miércoles, mayo 04, 2005
viernes, abril 15, 2005
De creadores y diccionarios
Estábamos en el segundo semestre de la carrera de Letras en la UNAM cuando Huberto Bátis comentó en su curso de "Metodología de la literatura . . .", allá por 1971, algunas de las costumbres de Ernesto Mejía Sánchez, uno de los grandes maestros e investigadores que tuvo esta Facultad. Apasionado de los claroscuros, no se ocupó mucho Huberto de elogiar la paciente labor de Mejía Sánchez por cuidar y ser el editor de la obra de Alfonso Reyes, sino del pésimo genio --sin duda ejemplar para Huberto-- y de la obsesión bibliográfica de Mejía Sánchez por coleccionar obsesivamente diccionarios de toda clase. Citaba a Mejía Sánchez y su elogio de los diccionarios como instrumentos imprescindibles para descifrar todos aquellos recodos del conocimiento que nos son --de otro modo-- inaccesibles.
Y gustaba Bátis a la vez comentar del esfuerzo de Diderot para organizar su enciclopedia, y anécdotas del doctor Johnson que entresacó de la entretenida crónica de Boswell; describió, asimismo, la afición de Borges por buscar la inspiración en mamotretos de peso completo; y la importancia para un lector en busca de una formación acorde a su época de comenzar no importaba dónde pero siguiendo conforme a su inteligencia ("que sirve para hacer uniones y ligas entre los objetos") un ciclo íntimo que conducía en largo periplo a entramar la relación de las entidades que pueblan el universo, y comprender que cada quien construye su brújula en la geografía inmensa del conocimiento con libros que nos conducen a otros y a subsecuentes en un viaje fascinante, propio e inédito en la experiencia humana.
No sé si aquel curso derivó alguna vez en la reflexión respecto a la necesidad de que toda civilización y cultura se distinga por su minucioso inventario del universo, mas era una obvia consecuencia. Y un reto.
Asombraba entonces --más que ahora--, el desconocimiento que teníamos de nosotros mismos: ¿existía un libro que nos refiriera a la manera del Oxford Classical Dictionary los personajes de la teogonía de los mexicanos y los personajes históricos de los códices diversos? ¿Poseíamos una enciclopedia de las aves, insectos y animales que habitan nuestro territorio? Bueno, siquiera un listado de los personajes de Juan Ruiz de Alarcón que nos refiriera la obra y papel que les corresponde? ¿Nos preocupaba algo de eso? Fueron preguntas que nos formuló Bátis.
A las nuevas generaciones, aquel país suena contiguo al de la Revolución o al de las invasiones norteamericanas, sin duda. El concepto "bases de datos" no era usual y nadie para sobrevivir por los lares de Humanidades necesitaba comprender más allá de la palabra sumadora, (porque las calculadoras eran para ingenieros y no se conseguían ni en Sanborns ni en los puestos de las esquinas; y las computadoras sólo estaban en los bancos y en las áreas científicas).
Para investigar se utilizaban tarjetas blancas, chicas o medianas (un cuarto o media carta), tarjeteros, libros y una máquina de escribir Rémington u Olivetti. (Las IBM eléctricas --de bolita-- llegaron tiempo después). Los libros de historia de la literatura terminaban en Agustín Yáñez, si bien le iba, y términos como "los Contemporáneos" o "los de Taller" eran para exquisitos o iniciados.
Sin embargo, corría por los murmuraderos de la facultad la leyenda de los investigadores del Centro de Estudios Literarios y una versión ad hoc de su origen que estoy seguro no es verídica, salpicada de digresiones respecto a una mítica montaña de hielo de Antonio Alatorre (su cúmulo de tarjetas) y el fichero de Alfonso Reyes, que contravenían los argumentos de que la investigación literaria no existía en México. Varios iniciados afirmaban haber contemplado el mundo de citas de Ana Elena Díaz Alejo, Aurora Maura Ocampo y Ernesto Prada. «Ahí están, fichando y anotando. No paran», se decía.
Resultado de ello fue una primera versión del Diccionario de Escritores Mexicanos que nos ahorraba la búsqueda de bibliografía y hemerografía para los trabajos de la materia o para ver quién había escrito sobre qué y, al menos, no desbarrar demasiado al intentar hacer una reseña o una crítica; y, para la salud curricular de los de Letras Iberoamericanas, descubrimos después con asombro unos cuadernos con lo primordial de los autores iberoamericanos, básicos para comenzar una tesis o una tesina. Éstos fueron trabajo adicional de Aurora Ocampo.
Ahora bien, el trabajo no terminó ahí; ciertamente fue la piedra angular de diversas paráfrasis y vertientes: la Enciclopedia de México, el minidiccionario de escritores de Josefina Vázquez publicado por el INBA y el Diccionario de Mussaccio, por lo menos. Ya que después, mucho después se comprendió la utilidad del trabajo: llegó incluso a darse una serie de diccionarios respecto a la trayectoria burocrática de funcionarios y políticos, verdaderamente curiosas.
A la par, el Diccionario de escritores mexicanos tuvo una nueva concepción, con miras al fin del milenio: detallar el espectro de la literatura del siglo XX. Esa fue la siguiente fase de una obra bajo la total responsabilidad y experiencia de Aurora Maura Ocampo que con la aparción de la letra R, en su séptimo volumen, anuncia ya la inminente conclusión de esta labor para adaptarse, en natural evolución a las necesidades del siglo XXI.
¿Cuál es el efecto de una obra en su momento? ¿Cómo varía cronológicamente el punto de vista respecto a un libro o un escritor? ¿Cómo se abre paso o extingue la reflexión y alcance de un título o de un autor? ¿Cómo se entraman las influencias e intertextualidades? Sólo un registro minucioso de tal acontecer puede aclarar esa perspectiva. ¿Cómo si no, por ejemplo, podría hacerse una trayectoria de la influencia de Rulfo desde antes que fuera becario del Centro Mexicano de Escritores hasta la fecha? El punto de partida necesario para formular una respuesta está en el Diccionario de escritores; es un ensayo simple de enunciar, mas complejo e intrincado en cuanto al esfuerzo que implica elaborarlo.
O lucubremos respecto a un tema menos común, ¿de qué manera se puede comprender la valoración de Francisco Tario después de su reservada vida y velado reconocimiento, hasta el interés y fascinación que despierta en los lectores actuales? Y en sentido inverso: ¿a qué motivo se puede adjudicar la escasa atención que se presta a una obra monumental como la de Max Aub? ¿O cómo la publicación de la obra completa de Julio Torri favoreció su difusión y permanencia a través de la afinidad que se le reconoce con Schwob o Arreola?
Se afirma, desde que tengo memoria, que la crítica no existe en México. No conozco escritor que no levante la ceja cuando se habla de la crítica; mas ésta no se aprecia cuando proviene de la academia o cuando no va dirigida al interfecto con los suficientes superlativos consagratorios. Nada hay más patético y divertido que el recién publicado autor que al día siguiente de su presentación o lanzamiento de su libro espera ver su nombre en la lista de ingreso a la Academia o en letras de oro en el Congreso.
Afortunadamente ese deseo nunca en vida se ha visto satisfecho. Ni la crítica ni la literatura ni su historia se construyen ni estudian con ese fin. Con frecuencia exagerada se olvida que es la multiplicidad de autores de una nación y los avecindados en ella el auténtico acervo y fuerza de una literatura; donde vale bien que se destaquen ciertas constantes estilísticas de algún autor sumamente representativo. Por ello el Diccionario de escritores mexicanos del siglo XX procedió con un criterio refinado. Puso como condición mínima la escritura de al menos dos títulos en cualquiera de sus géneros. Y reconoció la multiplicación de autores que participaron en la construcción de ese panorama inédito en nuestra historia.
Con ello se sigue, de manera implícita, que una obra es un proceso de acumulación; y que así como la obra necesita tiempo para su incubación y desarrollo, la crítica requiere de un proceso análogo de reflexión, comparación y valoración más allá de presiones temporales o de criterios de mercado o de una vuelta de tuerca meramente anecdótica; necesita de contexto al cual referirse y evaluar las propuestas que hacen de una obra un texto clásico contemporáneo conforme a definidos --que no necesariamente universales-- cánones.
Esta labor, por hacerse todavía, es para las generaciones presentes y por venir. Las diversas generaciones que han dedicado su trabajo --o en el caso de la maestra Ocampo, su vida-- al censo de nuestra literatura moderna y contemporánea han sentado las bases de un conocimiento que debemos profundizar.
La perspectiva a futuro del diccionario se construye ya con técnicas modernas que facilitarán su acopio y actualización que, a la vez, requieren la adopción de nuevas habilidades para la investigación y catalogación electrónica. Este es un trabajo que jamás termina, ciertamente.
La perspectiva a futuro del diccionario se construye ya con técnicas modernas que facilitarán su acopio y actualización que, a la vez, requieren la adopción de nuevas habilidades para la investigación y catalogación electrónica. Este es un trabajo que jamás termina, ciertamente.
Tenemos en las manos uno de los volúmenes finales de la última versión impresa del Diccionario de escritores mexicanos del siglo XX. Aplaudamos con generosidad y respeto su publicación, producto ejemplar de la investigación humanística de nuestra Universidad; fruto de una labor y esfuerzo de años, maestra Ocampo; que no sólo satisface las necesidades del claustro, sino es fiel muestra de una grandeza que nos pertenece: testimonio de la capacidad creativa e intelectual de una nación que tiene en la alta sensibilidad, y en la palabra ejemplar la cotidiana demostración de que por nuestra raza habla el espíritu.
Muchas gracias.Texto leído en el aula magna de la
Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM, México, abril 6 de 2005
Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM, México, abril 6 de 2005
lunes, febrero 28, 2005
Cardarelli, Saba, Ungaretti y Quasimodo en nueva traducción
Antología de poetas italianos del siglo XX
UMBERTO SABA, VINCENZO CARDARELLI, GIUSEPPE UNGARETTI, SALVATORE QUASIMODO.
Traducciones de Marco Antonio Campos, epílogo de Stefano Strazzabosco.
UNAM Difusión cultural, México, 2004 (Col. El puente)
Hay un serio problema con los poetas muertos. Traducirlos.
Acierto adicional en la labor de MAC es la distancia y el respeto que tiene por la posición política o religiosa de un autor, como pudiera darse, concretamente, en el caso de Ungaretti y su estrecha relación con Mussolini, actitud que Campos desdeña sin que esto afecte la relación estética. En tal sentido, si se considera el volumen del trabajo dedicado a la poesía de Ungaretti en este tomo, se observará que más de la mitad del libro se dedica a la traducción de los trabajos de Ungaretti.
Ya iniciados en la discusión acerca de los autores incluidos en esta selección, cabe referirse a la temática de la compilación hecha por Campos de la obra de Saba, Cardarelli y Quasimodo. Si bien cada uno de ellos es distinto, comparten el dolor de los acontecimientos de la guerra y ser testigos de la devastación de un país y de su gente. En tal medida, son poetas que nos ofrecen sus heridas más profundas con una reiterada enseñanza: la fugacidad de la vida y la certeza de la incomprensión humana.
Veamos uno o dos ejemplos de la traducción de cada poeta.
me oprimirá, en un pensamiento, el pecho.
Los estorninos harán un clamor alto
sobre los árboles, al reunirse
en la avenida Veinte de septiembre.
Al mal prolongado del invierno
sólo tendré aquí de compañeros
ese pensamiento, y en el tejado el pardo gorrión.
En mi soledad las golondrinas
faltarán; y el amor en mis días tardíos.
Comtrastémoslo ahora con Vicenzo Cardarelli (1887-1959):
Cruel adiós
Te conocí cruel en la separación.
Te vi partir
como el soldado que va a la muerte
sin piedad para el que queda.
No me dejaste ninguna esperanza.
No tenías, en aquel punto,
la fuerza para verme.
Después, nada de ti, salvo tu espectro,
asiduo compañero, tu silencio
pavoroso como un pozo sin fondo.
Y me ilusiona
que puedas amarme de nuevo.
Y no hago sino buscarte, no espero
sino tu vuelta,
para verte cambiada, desmemoriada,
con fastidio de mí que me atreveré a hacerte
un amoroso y vano desdén.
De Giuseppe Ungaretti (1888-1970), cito dos:
la inexpresable nada
lo he vivido
de nuevo
en una época honda
fuera de mí
Estoy distante con mi memoria
detrás de aquellas vidas perdidas
Me despierto en un baño
de cosas amadas habituales
sorprendido
y endulzado
Con los ojos atentos
recorro las nubes
que se desatan dulcemente
y me acuerdo
de algún amigo
muerto
Pero Dios, ¿qué es?
Y la criatura
aterrada
abre bien los ojos
y acoge
gotas de estrellas
y la llanura muda
Y se siente
recuperado
Este lacerado de Salvatore Quasimodo (1901-1968):
en la noche de la lluvia. Será vano
el tiempo de la dicha, su furia, ese
mordisco suyo de rayo que destruye.
Abierta queda apenas la indolencia,
el recuerdo de un gesto, de una sílaba.
pero como un vuelo lento de pájaros
entre vapores de niebla. Y aún esperas,
no sé qué cosa, mi extraviada; acaso
una hora que decida, que reclame
el principio o el fin: la misma suerte.
Aquí, negro, el humo de los incendios
reseca aún la garganta. Si puedes
olvida aquel sabor de azufre,
y el miedo. Las palabras nos cansan,
ascienden desde un agua lapidada;
acaso el corazón nos queda, acaso el corazón. . .
