mundo:
XV
Tu nombre
tallado en el pino
el tule
el abedul
sólo tu nombre
cerrando mis ojos.
Momento que alcanza el poeta a percibir en otros espacios de la naturaleza: sucede así también con la visión de una urraca y su “invisible canto”. Visiones tales podrían tener una explicación en la necesidad de recurrir a la poesía para hacer un registro de aquello que en la soledad, en los ocasos ardientes, transforma al hombre de todos los días en un obsesivo perseguidor del poema.
Trejo gusta por momentos del abandono de la brevedad: esto sucede al romperse el silencio de las cosas: cuando acecha alguna amenaza. Mas no ignora que, ante el peligro, lo mejor es soportarlo estoicamente, sin queja, lamento o grito. En contraste, hay momentos secretos donde el mundo propio, íntimo, padece —como inmerso en una dimensión ajena—: acude a la experiencia e infiere así que pronto salvará el escollo, ya que tales hechos son rito de paso o parte de un necesario ciclo en la vida de todo hombre.
Con ello, se observa cómo a partir de los silencios se ha ido formulando una propia definición de la naturaleza del escritor, totalmente visible, mas sin fácil perspectiva de no existir un principio ordenador: la sucesión númerica en la que ha basado el poeta la construcción de su obra. Silencios, en principio, no es un libro para leerse desordenadamente, bajo riesgo de perder la clave del volumen, su evolución y proceso.
Veamos por ejemplo: ¿Qué ocurre ante la contemplación de la muerte? ¿Qué ve el poeta en ese territorio de los inmensos silencios?:
XXIV
La buena muerte
da besos que no despiertan.
Cada límite le permite fijar una serie de símbolos que marcan el juego de su alegoría, donde la urraca, la niebla y la oscuridad son puerto último del amor (porque el poeta se asume también en ocasiones como oscuridad).
Por ello, al término de la primera mitad del conjunto de poemas, Trejo hace un paréntesis, donde confiesa que el trabajo poético es como la obra de la urraca. La concisión de la imagen es espléndida (Trejo, Silencios, XXXIII). Los poemas siguientes dan cuenta de esa conciencia del creador en relación con los demás oficiantes de la poesía. Y cabe notar en el poema XXXVI un guiño orgulloso para aquel poeta heterónimo de Borges que, en “Museo”, ‘declara su nombradía’.
De
nadie
ha
sido
suyo
este
silencio
mío.
Estas reflexiones las interrumpe la ruptura amorosa: intempestiva. Así el ser que deja de ser, sin morir, puede incluso contemplar su agonía —sin límite— desde la otredad. Cumplido el hecho, separados los amantes, el poeta ha regresado a las sombras, al silencio. Es nadie, nada.
Largos son el dolor y las formas del recuerdo, hasta que un acompañante, velada representación de la Poesía, se manifiesta ante él, con extraño aspecto, ‘jugando con las patas de los grillos’ y un nuevo horizonte se manifiesta. Es el nacimiento de otro ciclo. Es una vuelta a un nuevo silencio.
Trejo, comprendemos, es un poeta que dice y calla. Deja al lector compartir el placer de la epífanía a un lado del creador y logra en la brevedad la invocación de un mundo donde el silencio y la luz ordenan en el atanor oscuro del alma de la palabra los temas de la poesía que a lo largo de toda tradición hacen a los hombres recordar que poseen una trascendencia más allá de los meros actos cotidianos. Quien llegue a las páginas de Silencios observe callado y respetuoso el canto que cada verso del poeta hace nacer en su corazón.
"--¿Cómo dice usted que se llama el pueblo que se ve allá abajo?
--Comala, señor.
--¿Está seguro de que ya es Comala?
--Seguro, señor.
--¿ Y por qué se ve esto tan triste?
--Son los tiempos, señor. [...]
--Sea usted quien sea, se alegrará de verlo.--¿Y qué trazas tiene su padre, si se puede saber?