UMBERTO SABA, VINCENZO CARDARELLI, GIUSEPPE UNGARETTI, SALVATORE QUASIMODO.
Traducciones de Marco Antonio Campos, epílogo de Stefano Strazzabosco.
UNAM Difusión cultural, México, 2004 (Col. El puente)
Hay un serio problema con los poetas muertos. Traducirlos.
Comentaba Rubén Bonifaz Nuño alguna vez respecto a lo imposible que es para el lector de una traducción de Horacio comprenderlo cuando el traductor ha soslayado la traducción rítmica de sus versos. «Horacio es sobre todo música; quien se la quite, mata al poeta», concluía. Así son de explícitos los comentarios de Bonifaz respecto a la traducción literaria.
Atento alumno de Bonifaz a lo largo de más de veinte años, ha sido Marco Antonio Campos, quien a lo largo de su vida se ha dedicado a traducir con singular tenacidad y oficio a diversos poetas (no sólo italianos; sino franceses y alemanes también). Los ha traducido bien. Sin embargo su perfeccionismo y su amor a la poesía lo han llevado en diversas ocasiones a volver sobre anteriores versiones y revisarlas, reconstruirlas, reintentarlas.
Campos es, en efecto, un traductor generoso: gusta de compartir la poesía que él disfrutó en otras lenguas y, en particular, prefiere difundir a aquéllos escritores de quienes más ha aprendido y respeta; porque, sabemos bien: traducir es la manera óptima de rendir homenaje a autores que reconocemos como universales.
A diferencia de quienes prefieren considerarse los supuestos propietarios de un autor y desdeñan la crítica o el consejo, M.A. Campos investiga a un poeta, coteja, evalúa versiones, comentarios, opiniones y experiencias de otros traductores y lectores. Sus estancias en Francia, Italia, Quebec, o Austria las ha dedicado al estudio del uso de las lenguas, su relación con hábitos y giros propios del lugar y, en la medida de lo posible, un conocimiento directo de las ciudades y sitios relacionados con los poetas que ocupan su atención. Ello, sin embargo, no se manifiesta jamás como erudición, sino en un intento sincero por comprender los mecanismos íntimos de la creación de un autor con base en el mundo que lo rodeó.
Acierto adicional en la labor de MAC es la distancia y el respeto que tiene por la posición política o religiosa de un autor, como pudiera darse, concretamente, en el caso de Ungaretti y su estrecha relación con Mussolini, actitud que Campos desdeña sin que esto afecte la relación estética. En tal sentido, si se considera el volumen del trabajo dedicado a la poesía de Ungaretti en este tomo, se observará que más de la mitad del libro se dedica a la traducción de los trabajos de Ungaretti.
Ya iniciados en la discusión acerca de los autores incluidos en esta selección, cabe referirse a la temática de la compilación hecha por Campos de la obra de Saba, Cardarelli y Quasimodo. Si bien cada uno de ellos es distinto, comparten el dolor de los acontecimientos de la guerra y ser testigos de la devastación de un país y de su gente. En tal medida, son poetas que nos ofrecen sus heridas más profundas con una reiterada enseñanza: la fugacidad de la vida y la certeza de la incomprensión humana.
Vidas devoradas por la injusticia y la jamás aceptada costumbre de la proximidad de la muerte, esta reunión de poetas es un carpe diem y un miserere que se alternan y confunden, ocasionalmente, en una lejana belleza percibida en el paisaje o bien en la imagen o la presencia de una mujer. Su sufrimiento tiene, en contraste, una madurez sublime aprendida o asimilada a partir del más exigente estoicismo, donde esta rebelde resignación ofrece la más depurada intensidad poética.
En el conjunto, comprendemos la riqueza de esta antología: nos encontramos ante una fuente de sabiduría profunda, producto de una meditada selección poética, tras una larga contemplación del sentido de cada poema. Por ello estremece a cada momento.
Por naturaleza, la poesía es un misil transcontinental: el lector de poesía no tiene la prisa del de la narrativa; no la necesita. El impacto poético es propiamente inmediato o a cortísimo plazo. Mas el avance en la lectura de estos poetas es particularmente lento. Tras una breve ráfaga inicial de tres o cuatro versos, el resto de sus poemas tienen otro ritmo, donde la idea necesita de un cambio de verso, para encabalgarse o contrastar las imágenes evocadas, con la excepción del verso de Quasimodo quien rara vez excede un promedio de seis o siete sílabas en sus versos.
Veamos uno o dos ejemplos de la traducción de cada poeta.
Encuentro al azar este poema de Umberto Saba, 1883-1957,(que me hubiera gustado fuera ?Avevo?):
Este año la ida de las golondrinas. . .
Este año la ida de las golondrinasme oprimirá, en un pensamiento, el pecho.
Los estorninos harán un clamor alto
sobre los árboles, al reunirse
en la avenida Veinte de septiembre.
Al mal prolongado del invierno
sólo tendré aquí de compañeros
ese pensamiento, y en el tejado el pardo gorrión.
En mi soledad las golondrinas
faltarán; y el amor en mis días tardíos.
Comtrastémoslo ahora con Vicenzo Cardarelli (1887-1959):
Cruel adiós
Te conocí cruel en la separación.
Te vi partir
como el soldado que va a la muerte
sin piedad para el que queda.
No me dejaste ninguna esperanza.
No tenías, en aquel punto,
la fuerza para verme.
Después, nada de ti, salvo tu espectro,
asiduo compañero, tu silencio
pavoroso como un pozo sin fondo.
Y me ilusiona
que puedas amarme de nuevo.
Y no hago sino buscarte, no espero
sino tu vuelta,
para verte cambiada, desmemoriada,
con fastidio de mí que me atreveré a hacerte
un amoroso y vano desdén.
De Giuseppe Ungaretti (1888-1970), cito dos:
Eterno
Entre una flor que cortas y otra que dasla inexpresable nada
Despertares
Mariano, 29 de junio de 1916
Cada momento míolo he vivido
de nuevo
en una época honda
fuera de mí
Estoy distante con mi memoria
detrás de aquellas vidas perdidas
Me despierto en un baño
de cosas amadas habituales
sorprendido
y endulzado
Con los ojos atentos
recorro las nubes
que se desatan dulcemente
y me acuerdo
de algún amigo
muerto
Pero Dios, ¿qué es?
Y la criatura
aterrada
abre bien los ojos
y acoge
gotas de estrellas
y la llanura muda
Y se siente
recuperado
Este lacerado de Salvatore Quasimodo (1901-1968):
Acaso el corazón
Se hundirá el olor acre de los tilosen la noche de la lluvia. Será vano
el tiempo de la dicha, su furia, ese
mordisco suyo de rayo que destruye.
Abierta queda apenas la indolencia,
el recuerdo de un gesto, de una sílaba.
pero como un vuelo lento de pájaros
entre vapores de niebla. Y aún esperas,
no sé qué cosa, mi extraviada; acaso
una hora que decida, que reclame
el principio o el fin: la misma suerte.
Aquí, negro, el humo de los incendios
reseca aún la garganta. Si puedes
olvida aquel sabor de azufre,
y el miedo. Las palabras nos cansan,
ascienden desde un agua lapidada;
acaso el corazón nos queda, acaso el corazón. . .
Cada uno de ellos es distinto y original, y magnífico. A cada uno de ellos lo sitúa Campos en su tiempo y lugar en un breve bosquejo biobibliográfico. Como beneficio adicional, al final del volumen se ofrece un ensayo de Stefano Strazzabosco que sitúa tanto a los poetas como a las principales corrientes de la poesía italiana del pasado siglo para quienes no somos especialistas en ella.
De modo que leamos con detenimiento estas más de 450 páginas de poesía, gocemos de la espléndida calidad un libro de tanto en su papel e impresión, como en su formato bilingüe y felicitemos a Marco Antonio Campos por esta labor que nos permite un nuevo acercamiento a estos espléndidos autores.
De modo que leamos con detenimiento estas más de 450 páginas de poesía, gocemos de la espléndida calidad un libro de tanto en su papel e impresión, como en su formato bilingüe y felicitemos a Marco Antonio Campos por esta labor que nos permite un nuevo acercamiento a estos espléndidos autores.
Comencemos con las moscas
Comencemos con las moscas
Moscas, niñas y otros muertos
Antología de cuento joven
Punto de partida, UNAM, México, 2004 (Antologías 1)
Moscas, niñas y otros muertos
Antología de cuento joven
Punto de partida, UNAM, México, 2004 (Antologías 1)
Comencemos por orden de aparición; comencemos por las moscas. Desde hace tiempo, las moscas y la literatura tienen una estrecha relación. Será que los muertos son clientes cotidianos en los territorios donde las letras tienen su creciente sede, o bien son una señal o un símbolo que periódicamente cabe introducir en un texto para recordarnos algo que está a punto de caer en el olvido.
Entre nosotros, en México, quienes notoriamente han subrayado la importancia de las moscas en la literatura son Tito Monterroso y Hugo Hiriart. Lo que en Monterroso es uso, en Hiriart se convierte en reflexión. Por ello debemos a Hiriart la paradójica y monumental frase: "De un lado el Apocalipsis de san Juan de Patmos, del otro el Elogio de la mosca de Luciano de Samosata. Entre estos dos extremos está toda la literatura.", frase con la que remonta a la literatura homérica la presencia de este insecto (Cfr. Hiriart, Hugo. Disertación sobre las telarañas, 1980), y de manera profética --como es uso cotidiano en el arte de las letras-- prevé este libro y sus alianzas secretas con el Apocalipsis.
Tal es el acierto de Carmina Estrada --su editora-- al titular Moscas, niñas y otros muertos esta reunión de autores recién avecindados en la república literaria con permiso para matar. Queda sin embargo para los críticos la dedicada tarea de distinguirlos y buscarles secretas afinidades, relaciones y parentescos con algunos otros de los más viejos vecinos; así como propiciar las rencillas que permitan sazonar la difícil relación que existe entre los asentados en las torres de marfil o en paraísos artificiales contra los más afines a las pandillas malditas, goliardas, o simplemente callejeras, entre otras muchas; a fin de comprobar cuál es su capacidad y resistencia.
Situación ésta que mucho halaga al espíritu de quienes gustan del espectáculo, pero circunstancia un tanto lejana aún; ya que por el momento sólo contemplamos, por así decirlo, la punta del iceberg. Para nuestra ventaja podemos leerlos ?escucharlos? sin prejuicio y comenzar a observar cómo han ido afilando sus armas.
Nada más injusto, entonces, que clavar la mirada en los breves trastabilleos que en algún momento de la lectura oculte el bosque. Toda obra primera es una marca a partir de la cual comprobaremos cuál es la evolución de una inteligencia, de una sensibilidad, de un estilo y la del cotidiano oficio por dominar el idioma; de manera que, quien explore las páginas de Moscas, niñas y otros muertos recuerde sencillamente que el proceso de maduración de un escritor depende de factores íntimos e irrepetibles. Lo demás, es no entender.
Seña distintiva de esta antología es el diverso origen de estos escritores en lazados por un tema afín: la muerte. Dependiendo de la edad del lector, la distancia temporal entre ellos (74-82) puede ser vista como una breve cuarteadura o una respetable grieta de edades. En cada uno de ellos es evidente la diversa formación que los precede y el resto de las semejanzas y diferencias son más bien para entretenimiento de las almas afines a la estadística. Sin embargo, encuentro en Buendía, Macedo, Piña Posas y Velázquez Betancourt una notable capacidad de imaginación y una aptitud narrativa, descriptiva poco usual.
¿Pero qué, de qué escriben?
En Maritza Buendía, (Zacatecas, Zac., 1974) destaca la obsesión por el erotismo y el trabajo de un estilo en vías de lo impecable. Su erotismo es resorte de situaciones: más el deseo y el comportamiento alrededor del deseo, que el amor. Buendía trabaja la sugerencia, se permite la descripción alrededor de la breve anécdota y disfruta las epifanías donde todo símbolo roza el dolor.
Esclavo del deseo, el hombre, en cualquiera de sus edades, cae en su propia trampa: es mero objeto para la mujer; no importa si el hombre se considera dueño de la situación, depende realmente de la fascinación que reside por naturaleza en la mujer e incluso sus victorias aparentes de dominación o posesión son muestra de torpeza e incapacidad. Todo acto masculino no hace sino confirmar la tesis de que el hombre es una mosca que se rebela contra la telaraña. Inalcanzable, impoluta, siempre, la mujer. El hombre, en la literatura de Buendía, es sólo un depredador sediento de belleza. La belleza es inalcanzable, por definición; y la mujer es la guardiana del secreto.
Humberto Macedo, (D.F. 1976), por su parte, muestra en _Nictofobia_ y en _El reto_ dos vertientes distintas: una de origen fantástico donde maneja la sugerencia y la atmósfera con particular cuidado. Gusta de hacer partícipe al lector de sus percepciones y no carece de particular cariño por sus personajes. Son seres útiles para la narración. Su mayor capacidad, en estos cuentos, están en la anatomía de la violencia: sea ésta física o del espíritu. Sus textos proponen con facilidad los conflictos humanos; pero sus personajes, solitarios, aislados o en busca de reconocimiento desconocen los caminos para sobrevivir.
No quiero decir con ello que Macedo no sepa dejarnos ver a sus personajes o los desconozca; por el contrario. Los visualizamos en sus limitaciones dolorosas, sean sensibles o inteligentes; pero no pueden escapar a destinos donde todas las vías pudieran estar abiertas, mas no las van a encontrar.
Su estilo es de aguafuerte, vigoroso, descarnado. Por momentos se permite el diálogo, sólo para demostrar que las frases, los comentarios de sus personajes los alejan de los demás: amplían la incomprensión y la distancia entre ellos, como imagen de un mundo donde las personas sobrevivirían más fácilmente en el silencio; entonces, tal vez, pudieran encontrar una salida.
Son inevitables las afinidades y las debilidades para el alma humana. Y de algún modo son regla en la lectura o en la apreciación de cualquier arte o humana fábrica. En tal sentido comparto con
Gerardo Piña, (D.F. 1975), el placer de las paradojas y las digresiones que marca la lectura placentera de Borges o de Arreola, de la filosofía de occidente o el mero juego de las consecuencias de una trama concebida como una partida de ajedrez. En tal sentido, sus relatos muestran una diferencia de tono con el resto de sus compañeros de volumen: _Cuatro minutos_, _El gato de Schrödinger_ y _La erosión de tinta_ propiciarán que sus textos sean vistos o como "muy intelectuales" o divertidísimos y que se le quieran pedir peras al olmo.
Tiene como ventaja su capacidad de exploración de temas y ambientes poco usuales en la literatura mexicana, lo cual diferencia su voz entre las del coro; ya que le gusta correr riesgos por senderos propios de otras literaturas.
No es muy distinto el caso de Abril Posas, (Guadalajara, 1982), quien arriesga una sola historia en este volumen. historia de cuyo desarrollo fui afortunado testigo: _Napalm_ es un relato que puede ocurrir en cualquier lugar, en cualquier momento o está sucediendo ahora en diversos sitios. Sus aciertos, más allá del desarrollo del tema, los encuentro en la sucesión de atmósferas y en la progresiva incorporación de personajes y de situaciones; donde más que recurrir a una narrativa tradicional, Posas conjuga y evoca en un continuo espacio-tiempo presencias y sensaciones propias de otras percepciones. La simultaneidad del hecho durante la lectura de la historia propicia un mantenido horror que breves imágenes o insinuaciones acentúan con la anestesiada lucidez con que alguien podría contemplar su propia autopsia.
Las narraciones de Diego Velázquez Betancourt cierran el volumen. Velázquez Betancourt afirma haber nacido en Puebla, en 1978, su humor y su obra, sin embargo, parecieran más bien los de un defeño contemporáneo en virtud del tono y empatía que muestra ante las catástrofes megaurbanas. Un toque ligeramente gótico nimba de elegancia su estilo, donde la ironía sugerida o evidente marcan el ritmo de la narración. Sus lectores aplaudirán su capacidad para dar una vuelta de tuerca a situaciones y temas propios del lugar común para llevarlos con perfección dramática o cinematográfica a un desenlace preciso. _Los espejos_ es un ejemplo de ello.
_Las moscas_ es el relato que debió cerrar el ordenamiento de sus textos; precisamente porque era inevitable escapar del tema, del protagonista y de su desmedida autoestima y de la implacable interferencia de sus peculiares vecinos y compañeros de trabajo.
En contraste, _Hombre muerto_ y su peculiar resignación es una historia que desborda hallazgos temáticos y literarios, e incluso se aparta ejemplarmente del tono y recursos que los autores mexicanos más destacados de la ficción en México habían logrado. Ya antologado, seguirá siendo texto favorito de futuras antologías.
En síntesis, se descubre, lo que podría ser materia prima, se descubre al final del viaje, es un reconfortante volumen de cuentos muy bien contados. Los jóvenes narradores han cumplido con responsabilidad y acierto sobresaliente su labor.
No se reconocerá de inmediato, pero es cuestión de dar tiempo al tiempo.
¿Camina uno entre muertos y entre fosas tras la lectura de Moscas, niñas y otros muertos? No lo siento así. Un joven escritor, un joven creador, contempla la muerte con la fascinación de los inmortales. Ciertamente cada uno de ellos o alguien de su generación ya ha estado frente a la muerte y la ha visto a los ojos. Mas la contemplan con fuerza y gallardía. Buscan dominarla. No la rehuyen ni le temen. Y de íntima manera tienen razón: no hay más satisfacción en la escritura que la escritura misma, cuya única promesa es sentarse a la mesa de los que vencen a la edad, a la incomprensión, al olvido y al tiempo. Atisban con seguridad su incipiente grandeza. Por ello, apuestan fuerte. No los perdamos de vista. Felicidades.
Entre nosotros, en México, quienes notoriamente han subrayado la importancia de las moscas en la literatura son Tito Monterroso y Hugo Hiriart. Lo que en Monterroso es uso, en Hiriart se convierte en reflexión. Por ello debemos a Hiriart la paradójica y monumental frase: "De un lado el Apocalipsis de san Juan de Patmos, del otro el Elogio de la mosca de Luciano de Samosata. Entre estos dos extremos está toda la literatura.", frase con la que remonta a la literatura homérica la presencia de este insecto (Cfr. Hiriart, Hugo. Disertación sobre las telarañas, 1980), y de manera profética --como es uso cotidiano en el arte de las letras-- prevé este libro y sus alianzas secretas con el Apocalipsis.
Tal es el acierto de Carmina Estrada --su editora-- al titular Moscas, niñas y otros muertos esta reunión de autores recién avecindados en la república literaria con permiso para matar. Queda sin embargo para los críticos la dedicada tarea de distinguirlos y buscarles secretas afinidades, relaciones y parentescos con algunos otros de los más viejos vecinos; así como propiciar las rencillas que permitan sazonar la difícil relación que existe entre los asentados en las torres de marfil o en paraísos artificiales contra los más afines a las pandillas malditas, goliardas, o simplemente callejeras, entre otras muchas; a fin de comprobar cuál es su capacidad y resistencia.
Situación ésta que mucho halaga al espíritu de quienes gustan del espectáculo, pero circunstancia un tanto lejana aún; ya que por el momento sólo contemplamos, por así decirlo, la punta del iceberg. Para nuestra ventaja podemos leerlos ?escucharlos? sin prejuicio y comenzar a observar cómo han ido afilando sus armas.
Nada más injusto, entonces, que clavar la mirada en los breves trastabilleos que en algún momento de la lectura oculte el bosque. Toda obra primera es una marca a partir de la cual comprobaremos cuál es la evolución de una inteligencia, de una sensibilidad, de un estilo y la del cotidiano oficio por dominar el idioma; de manera que, quien explore las páginas de Moscas, niñas y otros muertos recuerde sencillamente que el proceso de maduración de un escritor depende de factores íntimos e irrepetibles. Lo demás, es no entender.
Seña distintiva de esta antología es el diverso origen de estos escritores en lazados por un tema afín: la muerte. Dependiendo de la edad del lector, la distancia temporal entre ellos (74-82) puede ser vista como una breve cuarteadura o una respetable grieta de edades. En cada uno de ellos es evidente la diversa formación que los precede y el resto de las semejanzas y diferencias son más bien para entretenimiento de las almas afines a la estadística. Sin embargo, encuentro en Buendía, Macedo, Piña Posas y Velázquez Betancourt una notable capacidad de imaginación y una aptitud narrativa, descriptiva poco usual.
¿Pero qué, de qué escriben?
En Maritza Buendía, (Zacatecas, Zac., 1974) destaca la obsesión por el erotismo y el trabajo de un estilo en vías de lo impecable. Su erotismo es resorte de situaciones: más el deseo y el comportamiento alrededor del deseo, que el amor. Buendía trabaja la sugerencia, se permite la descripción alrededor de la breve anécdota y disfruta las epifanías donde todo símbolo roza el dolor.
Esclavo del deseo, el hombre, en cualquiera de sus edades, cae en su propia trampa: es mero objeto para la mujer; no importa si el hombre se considera dueño de la situación, depende realmente de la fascinación que reside por naturaleza en la mujer e incluso sus victorias aparentes de dominación o posesión son muestra de torpeza e incapacidad. Todo acto masculino no hace sino confirmar la tesis de que el hombre es una mosca que se rebela contra la telaraña. Inalcanzable, impoluta, siempre, la mujer. El hombre, en la literatura de Buendía, es sólo un depredador sediento de belleza. La belleza es inalcanzable, por definición; y la mujer es la guardiana del secreto.
Humberto Macedo, (D.F. 1976), por su parte, muestra en _Nictofobia_ y en _El reto_ dos vertientes distintas: una de origen fantástico donde maneja la sugerencia y la atmósfera con particular cuidado. Gusta de hacer partícipe al lector de sus percepciones y no carece de particular cariño por sus personajes. Son seres útiles para la narración. Su mayor capacidad, en estos cuentos, están en la anatomía de la violencia: sea ésta física o del espíritu. Sus textos proponen con facilidad los conflictos humanos; pero sus personajes, solitarios, aislados o en busca de reconocimiento desconocen los caminos para sobrevivir.
No quiero decir con ello que Macedo no sepa dejarnos ver a sus personajes o los desconozca; por el contrario. Los visualizamos en sus limitaciones dolorosas, sean sensibles o inteligentes; pero no pueden escapar a destinos donde todas las vías pudieran estar abiertas, mas no las van a encontrar.
Su estilo es de aguafuerte, vigoroso, descarnado. Por momentos se permite el diálogo, sólo para demostrar que las frases, los comentarios de sus personajes los alejan de los demás: amplían la incomprensión y la distancia entre ellos, como imagen de un mundo donde las personas sobrevivirían más fácilmente en el silencio; entonces, tal vez, pudieran encontrar una salida.
Son inevitables las afinidades y las debilidades para el alma humana. Y de algún modo son regla en la lectura o en la apreciación de cualquier arte o humana fábrica. En tal sentido comparto con
Gerardo Piña, (D.F. 1975), el placer de las paradojas y las digresiones que marca la lectura placentera de Borges o de Arreola, de la filosofía de occidente o el mero juego de las consecuencias de una trama concebida como una partida de ajedrez. En tal sentido, sus relatos muestran una diferencia de tono con el resto de sus compañeros de volumen: _Cuatro minutos_, _El gato de Schrödinger_ y _La erosión de tinta_ propiciarán que sus textos sean vistos o como "muy intelectuales" o divertidísimos y que se le quieran pedir peras al olmo.
Tiene como ventaja su capacidad de exploración de temas y ambientes poco usuales en la literatura mexicana, lo cual diferencia su voz entre las del coro; ya que le gusta correr riesgos por senderos propios de otras literaturas.
No es muy distinto el caso de Abril Posas, (Guadalajara, 1982), quien arriesga una sola historia en este volumen. historia de cuyo desarrollo fui afortunado testigo: _Napalm_ es un relato que puede ocurrir en cualquier lugar, en cualquier momento o está sucediendo ahora en diversos sitios. Sus aciertos, más allá del desarrollo del tema, los encuentro en la sucesión de atmósferas y en la progresiva incorporación de personajes y de situaciones; donde más que recurrir a una narrativa tradicional, Posas conjuga y evoca en un continuo espacio-tiempo presencias y sensaciones propias de otras percepciones. La simultaneidad del hecho durante la lectura de la historia propicia un mantenido horror que breves imágenes o insinuaciones acentúan con la anestesiada lucidez con que alguien podría contemplar su propia autopsia.
Las narraciones de Diego Velázquez Betancourt cierran el volumen. Velázquez Betancourt afirma haber nacido en Puebla, en 1978, su humor y su obra, sin embargo, parecieran más bien los de un defeño contemporáneo en virtud del tono y empatía que muestra ante las catástrofes megaurbanas. Un toque ligeramente gótico nimba de elegancia su estilo, donde la ironía sugerida o evidente marcan el ritmo de la narración. Sus lectores aplaudirán su capacidad para dar una vuelta de tuerca a situaciones y temas propios del lugar común para llevarlos con perfección dramática o cinematográfica a un desenlace preciso. _Los espejos_ es un ejemplo de ello.
_Las moscas_ es el relato que debió cerrar el ordenamiento de sus textos; precisamente porque era inevitable escapar del tema, del protagonista y de su desmedida autoestima y de la implacable interferencia de sus peculiares vecinos y compañeros de trabajo.
En contraste, _Hombre muerto_ y su peculiar resignación es una historia que desborda hallazgos temáticos y literarios, e incluso se aparta ejemplarmente del tono y recursos que los autores mexicanos más destacados de la ficción en México habían logrado. Ya antologado, seguirá siendo texto favorito de futuras antologías.
En síntesis, se descubre, lo que podría ser materia prima, se descubre al final del viaje, es un reconfortante volumen de cuentos muy bien contados. Los jóvenes narradores han cumplido con responsabilidad y acierto sobresaliente su labor.
No se reconocerá de inmediato, pero es cuestión de dar tiempo al tiempo.
¿Camina uno entre muertos y entre fosas tras la lectura de Moscas, niñas y otros muertos? No lo siento así. Un joven escritor, un joven creador, contempla la muerte con la fascinación de los inmortales. Ciertamente cada uno de ellos o alguien de su generación ya ha estado frente a la muerte y la ha visto a los ojos. Mas la contemplan con fuerza y gallardía. Buscan dominarla. No la rehuyen ni le temen. Y de íntima manera tienen razón: no hay más satisfacción en la escritura que la escritura misma, cuya única promesa es sentarse a la mesa de los que vencen a la edad, a la incomprensión, al olvido y al tiempo. Atisban con seguridad su incipiente grandeza. Por ello, apuestan fuerte. No los perdamos de vista. Felicidades.
miércoles, enero 19, 2005
Una disculpa
De Quincey no dijo lo que digo.