En la reverberación del sol, la llanura parecía una laguna transparente, deshecha en vapores por donde se traslucía un horizonte gris. Y más allá, una línea de montañas. Y todavía más adelante, la más remota lejanía.
--No lo conozco --le dije--. Sólo sé que se llama Pedro Páramo.
--¡Ah!, vaya.
--Sí, así me dijeron que se llamaba.
Oí otra vez el "¡ah!" del arriero.Me había topado con él en Los Encuentros, donde se cruzaban varios caminos. Me estuve allí esperando, hasta que al fin apareció este hombre.
--¿A dónde va usted? --le pregunté.
--Voy para abajo, señor.
--¿Conoce un lugar llamado Comala?
--Para allá mismo voy.Y lo seguí. Fui tras él tratando de emparejarme a su paso, hasta que pareció darse cuenta de que lo seguía disminuyó la prisa de su carrera. Después los dos íbamos tan pegados que casi nos tocábamos los hombros.
--Yo también soy hijo de Pedro Páramo --me dijo. [...]
--¿Qué dice usted ?
--Que ya estamos llegando, señor.
--Sí, ya lo veo. ¿Qué pasó por aquí?
--Un correcaminos, señor. Así les nombran a esos pájaros.--No, yo preguntaba por el pueblo, que se ve tan solo, como si estuviera abandonado. Parece que no lo habitara nadie.
--No es que lo parezca. Así es. Aquí no vive nadie.
--¿Y Pedro Páramo?
--Pedro Páramo murió hace muchos años.Era la hora en que los niños juegan en las calles de todos los pueblos, llenando con sus gritos la tarde. Cuando aun las paredes negras reflejan la luz amarilla del sol.Al menos eso había visto en Sayula, todavía ayer a esta misma hora. Y había visto también el vuelo de las palomas rompiendo el aire quieto, sacudiendo sus alas como si se desprendieran del día. Volaban y caían sobre los tejados, mientras los gritos de los niños revoloteaban y parecían teñirse de azul en el cielo del atardecer.Ahora estaba aquí, en este pueblo sin ruidos...".(Pedro Páramo, pp. 8 - 11)
"Are you on the road, guv'nor?" asked the boy huskily as he passed.
"I think I am," the tramp said.
"Oh! then I'll come a bit of the way with you if you don't walk too
fast. It's bit lonesome walking this time of day."
The tramp nodded his head, and the boy started limping along by his side.
"I'm eighteen," he said casually. "I bet you thought I was younger."
"Fifteen, I'd have said.""You'd have backed a loser. Eighteen last August, and I've been on the road six years. I ran away from home five times when I was a little 'un, and the police took me back each time. Very good to me,the police was. Now I haven't got a home to run away from."
"Nor have I," the tramp said calmly.
"Oh, I can see what you are," the boy panted; "you're a gentleman come down. It's harder for you than for me." The tramp glanced at the limping, feeble figure and lessened his pace.
"I haven't been at it as long as you have," he admitted.
"No, I could tell that by the way you walk. You haven't got tired yet. Perhaps you expect something at the other end?"
The tramp reflected for a moment. "I don't know," he said bitterly, "I'm always expecting things."
"You'll grow out of that;" the boy commented. "It's warmer in London, but it's harder to come by grub. There isn't much in it really."
"Still, there's the chance of meeting somebody there who will understand--" [...]
"I tell you," the boy said hoarsely, "people like us can't get away from this sort of thing if we want to. Always hungry and thirsty and dog-tired and walking all the while. And yet if anyone offers me a nice home and work my stomach feels sick. Do I look strong? I know I'm little for my age, but I've been knocking about like this for six years, and do you think I'm not dead? I was drowned bathing at Margate, and I was killed by a gypsy with a spike; he knocked my head and yet I'm walking along here now, walking to London to walk away from it again, because I can't help it. Dead! I tell you we can't get away if we want to...".("On the road to Brighton").