Espero que tal imprecisión no altere el curso de la historia y se me disculpe por tan sesgada visión de los hechos. Gracias.
En líneas precedentes me refiero equivocadamente a un árbol que admiraba Kant, cuando la cita original debería ser:
During this state of repose he took his station winter and summer by the stove, looking through the window at the old tower of Lobenicht; not that he could be said properly to see it, but the tower rested upon his eye, ?obscurely, or but half revealed to his consciousness. No words seemed forcible enough to express his sense of the gratification which he derived from this old tower, when seen under these circumstances of twilight and quiet reverie. The sequel, indeed, showed how important it was to his comfort; for at length some poplars in a neighboring garden shot up to such a height as to obscure the tower, upon which Kant became very uneasy and restless, and at length found himself positively unable to pursue his evening meditations. Fortunately, the proprietor of the garden was a very considerate and obliging person, who had, besides, a high regard for Kant; and, accordingly, upon a representation of the case being made to him, he gave orders that the poplars should be cropped. This was done, the old tower of Lobenicht was again unveiled, and Kant recovered his equanimity, and pursued his twilight meditations as before.
Espero que tal imprecisión no altere el curso de la historia y se me disculpe por tan sesgada visión de los hechos. Gracias.
La mirada de la inocencia
No le conozco enemigos a Vicente Quirarte más allá de sus propias palabras. Sus laberintos de palabras. Malabarismos que le complican la vida en contraste con sus rasgos más luminosos: su natural bondad, su generosidad, su curiosidad infantil, su amplísima colección de chistes de salón y su amor a la poesía. Dudo a veces de que sea mexicano porque su inteligencia carece de complicaciones. Eso es no tener espíritu nacional --afirmo en mala broma--, porque Vicente es uno de los conocedores duros de nuestra literatura y de nuestra historia.
Pater conscriptii, Quirarte es de los miembros fundadores del club del Golosón, hará unos veinte o más años (cuando tenía más cabellitos en su resplandeciente testa), una cofradía que dejó a un lado cuando aceptó ser uno de los grandes Calaca y autor de múltiples apodos y travesuras inocentes. Comprador compulsivo de plumas caras y finas, tiene la mejor letra del salón de clase de los discípulos de Rubén Bonifaz Nuño, con quien está comiendo en su fotografía del Rioja. De él me gustan su poesía y sus cuentos (que tienen más punch que sus ensayos, donde no afila las Montblanc contra nadie).
El único defecto que lo marca es la duda metódica. Duda incluso de si estará dudando. Lo cual lo vuelve frágil. Pero su amor a Rimbaud y a los vampiros compensan esa costumbre que lo hace dudar respecto al mejor de los consejos en los peores momentos, cuando no puede resolver las situaciones con mente clara. Me explico: es capaz de consultar respecto a la cualidad de una computadora ocho o diez veces, y tras hacer dudar a uno mismo de la bondad del consejo va y hace lo que quiere. Eso está bien en la creación artística, pero no cuando se trata de elegir entre una Vaio una E-Mac o una Toshiba. Porque luego se queja de que tal o cual programa no existen para su chunche.
Es sin embargo de los compañeros de viaje más deliciosos y solidarios. Y no se niega a presentación de libro o frivolidad alguna de la vida literaria, lo que lo hace conocedor de todos los rincones y tugurios de la lumpen literatura nacional. Alabado por moros y cristianos, ha sido el mejor editor de poesía de la última década del siglo XX con su colección El Ala del Tigre. A él, junto con Marco Antonio Campos y Francisco Hernández los leo con gusto y orgullo fraterno.
Le agradezco su lealtad sin fin en los momentos difíciles y que me haya presentado a Sandro Cohen. Lo cual no muchos comprenden, pero lo da un sabor Calaca a la vida.
Es sin embargo de los compañeros de viaje más deliciosos y solidarios. Y no se niega a presentación de libro o frivolidad alguna de la vida literaria, lo que lo hace conocedor de todos los rincones y tugurios de la lumpen literatura nacional. Alabado por moros y cristianos, ha sido el mejor editor de poesía de la última década del siglo XX con su colección El Ala del Tigre. A él, junto con Marco Antonio Campos y Francisco Hernández los leo con gusto y orgullo fraterno.
Le agradezco su lealtad sin fin en los momentos difíciles y que me haya presentado a Sandro Cohen. Lo cual no muchos comprenden, pero lo da un sabor Calaca a la vida.
lunes, octubre 11, 2004
Escribir. Asunto personal.
En una Zacatecas ajena a López Velarde
HOY POCA GENTE se interesa en la cultura, pero hay que intentar mantener un poco de lo que alguna vez daba sentido al mundo. Ir a Zacatecas a comentar lo que lo hace a uno escritor, en mi caso; y en el de Jaime Augusto Shelley --el miembro más importante de la generación de la Espiga amotinada, un movimiento poético que dio un vuelco a la poesía mexicana a mediados de los años 60 del siglo pasado--, quien habló del futuro de la poesía, fue una excursión gozosa, aunque el trato de los responsables fue mediocre. Viejos amigos, como José de Jesús Sampedro --editor de la revista Dos filos-- y Esther Cárdenas hicieron de la estancia un motivo de placer. Sólo por ello lo registro.
Leído en el templo de San Agustín, en la Feria del libro
Es tradición: los grandes pensadores no escribieron. Los reinventaron, los transcribieron. Ahí tienen a Platón, dejando hablar a Sócrates. Uno, no. Uno tal vez deje hablar y oiga a la gente, o no. Pero uno escribe, se escribe.
Vuelvo la vista y trato de explicarme por qué me puse a llenar cuadernos, a redactar frases desesperadas y reclamos al mundo, como si el mundo tuviera la culpa de que uno, alguna vez, deba ser adolescente. No siempre había sido adolescente: en 1964, un compañero de la primaria circulaba un periódico de chistes. Un gran negocio. A veinte centavos la lectura. Me pareció espléndida la idea y publiqué un diario.
Durante las noches de octubre, entonces, se oían las noticias de la olimpiada y yo las registraba para formar El reporter. No inventaba nada. El 98 por ciento de las noticias eran breves notas, dos o tres renglones de lo que dictaba un radio de transistores: notas nacionales, alguna internacional, deportes, humor; y los horóscopos, que eran más bien consejos del tipo, el Tauro que no empiece a estudiar la célula para el lunes, sufrirá un fatal revés en su existencia. Y párale de contar. Hacía un original y cinco copias al carbón. Se vendían en el primer recreo, y el producto ajustaba para el refresco y la torta del segundo. He olvidado cuántos números alcanzó la publicación y los motivos de su muerte. Puedo recordarlo ahora, cuarenta años después, porque entre los papeles de mi madre descubrí un ejemplar borroso y arrugado, que está en la gaveta de mi archivero entre papeles que, a su vez, mis hijos y mi(s) nieto(s) tal vez exhumarán o echarán al bote de lo reciclable. Desconozco cualquier otra forma de eternidad.
Quizá esa sea la época de mi vida en que escribí con mayor fervor e interés. Y la imagen puede representarse como un burro en marcha, balanceando la cola, persiguiendo una zanahoria que cuelga de un hilo atado a una vara, amarrada al cuello del animal.
En Los últimos días de Kant, un hermosísimo relato de Thomas de Quincey, se describe al filósofo cotidianamente enfrascado en la contemplación de un gran árbol frondoso frente a su ventana. Su vecino, más práctico que razón pura, lo derribó, ya que no producía fruto alguno. Kant reclamó enfurecido. Logró que el Ayuntamiento de Königsberg reconociera que la filosofía kantiana era fruto del árbol, y la planta volvió a ser colocada en su sitio. Y a dar fruto.
De Quincey no explica cómo se resucitó al árbol; ni el grupo de los cien ha esclarecido el caso. Mas De Quincey cuenta el hecho de una manera verosímil y eso basta.
Hombre disciplinado, riguroso y puntual, mi padre intentó hacer el mundo a su imagen y semejanza. Médico, gustaba de la lectura; abandonó su escasa afición por el cine en 1958; permitía la televisión por complacer a sus suegros, aficionados a las noticias de las 19:30; y para ver los toros, la tarde del domingo. Católico, siempre fue un cuáquero disfrazado: en su hogar todo se regía de acuerdo con las manecillas del reloj.
Por ello nunca me aficioné a la televisión, ni mis hermanos. Teníamos derecho a media hora de programación sosa. No nos compraba juguetes después de cumplidos los 6 años; pero siempre estuvo dispuesto a patrocinar casi cualquier libro. Buen investigador, nos usaba a mi hermano y a mí como conejillos de indias o ratas de laboratorio para corroborar la eficacia de nuevos medicamentos. Infirió, por ejemplo, que un compuesto había sido el único posible agente para enfermar a mi hermano de una hepatitis medicamentosa, y con éxito comprobó, tras administrármelo, que su hipótesis era cierta.
Debo a aquella hepatitis mi compulsión por la lectura y mi desapego al salón de clases. Las horas de vigilia en cama son larguísimas para un niño obligado a la pasividad, al reposo absoluto. Comprende con rapidez cómo la sombra de un muro se escurre con lentitud frente a su ventana y el tránsito de la luz a la oscuridad es inmenso y fatigosos como un desierto a mediodía. Inválido virtual, no tiene la posibilidad de empujar siquiera el segundero para que la vida suceda con mayor prontitud. Condenado a sus miedos y pensamientos, o a insomnios noctívagos, descubre una tarde con asombro la historia del Abate Faria y de Edmundo Dantés: y encuentra el mar, islas y tesoros ocultos, el valor y la audacia, y entonces descubre cuál es su libertad, y se enamora de ella para siempre.
A diario me llevaban la tarea, los libros y manuales del colegio; hacía mis deberes y seguía leyendo. En mes y medio logré salvar suma cum laude el cuarto de primaria, me hice lector y descubrí que nunca habían revisado ni corregido mis trabajos. Supe así que no se es más que un número en la lista, y que a nadie importa que uno sepa o no.
Había en la escuela una buena biblioteca y la hice mi sede y refugio: mis compañeros crecieron con celeridad; yo nunca. Lo cual me volvía muy vulnerable a la violencia. Y tal vez por ello mis quejas fueran escondidas en cuadernos o páginas de diario, donde también más tarde me dio por contar romances imaginarios y escribir en columnas, como en verso, frases cursis.
Habla la gente maravilla de esas edades y las rememora con suspiros y ojos en blanco. Yo no. Me alegro de no tener que volver a pasar por ahí.
Y en efecto, la perdí.
Encontré el paraíso, se llamaba UNAM, Facultad de Filosofía y Letras, y vi que en el mundo había mucha más gente como yo. Que podía ver uno escritores por aquí y por allá, santones y vacas sagradas. Y como bono adicional, un buen número de mujeres bellísimas y más, muchas más horrendas. Ni los cielos son perfectos.
Los amigos que conservo los conocí entonces, ahí, a partir de marzo de 1971. Y bien, entre ellos están Marco Antonio Campos y Luis Chumacero, pero también considero al Amadís de Gaula, a La Celestina, a los poemas de Catulo y a Alonso Quijano, al implacable Huberto Batis, a Góngora, a Margarita Peña, toda chistosa, a Günter Grass, a Lovecraft y a José Donoso. Campos se instituyó en mi hermano mayor y me llevó con Luis Spota, al que le caí bien y me dejó colaborar en El Heraldo de México, en su suplemento. Campos llevó mis cuentos a Punto de partida y luego me hizo concursar para las primeras becas de narrativa que ofreció Bellas Artes para jóvenes, y esos momentos, ahora, me emocionan más que publicar un libro o terminar una traducción.
Lotería. Obtuve la beca, que equivaldría hoy a unos mil cien dólares. La fortuna de que mi tutor fuera Tito Monterroso, quien siempre nos enseñó lo mejor de él ?además de formas de respeto y prudencia ejemplares? y el deslumbramiento de que jamás nos hiciera leerlo ni dejó que pensáramos ni en su fama ni en la de nadie, la sigo considerando memorable. Asimismo, jamás menospreció a autor alguno ante nosotros, aunque se refería a la buena o mala factura de tal o cual texto; proponía evitar prejuicios y formular juicios, y nos enseñó a leer y a citar a Alfonso Reyes, en cuya capilla, y entonces biblioteca, trabajamos los martes de aquel año de gracia de 1973.
Ruiz tenía veinte años, y la fortuna también le concedió sus desdenes con pluralidad generosa, y le enseñó a mantener esa suspicacia o desconfianza que se oculta en la sutil sonrisa con la que enfrenta todo supuesto triunfo o pretendido éxito, ya que comprendió que nacer bajo el signo de la balanza tiene su precio. Porque aquel año y el siguiente, sus fracasos afectivos le otorgaron el conocimiento de la depresión profunda, la cabal pérdida de la autoestima, la comprensión de la música de Mahler --para levantar el ánimo--, y cierta propensión al mutismo o a la digresión --si no está a la mano un buen whisky como catalizador del habla.
Al término de la beca, cuando entregué a Monterroso lo que yo pomposamente llamaba 'el manuscrito de mi libro', Tito fue breve en su comentario: reescribe todo. Que tu manuscrito sea impecable en la presentación, sin tachaduras o enmendaduras. Que lleve un índice. Que haya una secreta propuesta de equilibrio interno y contrastes de los textos en el orden de tus cuentos. No tienes que publicar todo. Sólo aquello que ya no puedas mejorar sin empeorar.
Asunto oscuro. Según yo, ya estaba bien. Samperio, mi compañero de beca fue publicado al poco tiempo: Último round. Y luego estuve de atendedor de Luis Chumacero corrigiendo pruebas, discutiendo el orden de las historias, escuchando las demoledoras frases de don Alí respecto a las técnicas editoriales, y otros qué y cómos que sólo se aprenden en el camino. Fue muy bonito después ver publicado Casa llena, con Genaro y sus gogles en la portada, tal y como lo describía el Chumacero en el relato que da nombre al libro.
Reescribir Viene la muerte se convirtió en mi mayor ocupación. Ya he olvidado el número de versiones y correcciones que hice entre 74 y 75. Encontré una de tantas hace diez años, en los archivos de Literatura del INBA. Ciertamente, no es la que se usó en la publicación. Cuando después de un tiempo me quedé con unos cuantos cuentos que ocupaban casi 60 cuartillas, como decía Tito, me sentí un Balzac.
Sin embargo, el INBA no lo publicó. Cosas de programas y de presupuestos. Marco Antonio Campos se lo llevó a Eugenia Revueltas, quien decidió hacer de él el primer volumen individual de la colección de Punto de Partida, y Alí Chumacero se ofreció generosamente para cuidar la edición. El libro apareció en el otoño de 76.
Nadie soñaba en aquel entonces en vivir de la escritura, ni había becas de reintegro. De modo que terminé la carrera y comencé a dar clases en la UAM. Mi compañero de cubículo era un talento reconocido con el Premio Villaurrutia, Carlos Montemayor, autor de Las llaves de Urgell. Como apenas había unos cuantos alumnos en Azcapozalco, dábamos sólo tres clases a la semana. Y el resto del tiempo, como decía Alfonso Reyes, hora nalga. Y Azcapozalco en ese entonces estaba lejos de todo, incluso de Dios y de Estados Unidos.
Ésa fue otra beca. Ahí escribí mi tesis sobre Bioy Casares, los cuentos que conformarían años después La otra orilla, las once o doce versiones previas a la definitiva de Olvidar tu nombre, y mis primeros poemas, junto con numerosas reseñas de libros y algunas traducciones.
A Montemayor no le gustaba convivir con los demás profesores más que a la hora de la comida, y se la pasaba pegado a la máquina. Yo aprovechaba que teníamos derecho de pedir a la biblioteca lo que considerábamos prudente como acervo y Carlos, y otros profesores del área me recomendaban lecturas y preferencias. Además Montemayor me criticaba lo que escribía y yo le pagaba con la misma moneda. Fuego a discreción, pero amigos como siempre.
No hacíamos propiamente vida literaria. Aprovechábamos a los escritores visitantes (Ledo Ivo, Jean Meyer, Fernando Ferreira de Loanda, Isabel Fraire...), y teníamos espléndido cine y teatro. Conciertos, frecuentemente. Y lo más placentero de la UAM, entonces, es que reproducíamos a escala lo que más habíamos gozado de nuestra vida de estudiantes de la UNAM, como profesores de la UAM. Y como experiencia enriquecedora, nuestro trabajo: la reflexión constante respecto a la lengua y su enseñanza; lo que fuerza a analizar y proponer variantes estilísticas diversas, en cada curso, de las que uno también aprende. Algunas veces comenzábamos con Quevedo, otras por Arreola o Yáñez, como formas ejemplares de prosa, y cambiábamos la bibliografía cada trimestre, por rigor, para evitar la monotonía que desdibuja el valor de la enseñanza.
Cuando se es joven, desespera como narrador no tener la experiencia vital para desarrollar amplias o grandes historias. Poco a poco, con el tiempo, las anécdotas llegan, se aprecian con más dibujados perfiles; los personajes se muestran con mayor detalle y claridad; se aprende con la continuada práctica el goce del cuidado del detalle y la precisión al afinar un gesto, una atmósfera. Se distingue, con ayuda de la lectura de los poetas, la necesidad de perfeccionar ritmos, matices; se descubre cómo enriquecer con imágenes la prosa, cómo alcanzar las metáforas y rehuir los adjetivos fáciles o innecesarios.
Al leer a los dramaturgos, se aprenden los secretos del diálogo. Al recurrir a las grandes confesiones de otros escritores o a sus bien llevadas entrevistas, se reconoce el guiño cómplice, sus grandes secretos en una frase de apariencia inocente; en cortas frases comparten sus descubrimientos esenciales y uno aprende a comprobar dónde utilizarlos al analizar sus obras en la relectura.
Hay días estériles. Aparentemente estériles, o semanas, y Carlos Montemayor en su momento, y José Emilio Pacheco y Rubén Bonifaz Nuño, después, me recomendaron aprender y cultivar la traducción de autores con los que sintiera alguna afinidad. Hay un abismo entre leer en otra lengua y reescribir en la propia un texto ajeno: se convierte uno en ladrón de recursos. En especial si se tiene como principio cuidar un texto ajeno tanto como el propio.
Cumplidos diez años en la UAM, tuve miedo de que la vida sucediera fuera del campus y la viera pasar desde mi ventana. Dejé la universidad y ejercí diversos oficios, como editor, como bibliotecario, como servidor público, como promotor cultural. Di talleres. Vi mundo. Viajé y hablé con las personas que iba encontrando, y escuchaba sus historias; los dejaba hablar. Y regresaba a mi máquina o a la computadora todo el tiempo posible. Todos somos personajes, propios o de algún otro. Sabemos.
La regla ha sido robar tiempo al placer, al ocio, a la familia, a los amigos. Convivir y diluirse en la escritura. Encerrarme a leer. Vivir la vida como una fuente constante de la creación. He intentado todos los géneros y no conozco más descanso que escuchar música, conversar, ver algo de teatro, ver cine. Me gusta conocer a otros escritores y leer las propuestas de los jóvenes. Gozar de mis seres queridos. O hacer, editar libros...
No sé hacer dinero, ni tengo más propiedad que mi computadora y mi ropa. Me preocupan más mis ojos y mis dioptrías que la próstata. Ambiciono seguir escribiendo. No me interesa la fama, ni la crítica, ni los lectores; son factores que no dependen de mí. Los momentos más deliciosos de mi vida han estado relacionados con la lectura y con la escritura.
Evito dar consejos, sólo recomiendo libros o un buen café, escuchar un poco a Bach por la mañana, y releer un poquito de Homero, y de Cervantes, que a nadie hacen daño. Después, prefiero cerrar la boca y me digo a veces la frase del Eclesiastés: todo pasa, todo es vanidad. Y quien sabe a dónde va, no llega lejos. Y adelante, porque la vida no espera.
Vuelvo la vista y trato de explicarme por qué me puse a llenar cuadernos, a redactar frases desesperadas y reclamos al mundo, como si el mundo tuviera la culpa de que uno, alguna vez, deba ser adolescente. No siempre había sido adolescente: en 1964, un compañero de la primaria circulaba un periódico de chistes. Un gran negocio. A veinte centavos la lectura. Me pareció espléndida la idea y publiqué un diario.
Durante las noches de octubre, entonces, se oían las noticias de la olimpiada y yo las registraba para formar El reporter. No inventaba nada. El 98 por ciento de las noticias eran breves notas, dos o tres renglones de lo que dictaba un radio de transistores: notas nacionales, alguna internacional, deportes, humor; y los horóscopos, que eran más bien consejos del tipo, el Tauro que no empiece a estudiar la célula para el lunes, sufrirá un fatal revés en su existencia. Y párale de contar. Hacía un original y cinco copias al carbón. Se vendían en el primer recreo, y el producto ajustaba para el refresco y la torta del segundo. He olvidado cuántos números alcanzó la publicación y los motivos de su muerte. Puedo recordarlo ahora, cuarenta años después, porque entre los papeles de mi madre descubrí un ejemplar borroso y arrugado, que está en la gaveta de mi archivero entre papeles que, a su vez, mis hijos y mi(s) nieto(s) tal vez exhumarán o echarán al bote de lo reciclable. Desconozco cualquier otra forma de eternidad.
Quizá esa sea la época de mi vida en que escribí con mayor fervor e interés. Y la imagen puede representarse como un burro en marcha, balanceando la cola, persiguiendo una zanahoria que cuelga de un hilo atado a una vara, amarrada al cuello del animal.
En Los últimos días de Kant, un hermosísimo relato de Thomas de Quincey, se describe al filósofo cotidianamente enfrascado en la contemplación de un gran árbol frondoso frente a su ventana. Su vecino, más práctico que razón pura, lo derribó, ya que no producía fruto alguno. Kant reclamó enfurecido. Logró que el Ayuntamiento de Königsberg reconociera que la filosofía kantiana era fruto del árbol, y la planta volvió a ser colocada en su sitio. Y a dar fruto.
De Quincey no explica cómo se resucitó al árbol; ni el grupo de los cien ha esclarecido el caso. Mas De Quincey cuenta el hecho de una manera verosímil y eso basta.
Hombre disciplinado, riguroso y puntual, mi padre intentó hacer el mundo a su imagen y semejanza. Médico, gustaba de la lectura; abandonó su escasa afición por el cine en 1958; permitía la televisión por complacer a sus suegros, aficionados a las noticias de las 19:30; y para ver los toros, la tarde del domingo. Católico, siempre fue un cuáquero disfrazado: en su hogar todo se regía de acuerdo con las manecillas del reloj.
Por ello nunca me aficioné a la televisión, ni mis hermanos. Teníamos derecho a media hora de programación sosa. No nos compraba juguetes después de cumplidos los 6 años; pero siempre estuvo dispuesto a patrocinar casi cualquier libro. Buen investigador, nos usaba a mi hermano y a mí como conejillos de indias o ratas de laboratorio para corroborar la eficacia de nuevos medicamentos. Infirió, por ejemplo, que un compuesto había sido el único posible agente para enfermar a mi hermano de una hepatitis medicamentosa, y con éxito comprobó, tras administrármelo, que su hipótesis era cierta.
Debo a aquella hepatitis mi compulsión por la lectura y mi desapego al salón de clases. Las horas de vigilia en cama son larguísimas para un niño obligado a la pasividad, al reposo absoluto. Comprende con rapidez cómo la sombra de un muro se escurre con lentitud frente a su ventana y el tránsito de la luz a la oscuridad es inmenso y fatigosos como un desierto a mediodía. Inválido virtual, no tiene la posibilidad de empujar siquiera el segundero para que la vida suceda con mayor prontitud. Condenado a sus miedos y pensamientos, o a insomnios noctívagos, descubre una tarde con asombro la historia del Abate Faria y de Edmundo Dantés: y encuentra el mar, islas y tesoros ocultos, el valor y la audacia, y entonces descubre cuál es su libertad, y se enamora de ella para siempre.
A diario me llevaban la tarea, los libros y manuales del colegio; hacía mis deberes y seguía leyendo. En mes y medio logré salvar suma cum laude el cuarto de primaria, me hice lector y descubrí que nunca habían revisado ni corregido mis trabajos. Supe así que no se es más que un número en la lista, y que a nadie importa que uno sepa o no.
Había en la escuela una buena biblioteca y la hice mi sede y refugio: mis compañeros crecieron con celeridad; yo nunca. Lo cual me volvía muy vulnerable a la violencia. Y tal vez por ello mis quejas fueran escondidas en cuadernos o páginas de diario, donde también más tarde me dio por contar romances imaginarios y escribir en columnas, como en verso, frases cursis.
Habla la gente maravilla de esas edades y las rememora con suspiros y ojos en blanco. Yo no. Me alegro de no tener que volver a pasar por ahí.
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Las miras familiares siempre estuvieron alrededor de la ciencia. Averiguar por accidente que no sólo podía estudiar física y astronomía sino también letras, me cambió la vida a los quince años. Guardé en silencio mi vocación, no fuera a ser abruptamente cancelada; y sólo cuando llegó el resultado favorable del examen de admisión, y vio mi padre hacia dónde me dirigía sólo dijo, 'qué barbaridad, vas a perder tu alma'.
Y en efecto, la perdí.
Encontré el paraíso, se llamaba UNAM, Facultad de Filosofía y Letras, y vi que en el mundo había mucha más gente como yo. Que podía ver uno escritores por aquí y por allá, santones y vacas sagradas. Y como bono adicional, un buen número de mujeres bellísimas y más, muchas más horrendas. Ni los cielos son perfectos.
Los amigos que conservo los conocí entonces, ahí, a partir de marzo de 1971. Y bien, entre ellos están Marco Antonio Campos y Luis Chumacero, pero también considero al Amadís de Gaula, a La Celestina, a los poemas de Catulo y a Alonso Quijano, al implacable Huberto Batis, a Góngora, a Margarita Peña, toda chistosa, a Günter Grass, a Lovecraft y a José Donoso. Campos se instituyó en mi hermano mayor y me llevó con Luis Spota, al que le caí bien y me dejó colaborar en El Heraldo de México, en su suplemento. Campos llevó mis cuentos a Punto de partida y luego me hizo concursar para las primeras becas de narrativa que ofreció Bellas Artes para jóvenes, y esos momentos, ahora, me emocionan más que publicar un libro o terminar una traducción.
Lotería. Obtuve la beca, que equivaldría hoy a unos mil cien dólares. La fortuna de que mi tutor fuera Tito Monterroso, quien siempre nos enseñó lo mejor de él ?además de formas de respeto y prudencia ejemplares? y el deslumbramiento de que jamás nos hiciera leerlo ni dejó que pensáramos ni en su fama ni en la de nadie, la sigo considerando memorable. Asimismo, jamás menospreció a autor alguno ante nosotros, aunque se refería a la buena o mala factura de tal o cual texto; proponía evitar prejuicios y formular juicios, y nos enseñó a leer y a citar a Alfonso Reyes, en cuya capilla, y entonces biblioteca, trabajamos los martes de aquel año de gracia de 1973.
Ruiz tenía veinte años, y la fortuna también le concedió sus desdenes con pluralidad generosa, y le enseñó a mantener esa suspicacia o desconfianza que se oculta en la sutil sonrisa con la que enfrenta todo supuesto triunfo o pretendido éxito, ya que comprendió que nacer bajo el signo de la balanza tiene su precio. Porque aquel año y el siguiente, sus fracasos afectivos le otorgaron el conocimiento de la depresión profunda, la cabal pérdida de la autoestima, la comprensión de la música de Mahler --para levantar el ánimo--, y cierta propensión al mutismo o a la digresión --si no está a la mano un buen whisky como catalizador del habla.
Al término de la beca, cuando entregué a Monterroso lo que yo pomposamente llamaba 'el manuscrito de mi libro', Tito fue breve en su comentario: reescribe todo. Que tu manuscrito sea impecable en la presentación, sin tachaduras o enmendaduras. Que lleve un índice. Que haya una secreta propuesta de equilibrio interno y contrastes de los textos en el orden de tus cuentos. No tienes que publicar todo. Sólo aquello que ya no puedas mejorar sin empeorar.
Asunto oscuro. Según yo, ya estaba bien. Samperio, mi compañero de beca fue publicado al poco tiempo: Último round. Y luego estuve de atendedor de Luis Chumacero corrigiendo pruebas, discutiendo el orden de las historias, escuchando las demoledoras frases de don Alí respecto a las técnicas editoriales, y otros qué y cómos que sólo se aprenden en el camino. Fue muy bonito después ver publicado Casa llena, con Genaro y sus gogles en la portada, tal y como lo describía el Chumacero en el relato que da nombre al libro.
Reescribir Viene la muerte se convirtió en mi mayor ocupación. Ya he olvidado el número de versiones y correcciones que hice entre 74 y 75. Encontré una de tantas hace diez años, en los archivos de Literatura del INBA. Ciertamente, no es la que se usó en la publicación. Cuando después de un tiempo me quedé con unos cuantos cuentos que ocupaban casi 60 cuartillas, como decía Tito, me sentí un Balzac.
Sin embargo, el INBA no lo publicó. Cosas de programas y de presupuestos. Marco Antonio Campos se lo llevó a Eugenia Revueltas, quien decidió hacer de él el primer volumen individual de la colección de Punto de Partida, y Alí Chumacero se ofreció generosamente para cuidar la edición. El libro apareció en el otoño de 76.
Nadie soñaba en aquel entonces en vivir de la escritura, ni había becas de reintegro. De modo que terminé la carrera y comencé a dar clases en la UAM. Mi compañero de cubículo era un talento reconocido con el Premio Villaurrutia, Carlos Montemayor, autor de Las llaves de Urgell. Como apenas había unos cuantos alumnos en Azcapozalco, dábamos sólo tres clases a la semana. Y el resto del tiempo, como decía Alfonso Reyes, hora nalga. Y Azcapozalco en ese entonces estaba lejos de todo, incluso de Dios y de Estados Unidos.
Ésa fue otra beca. Ahí escribí mi tesis sobre Bioy Casares, los cuentos que conformarían años después La otra orilla, las once o doce versiones previas a la definitiva de Olvidar tu nombre, y mis primeros poemas, junto con numerosas reseñas de libros y algunas traducciones.
A Montemayor no le gustaba convivir con los demás profesores más que a la hora de la comida, y se la pasaba pegado a la máquina. Yo aprovechaba que teníamos derecho de pedir a la biblioteca lo que considerábamos prudente como acervo y Carlos, y otros profesores del área me recomendaban lecturas y preferencias. Además Montemayor me criticaba lo que escribía y yo le pagaba con la misma moneda. Fuego a discreción, pero amigos como siempre.
No hacíamos propiamente vida literaria. Aprovechábamos a los escritores visitantes (Ledo Ivo, Jean Meyer, Fernando Ferreira de Loanda, Isabel Fraire...), y teníamos espléndido cine y teatro. Conciertos, frecuentemente. Y lo más placentero de la UAM, entonces, es que reproducíamos a escala lo que más habíamos gozado de nuestra vida de estudiantes de la UNAM, como profesores de la UAM. Y como experiencia enriquecedora, nuestro trabajo: la reflexión constante respecto a la lengua y su enseñanza; lo que fuerza a analizar y proponer variantes estilísticas diversas, en cada curso, de las que uno también aprende. Algunas veces comenzábamos con Quevedo, otras por Arreola o Yáñez, como formas ejemplares de prosa, y cambiábamos la bibliografía cada trimestre, por rigor, para evitar la monotonía que desdibuja el valor de la enseñanza.
Cuando se es joven, desespera como narrador no tener la experiencia vital para desarrollar amplias o grandes historias. Poco a poco, con el tiempo, las anécdotas llegan, se aprecian con más dibujados perfiles; los personajes se muestran con mayor detalle y claridad; se aprende con la continuada práctica el goce del cuidado del detalle y la precisión al afinar un gesto, una atmósfera. Se distingue, con ayuda de la lectura de los poetas, la necesidad de perfeccionar ritmos, matices; se descubre cómo enriquecer con imágenes la prosa, cómo alcanzar las metáforas y rehuir los adjetivos fáciles o innecesarios.
Al leer a los dramaturgos, se aprenden los secretos del diálogo. Al recurrir a las grandes confesiones de otros escritores o a sus bien llevadas entrevistas, se reconoce el guiño cómplice, sus grandes secretos en una frase de apariencia inocente; en cortas frases comparten sus descubrimientos esenciales y uno aprende a comprobar dónde utilizarlos al analizar sus obras en la relectura.
Hay días estériles. Aparentemente estériles, o semanas, y Carlos Montemayor en su momento, y José Emilio Pacheco y Rubén Bonifaz Nuño, después, me recomendaron aprender y cultivar la traducción de autores con los que sintiera alguna afinidad. Hay un abismo entre leer en otra lengua y reescribir en la propia un texto ajeno: se convierte uno en ladrón de recursos. En especial si se tiene como principio cuidar un texto ajeno tanto como el propio.
Cumplidos diez años en la UAM, tuve miedo de que la vida sucediera fuera del campus y la viera pasar desde mi ventana. Dejé la universidad y ejercí diversos oficios, como editor, como bibliotecario, como servidor público, como promotor cultural. Di talleres. Vi mundo. Viajé y hablé con las personas que iba encontrando, y escuchaba sus historias; los dejaba hablar. Y regresaba a mi máquina o a la computadora todo el tiempo posible. Todos somos personajes, propios o de algún otro. Sabemos.
La regla ha sido robar tiempo al placer, al ocio, a la familia, a los amigos. Convivir y diluirse en la escritura. Encerrarme a leer. Vivir la vida como una fuente constante de la creación. He intentado todos los géneros y no conozco más descanso que escuchar música, conversar, ver algo de teatro, ver cine. Me gusta conocer a otros escritores y leer las propuestas de los jóvenes. Gozar de mis seres queridos. O hacer, editar libros...
No sé hacer dinero, ni tengo más propiedad que mi computadora y mi ropa. Me preocupan más mis ojos y mis dioptrías que la próstata. Ambiciono seguir escribiendo. No me interesa la fama, ni la crítica, ni los lectores; son factores que no dependen de mí. Los momentos más deliciosos de mi vida han estado relacionados con la lectura y con la escritura.
Evito dar consejos, sólo recomiendo libros o un buen café, escuchar un poco a Bach por la mañana, y releer un poquito de Homero, y de Cervantes, que a nadie hacen daño. Después, prefiero cerrar la boca y me digo a veces la frase del Eclesiastés: todo pasa, todo es vanidad. Y quien sabe a dónde va, no llega lejos. Y adelante, porque la vida no espera.
miércoles, octubre 06, 2004
Los nuevos alqimistas
Sus ojos son fuego
de Gonzalo Soltero
PREMIO NACIONAL DE NOVELA JORGE IBARGÜENGOITIA 2003
Soltero, Gonzalo. Sus ojos son fuego. Premio nacional de novela Jorge Ibargüengoitia 2003. Col. Premios nacionales, Ediciones la Rana, IECG. Guanajuato, Gto., 2004. Sin ISBN, 177 pp.
de Gonzalo Soltero
PREMIO NACIONAL DE NOVELA JORGE IBARGÜENGOITIA 2003
QUIENES HAN CONTEMPLADO el ojo de Dios inscrito en un triángulo, pocas veces lo relacionan con el fuego de la zarza que revela a Moisés la existencia divina.
Y en la clase de química nadie se opone a la explicación magistral que va describiendo que el azufre, que se escribe con 'z', proviene de la etimología del término latino sulphur, que se abrevia S, de donde deriva asimismo la palabra sulfurarse, circunstancia que manifiestada respecto a una persona, la sitúa entre la extrema ira y el borde de la violencia.
Continúa la clase de química, esta vez orgánica, donde se expone que los hidrocarburos contienen mucha energía, misma que se extrae de ellos a través de la combustión, generalmente por fuego.
Llama la atención que al fuego, como a Dios, se le represente como un triangulito, explica el profesor de química, y agrega: en la medida que esta ciencia se organiza con base en el trabajo de los antiguos alquimistas, que representaban de esta manera al fuego, la costumbre se conserva hasta nuestros días.
Pocos como los alquimistas, a su vez, para mantener vivas dos tradiciones: la pitagórica ?por una parte? y las reflexiones de Hermes Trimegisto. Los alquimistas profundizaron, como lo hicieron los cabalistas también, en el orden de la creación y su equilibrio; así como en la importancia de la triada y el número tres (pensemos en los lados del triángulo y en sus tres ángulos, y en otros tantos complementarios), como uno de los números perfectos de la creación (tal y como son los otros dos primos: el cinco, base del pentáculo, el pentagrama protector; y el siete, número mágico y perfecto por antonomasia; además de la unidad, el uno).
El Dante, en la Vita nuova, reflexiona también con respecto a otros asuntos numéricos: con toda claridad nos previene contra el seis, el número de la imperfección --afirma-- porque no alcanza la perfección del siete. Así, el número de la bestia, del Anticristo, tiene en su nombre el 666, una triada de seises: la imperfección tres veces reiterada.
Y bien, si el mundo moderno carece de la pericia para comprender estas antiguas cuestiones, ello no es impedimento para que ocurran en él acontecimientos que señalan el final de los tiempos. Lo cual --asimismo-- es la base de la que debe partirse para su posible explicación.
Hace tiempo, comentando con Rubén Bonifaz Nuño algunos de sus textos, discutíamos que Fuego de pobres, uno de sus más hermosos e intensos poemarios, tiene una mayor aceptación entre los lectores debido a su claridad exotérica; es decir, por su expresión de la realidad sensible dentro de un orden natural y cotidiano. Cuando, en contraste, La flama en el espejo es más bien un libro hermético, tanto como El canto a un dios mineral de Jorge Cuesta, precisamente por su estrecho contacto con las antiguas tradiciones que el neoclacisismo y el enciclopedismo buscaron enterrar.
A ningún lector atento extraña, después de la lectura de El perjurio de la nieve de Adolfo Bioy Casares o de su Historia prodigiosa, que haya una reiterada búsqueda a través de la literatura contemporánea de otros conocimientos a través de símbolos en apariencia olvidados.
Bioy buscó mostrar la presencia de una serie de de dioses griegos o romanos que intervienen aún en el destino de los hombres, quienes ?ciegos de vanidad? creen actuar con libre albedrío, a diferencia de los personajes de la Iliada o la Odisea, quienes reconocen la interacción divina en la vida humana y en los actos de los héroes.
Búsqueda semejante emprendió Carlos Chimal con Lengua de pájaros, novela que se refiere directamente al modo secreto entre los alquimistas de comunicar sus conocimientos en relación con la búsqueda de la piedra filosofal, y su gnosis.
No extraña por ello que Gonzalo Soltero, con análogos fundamentos, ubique en nuestro tiempo y circunstancias una historia de tradición milenaria: la caída de una ciudad, el término de una civilización. Nuestra ciudad. Nuestra civilización. Y que en particular, la voz narrativa de su volumen, incorpórea y omnisciente, relate bajo la imagen del fuego o del número de la bestia (la bestia misma) la final hecatombe de un mundo que no es ya la divina Tenochtitlan.
Aquel que tiene los ojos de fuego, esa voz que narra, cumple a la perfección con su intento: demostrar que tras una fase evolutiva una especie puede dominar a una especie débil, la nuestra.
En Sus ojos son fuego, una triada de biólogos y fisiólogos: Adrian Ustoria, Malula Maldonado y Héctor Carrillo se enfrentan respecto a la aplicación del método científico en una investigación. En ella, una triada de monos bonobobos: Vicenta, Simión y Alex son sacrificados en aras de la búsqueda de estímulos en sus comportamientos sexuales y de agresión a través de la inducción de una serie de agentes diversos en sus centros nerviosos e hipotalámico.
Los lectores descubrirán con azoro, junto con los observadores de la investigación, que los estimulantes son capaces de vencer la fuerza del instinto de reproducción --instinto que en circunstancias normales rebasa la importancia y prioridad del de supervivencia. Es decir, la violencia y la agresión pueden llegar entre los mismos individuos a rebasar, contra natura, el impulso de perpetuación.
Una tercera triada actúa en función de sus propios intereses: los sindicalizados del instituto: Herlinada, Filemón y Fran, que asuzan los miedos sociales a través de los diversos medios y recursos a su alcance.
Por su parte, el fuego tiene un instrumento: Miguelito, catalizador de la circunstancia. Como inspirado en un eco bíblico de la frase evangélica que afirma: "Mi nombre es legión", Miguelito es una rata de fuerza y proporciones inusuales.
A su vez, al ir descifrando estas circunstancias, el lector de Sus ojos son fuego tiene presente una frase frecuente de los diarios: la universidad es el laboratorio del país. Y quien ha leído los diarios vespertinos de los años recientes recuerda y descubre un hecho apuntado con frecuencia: las ratas de la ciudad no sólo se han multiplicado, han aumentado su tamaño hasta alcanzar proporciones aterradoras.
Los nocturnos caminantes solitarios saben que la ciudad sólo posee unos cuantos fantasmas; pero en cambio abunda en sombras fugitivas, acechantes, no sólo en alcantarillas o en esquinas, sino en bardas, tuberías, escaleras y azoteas.
La triada de sindicalistas, rodeada de animales e instrumentos bajo su responsabilidad y control, conoce su poder por encima de las restantes triadas, y lo ejerce de modo lúcido para pervertir el orden acostumbrado de las cosas.
Los acontecimientos se narran en tres capítulos, que comprenden los tres días que bastan para dar cuenta de que la hipótesis de Adrián Ustoria llegaba más lejos de lo intuido o imaginado. Así, comprendemos: su destino está sellado. Extraños dioses jugaron con él y con nosotros.
Ustoria, en carne propia ha ido padeciendo golpes, asaltos, agrsiones. Nadie se salva en la Ciudad de México: atisbamos el fatal desenlace cuando tres asesinatos rituales se cumplen. El número de la bestia habrá alcanzado la perfección que necesita. Se abrirán entonces las puertas del abismo y se desatará su cólera. Con ello el resto de los hechos se cumplen con perfección en un mundo donde la creciente ola de agresión y violencia refuerzan el horror que nos corresponde vivir.
Con estos elementos, Gonzalo Soltero ha logrado una novela estremecedora, tensa, brillante que se dispara de principio a fin en una noche iluminada por sombras, que se inserta de manera lúcida en la historia de la literatura mexicana de este nuevo milenio.
Y en la clase de química nadie se opone a la explicación magistral que va describiendo que el azufre, que se escribe con 'z', proviene de la etimología del término latino sulphur, que se abrevia S, de donde deriva asimismo la palabra sulfurarse, circunstancia que manifiestada respecto a una persona, la sitúa entre la extrema ira y el borde de la violencia.
Continúa la clase de química, esta vez orgánica, donde se expone que los hidrocarburos contienen mucha energía, misma que se extrae de ellos a través de la combustión, generalmente por fuego.
Llama la atención que al fuego, como a Dios, se le represente como un triangulito, explica el profesor de química, y agrega: en la medida que esta ciencia se organiza con base en el trabajo de los antiguos alquimistas, que representaban de esta manera al fuego, la costumbre se conserva hasta nuestros días.
Pocos como los alquimistas, a su vez, para mantener vivas dos tradiciones: la pitagórica ?por una parte? y las reflexiones de Hermes Trimegisto. Los alquimistas profundizaron, como lo hicieron los cabalistas también, en el orden de la creación y su equilibrio; así como en la importancia de la triada y el número tres (pensemos en los lados del triángulo y en sus tres ángulos, y en otros tantos complementarios), como uno de los números perfectos de la creación (tal y como son los otros dos primos: el cinco, base del pentáculo, el pentagrama protector; y el siete, número mágico y perfecto por antonomasia; además de la unidad, el uno).
El Dante, en la Vita nuova, reflexiona también con respecto a otros asuntos numéricos: con toda claridad nos previene contra el seis, el número de la imperfección --afirma-- porque no alcanza la perfección del siete. Así, el número de la bestia, del Anticristo, tiene en su nombre el 666, una triada de seises: la imperfección tres veces reiterada.
Y bien, si el mundo moderno carece de la pericia para comprender estas antiguas cuestiones, ello no es impedimento para que ocurran en él acontecimientos que señalan el final de los tiempos. Lo cual --asimismo-- es la base de la que debe partirse para su posible explicación.
Hace tiempo, comentando con Rubén Bonifaz Nuño algunos de sus textos, discutíamos que Fuego de pobres, uno de sus más hermosos e intensos poemarios, tiene una mayor aceptación entre los lectores debido a su claridad exotérica; es decir, por su expresión de la realidad sensible dentro de un orden natural y cotidiano. Cuando, en contraste, La flama en el espejo es más bien un libro hermético, tanto como El canto a un dios mineral de Jorge Cuesta, precisamente por su estrecho contacto con las antiguas tradiciones que el neoclacisismo y el enciclopedismo buscaron enterrar.
A ningún lector atento extraña, después de la lectura de El perjurio de la nieve de Adolfo Bioy Casares o de su Historia prodigiosa, que haya una reiterada búsqueda a través de la literatura contemporánea de otros conocimientos a través de símbolos en apariencia olvidados.
Bioy buscó mostrar la presencia de una serie de de dioses griegos o romanos que intervienen aún en el destino de los hombres, quienes ?ciegos de vanidad? creen actuar con libre albedrío, a diferencia de los personajes de la Iliada o la Odisea, quienes reconocen la interacción divina en la vida humana y en los actos de los héroes.
Búsqueda semejante emprendió Carlos Chimal con Lengua de pájaros, novela que se refiere directamente al modo secreto entre los alquimistas de comunicar sus conocimientos en relación con la búsqueda de la piedra filosofal, y su gnosis.
No extraña por ello que Gonzalo Soltero, con análogos fundamentos, ubique en nuestro tiempo y circunstancias una historia de tradición milenaria: la caída de una ciudad, el término de una civilización. Nuestra ciudad. Nuestra civilización. Y que en particular, la voz narrativa de su volumen, incorpórea y omnisciente, relate bajo la imagen del fuego o del número de la bestia (la bestia misma) la final hecatombe de un mundo que no es ya la divina Tenochtitlan.
Aquel que tiene los ojos de fuego, esa voz que narra, cumple a la perfección con su intento: demostrar que tras una fase evolutiva una especie puede dominar a una especie débil, la nuestra.
En Sus ojos son fuego, una triada de biólogos y fisiólogos: Adrian Ustoria, Malula Maldonado y Héctor Carrillo se enfrentan respecto a la aplicación del método científico en una investigación. En ella, una triada de monos bonobobos: Vicenta, Simión y Alex son sacrificados en aras de la búsqueda de estímulos en sus comportamientos sexuales y de agresión a través de la inducción de una serie de agentes diversos en sus centros nerviosos e hipotalámico.
Los lectores descubrirán con azoro, junto con los observadores de la investigación, que los estimulantes son capaces de vencer la fuerza del instinto de reproducción --instinto que en circunstancias normales rebasa la importancia y prioridad del de supervivencia. Es decir, la violencia y la agresión pueden llegar entre los mismos individuos a rebasar, contra natura, el impulso de perpetuación.
Una tercera triada actúa en función de sus propios intereses: los sindicalizados del instituto: Herlinada, Filemón y Fran, que asuzan los miedos sociales a través de los diversos medios y recursos a su alcance.
Por su parte, el fuego tiene un instrumento: Miguelito, catalizador de la circunstancia. Como inspirado en un eco bíblico de la frase evangélica que afirma: "Mi nombre es legión", Miguelito es una rata de fuerza y proporciones inusuales.
A su vez, al ir descifrando estas circunstancias, el lector de Sus ojos son fuego tiene presente una frase frecuente de los diarios: la universidad es el laboratorio del país. Y quien ha leído los diarios vespertinos de los años recientes recuerda y descubre un hecho apuntado con frecuencia: las ratas de la ciudad no sólo se han multiplicado, han aumentado su tamaño hasta alcanzar proporciones aterradoras.
Los nocturnos caminantes solitarios saben que la ciudad sólo posee unos cuantos fantasmas; pero en cambio abunda en sombras fugitivas, acechantes, no sólo en alcantarillas o en esquinas, sino en bardas, tuberías, escaleras y azoteas.
La triada de sindicalistas, rodeada de animales e instrumentos bajo su responsabilidad y control, conoce su poder por encima de las restantes triadas, y lo ejerce de modo lúcido para pervertir el orden acostumbrado de las cosas.
Los acontecimientos se narran en tres capítulos, que comprenden los tres días que bastan para dar cuenta de que la hipótesis de Adrián Ustoria llegaba más lejos de lo intuido o imaginado. Así, comprendemos: su destino está sellado. Extraños dioses jugaron con él y con nosotros.
Ustoria, en carne propia ha ido padeciendo golpes, asaltos, agrsiones. Nadie se salva en la Ciudad de México: atisbamos el fatal desenlace cuando tres asesinatos rituales se cumplen. El número de la bestia habrá alcanzado la perfección que necesita. Se abrirán entonces las puertas del abismo y se desatará su cólera. Con ello el resto de los hechos se cumplen con perfección en un mundo donde la creciente ola de agresión y violencia refuerzan el horror que nos corresponde vivir.
Con estos elementos, Gonzalo Soltero ha logrado una novela estremecedora, tensa, brillante que se dispara de principio a fin en una noche iluminada por sombras, que se inserta de manera lúcida en la historia de la literatura mexicana de este nuevo milenio.
Soltero, Gonzalo. Sus ojos son fuego. Premio nacional de novela Jorge Ibargüengoitia 2003. Col. Premios nacionales, Ediciones la Rana, IECG. Guanajuato, Gto., 2004. Sin ISBN, 177 pp.
martes, octubre 05, 2004
La notable escritura de Augusto Monterroso y su heterónimo Eduardo Torres
¿CÓMO SE HACE UN ESCRITOR? ¿Qué hacen los escritores? Su naturaleza camaleónica qué aires respira, cuáles son sus maneras de vivir, sus ritos de paso, sus modos de reproducirse y de no morir? Éstas y análogas preguntas se responden --o sus respuestas se insinúan-- en Lo demás es silencio, de Augusto Monterroso (1921-2003) cuya primera edición de cuatro mil ejemplares apareció en octubre 7 de 1978, esto es hace 26 años.
Antes de este libro, Monterroso había escrito y publicado, en 1959, Obras completas (y otros cuentos); además de La oveja negra y otras fábulas, 1969, volumen que en breve tiempo tuvo un amplio número de lectores. Sin embargo, para Tito --a quien nadie se dirigía como Augusto, lo que hubiera sido una antinomia flagrante--, la fama y el boato no eran cuestiones capitales sino el placer inmenso de acercar palabra por palabra su obra a una perfección aprendida en los clásicos universales; asunto que hoy en día a pocos autores y lectores interesa.
En reciprocidad, la aceptación y reconocimiento, curiosamente, no le abrieron la puerta del círculo de premios y galardones del establishment literario de México; mas era obvio para los lectores de entonces que Monterroso era uno de los autores medulares del 'boom' latinoamericano; como lo registraba José Donoso en 1972, entre las páginas de su Historia personal del boom, biografía de una generación que se publicó al mismo tiempo propiamente que Movimiento Perpetuo, volumen donde Monterroso confirmó su dominio del ensayo literario.
Cuando Michel de Montaigne decidió escribir el amplio opúsculo o serie de reflexiones que hacen de él un autor perdurable, puso como principio para el género esa recapitulación de la propia experiencia en contraste con los hechos y dichos del mundo. Contados autores han aprendido con tanto gusto la lección. Monterroso manifiesta en su escritura que una parte del orbe, incluso la que es vista como trágica a veces, tiene su contraparte humorística, y la mejor manera de mostrarlo es a partir de esta aparente contradicción. Tito ubica la vida como el punto de equilibrio de la constante oposición entre la lectura y el oficio de escribir, y para ilustrar el asunto cede la palabra a su heterónimo Eduardo Torres, a quien había comenzado a tratar y a descubrir a fines de los 50.
De varias maneras Torres ya tenía cierta influencia en la vida de Monterroso para este libro. Algunos de los pensamientos del sanblaseño se habían deslizado como epígrafes entre los textos de Movimiento perpetuo:
Asimismo, gracias a Monterroso sabemos que Torres no excedía el 1.60 mts., de estatura, y que --en muchos sentidos-- las enseñanzas del polígrafo de San Blas incidieron en nuestro autor. De hecho, el ensayo 'Humorismo' de Movimiento perpetuo es una disertación que se dirime a través de dos argumentos: el de Monterroso-Clausewitz: 'El humorismo es el realismo llevado a sus últimas consecuencias'; y el de su maestro Eduardo Torres, quien define a los hombres como los animales más estúpidos y ridículos de la creación, capaces de perder el espíritu cuando optan por la guerra.
Esta proximidad entre Torres y Monterroso se hace evidente a la muerte del maestro ET. El agradecido discípulo y amigo reúne y transcribe con afecto filial textos dispersos del sanblaseño y las opiniones de gente afín a ET, un testimonio donde se recupera la peculiar personalidad --descubrimos-- de un hombre de letras.
En su momento, hubo quien quiso ver en Lo demás es silencio una novela biográfica y una antología, ya que había razones para ello con base en la estructuración del texto y en la unidad estilística que logró Monterroso en el libro. Asimismo, no faltaron voces que argumentaran que --al modo de Boswell, Platón, Hitchcock o Gironella pintando Las meninas--, Monterroso --autor de los menos aficionados a referirse a sí mismo-- finalmente había caído en la tentación de aparecer como testigo de su propia obra. Las relaciones de Luciano Zamora y la firmada 'un amigo' fueron objeto de diversos análisis lexicográficos y estilísticos a la manera de cada teoría postulada ad hoc, e incluso dieron materia para entrevistas o artículos que Marco Antonio Campos o Wilfrido H. Corral tuvieron a bien compilar en diferentes épocas.
Para los discípulos de los talleres de Monterroso en el INBA, cuya metodología y circunstancia ha descrito con acierto Juan Villoro, es evidente que Tito gustaba de hacer literaria la vida y tomar de la vida y de la literatura el material para la literatura. Cuenta uno de los becarios de aquel taller que un periodista acudió a entrevistar al escritor en la Capilla Alfonsina, a fin de hacer alguna nota respecto a su vertiente didáctica, lo cual no interesaba mayormente a Monterroso. Periodista y alumnos por igual disfrutaron del ir y venir de las preguntas y respuestas. Ya a solas, el tutor interrogó a los discípulos:
--¿Se fijaron cómo lo entrevisté?
Quizá esta anécdota ilustra en el juego de espejos que muestra con claridad la distancia de Monterroso respecto a la vida literaria en 'Te conozco, mascarita' de Movimiento perpetuo:
Texto donde Monterroso, a la manera de Marcial, manifestó una de las características esenciales de su modo de ser. Libro catártico, Movimiento perpetuo es el volumen más representativo de la intimidad de Monterroso persona, quien dirime la diferencia entre una serie de cuestiones fundamentales para comprender su lectura. Seriedad y humorismo, excentricidad y seriedad, la escritura y el amor, las moscas, la lectura, las separaciones, riqueza o pobreza, el cinismo y el escepticismo, política e ideologías. La estatura y los complejos de los demás. Eternidad, muerte e infinito. La vergüenza y la incomprensión, la amplitud o la sabia brevedad se vuelven temas donde la lucidez gobierna cada frase con una claridad deslumbrante que la fascinación del lector.
De manera que, cuando se lee la frase de Cicerón:'Niño, espanta las moscas', que es colofón de Movimiento perpetuo, el lector descubre que tras el descenso al infierno, Monterroso ha exorcizado a sus demonios.
Monterroso, puede entonces emular las mareas: ser el biógrafo de Torres, su discípulo, y ver la astilla y la viga en el escritor admirado para asumirse como un autor desconocido --desde entonces hasta Los buscadores de oro (1993)-- 'o, tal vez con más exactitud, un autor ignorado'.
Ésas y las siguientes líneas de Los buscadores... muestran con claridad el eterno pánico escénico de Monterroso en un autorretrato doloroso, que contrasta con el Monterroso atento, serio y perspicaz, de maneras sencillas e intervenciones discretas, agradables que fue siempre, presto a aconsejar a sus discípulos: 'aprendan a hablar en público' con el mismo placer que transmitía el consejo de los romanos: 'deja descansar el libro'; o, 'nadie como Samuel Pepys ('¿paips?, ¿pypis?', cómo caramba se pronunciará...) y sus diarios para descubrirnos el placer que es escribir sin preocuparse que un texto vaya a ser publicado'.
Ah, la retórica, la antigua retórica, la de Quintiliano, no es otra la que utilizó y enseñó Monterroso: y con un matiz que todo guatemalteco reconoce como característica nacional: dicho, mostrado con una dulzura de miniaturista.
Es imposible hacerse de una idea directa de Eduardo Torres, descubrimos tras la lectura de Lo demás es silencio; donde con una sabiduría rayana en la travesura, el compilador y exégeta de Torres ha seguido a consciencia el consejo de Jorge Luis Borges para elaborar su estructura 'a partir de una broma que Wilde atribuye a Carlyle':
Efectivamente, podemos ver las actitudes en público de Torres, cuando se le pide sea candidato a un puesto de elección. Nos enteramos, por su hermano, de sus orígenes y sus afectos filiales, además de su infatigable interés por los libros. Podemos saber de sus horarios y su relación con el mozo IBM --Monterroso dixit-- que hace de asistente o secretario particular, o bien asistimos a la intimidad de Eduardo a través de los ojos de su esposa con todo y sus pudores pueblerinos de mujer de intelectual. O, incluso, son amplios sus fragmentos, a la manera de los de Safo, a los que tenemos acceso; y cuantiosa la compilación de aforismos hecha por Carrasquilla; mas todo ello no deja ver con claridad el talento de Torres. De modo que al final percibimos que estamos ante la historia de cualquier escritor latinoamericano, pero no estamos más seguros ni de la bibliografía ni de la personalidad de Torres que antes. Se ha captado el espíritu universal e individual de Torres con la misma perfección del silogismo 'Todo hombre es mortal. Sócrates es hombre. Luego entonces, Sócrates es mortal.'
Mas en esa indefinición se ha capturado con golpe maestro la precisión: los observables y amplificables o reductibles defectos y cualidades de todo autor o intelectual aparecen ahí, en la distraída mirada de los que rodean al Maestro, quienes 'hábilmente perfilados' carecen de la perspicacia y la precisión de un Balzac para observar un personaje, y prescindir de sí mismos.
Augusto Monterroso era consciente de que la literatura tomaba por asalto. Afirmaba que la buena literatura refiere a obras previas, tácita o explícitamente. Sabía que la mejor literatura es específica: en la secreta alianza de forma y fondo podía compararse al escritor con el tirador que escoge el arma y el proyectil adecuados para cada tiempo, clima, lugar y blanco. Y se dedicó a demostrarlo. Callada, discretamente se convirtió de un escritor para escritores en un escritor para lectores, y a diferencia de los prestidigitadores que jamás deben explicar sus trucos, Monterroso exhibió y explicó con detalle el uso y manejo de cada una de sus armas. Logró dar una apariencia de naturalidad a cada uno de los géneros que reformó e, igualmente, consiguió que lo más difícil se lea con facilidad, como si la vida o la literatura fueran fáciles.
Con osadía, tiempo después, escribió y publicó paulatinamente lo que sería el gran contraste con Lo demás es silencio: las páginas del diario de un escritor que permite conozcamos su vida e intimidad --sin pudores gazmoños de señora provinciana--: La letra E (1986).
Dispuesto a no repetirse, se apartó del humor en busca de la altura épica en un libro esencial: La palabra mágica (1983), ensayos concebidos en un tono de logopea poundiana donde el tránsito de la lectura de 'Llorar a orillas del río Mapocho' hasta 'Los libros tienen su propia suerte' resume --más que cualquier perfil crítico o biográfico-- los esfuerzos del escritor, de sus trabajos y sus días, y resuelve de una vez por todas cualesquier pregunta respecto al porqué de una vocación frente al destino.
¿CÓMO SE HACE UN ESCRITOR? ¿Qué hacen los escritores? Su naturaleza camaleónica qué aires respira, cuáles son sus maneras de vivir, sus ritos de paso, sus modos de reproducirse y de no morir? Éstas y análogas preguntas se responden --o sus respuestas se insinúan-- en Lo demás es silencio, de Augusto Monterroso (1921-2003) cuya primera edición de cuatro mil ejemplares apareció en octubre 7 de 1978, esto es hace 26 años.
Antes de este libro, Monterroso había escrito y publicado, en 1959, Obras completas (y otros cuentos); además de La oveja negra y otras fábulas, 1969, volumen que en breve tiempo tuvo un amplio número de lectores. Sin embargo, para Tito --a quien nadie se dirigía como Augusto, lo que hubiera sido una antinomia flagrante--, la fama y el boato no eran cuestiones capitales sino el placer inmenso de acercar palabra por palabra su obra a una perfección aprendida en los clásicos universales; asunto que hoy en día a pocos autores y lectores interesa.
En reciprocidad, la aceptación y reconocimiento, curiosamente, no le abrieron la puerta del círculo de premios y galardones del establishment literario de México; mas era obvio para los lectores de entonces que Monterroso era uno de los autores medulares del 'boom' latinoamericano; como lo registraba José Donoso en 1972, entre las páginas de su Historia personal del boom, biografía de una generación que se publicó al mismo tiempo propiamente que Movimiento Perpetuo, volumen donde Monterroso confirmó su dominio del ensayo literario.
Cuando Michel de Montaigne decidió escribir el amplio opúsculo o serie de reflexiones que hacen de él un autor perdurable, puso como principio para el género esa recapitulación de la propia experiencia en contraste con los hechos y dichos del mundo. Contados autores han aprendido con tanto gusto la lección. Monterroso manifiesta en su escritura que una parte del orbe, incluso la que es vista como trágica a veces, tiene su contraparte humorística, y la mejor manera de mostrarlo es a partir de esta aparente contradicción. Tito ubica la vida como el punto de equilibrio de la constante oposición entre la lectura y el oficio de escribir, y para ilustrar el asunto cede la palabra a su heterónimo Eduardo Torres, a quien había comenzado a tratar y a descubrir a fines de los 50.
De varias maneras Torres ya tenía cierta influencia en la vida de Monterroso para este libro. Algunos de los pensamientos del sanblaseño se habían deslizado como epígrafes entre los textos de Movimiento perpetuo:
'Poeta, no regales tu libro; destrúyelo tu mismo.',muy citado entonces por los narradores y comunicadores --aunque actualmente es poco recordado ante las escasas ediciones del género. En cambio, se ha revalorado ante la crítica política de los tiempos que corren el inolvidable aforismo cirquense de ET: 'los enanos tienen una especie de sexto sentido que les permite reconocerse a primera vista'.
Asimismo, gracias a Monterroso sabemos que Torres no excedía el 1.60 mts., de estatura, y que --en muchos sentidos-- las enseñanzas del polígrafo de San Blas incidieron en nuestro autor. De hecho, el ensayo 'Humorismo' de Movimiento perpetuo es una disertación que se dirime a través de dos argumentos: el de Monterroso-Clausewitz: 'El humorismo es el realismo llevado a sus últimas consecuencias'; y el de su maestro Eduardo Torres, quien define a los hombres como los animales más estúpidos y ridículos de la creación, capaces de perder el espíritu cuando optan por la guerra.
Esta proximidad entre Torres y Monterroso se hace evidente a la muerte del maestro ET. El agradecido discípulo y amigo reúne y transcribe con afecto filial textos dispersos del sanblaseño y las opiniones de gente afín a ET, un testimonio donde se recupera la peculiar personalidad --descubrimos-- de un hombre de letras.
En su momento, hubo quien quiso ver en Lo demás es silencio una novela biográfica y una antología, ya que había razones para ello con base en la estructuración del texto y en la unidad estilística que logró Monterroso en el libro. Asimismo, no faltaron voces que argumentaran que --al modo de Boswell, Platón, Hitchcock o Gironella pintando Las meninas--, Monterroso --autor de los menos aficionados a referirse a sí mismo-- finalmente había caído en la tentación de aparecer como testigo de su propia obra. Las relaciones de Luciano Zamora y la firmada 'un amigo' fueron objeto de diversos análisis lexicográficos y estilísticos a la manera de cada teoría postulada ad hoc, e incluso dieron materia para entrevistas o artículos que Marco Antonio Campos o Wilfrido H. Corral tuvieron a bien compilar en diferentes épocas.
Para los discípulos de los talleres de Monterroso en el INBA, cuya metodología y circunstancia ha descrito con acierto Juan Villoro, es evidente que Tito gustaba de hacer literaria la vida y tomar de la vida y de la literatura el material para la literatura. Cuenta uno de los becarios de aquel taller que un periodista acudió a entrevistar al escritor en la Capilla Alfonsina, a fin de hacer alguna nota respecto a su vertiente didáctica, lo cual no interesaba mayormente a Monterroso. Periodista y alumnos por igual disfrutaron del ir y venir de las preguntas y respuestas. Ya a solas, el tutor interrogó a los discípulos:
--¿Se fijaron cómo lo entrevisté?
Quizá esta anécdota ilustra en el juego de espejos que muestra con claridad la distancia de Monterroso respecto a la vida literaria en 'Te conozco, mascarita' de Movimiento perpetuo:
El humor y la timidez generalmente se dan juntos. Tú no eres una excepción. El humor es una máscara y la timidez otra. No dejes que te quiten las dos al mismo tiempo.
Texto donde Monterroso, a la manera de Marcial, manifestó una de las características esenciales de su modo de ser. Libro catártico, Movimiento perpetuo es el volumen más representativo de la intimidad de Monterroso persona, quien dirime la diferencia entre una serie de cuestiones fundamentales para comprender su lectura. Seriedad y humorismo, excentricidad y seriedad, la escritura y el amor, las moscas, la lectura, las separaciones, riqueza o pobreza, el cinismo y el escepticismo, política e ideologías. La estatura y los complejos de los demás. Eternidad, muerte e infinito. La vergüenza y la incomprensión, la amplitud o la sabia brevedad se vuelven temas donde la lucidez gobierna cada frase con una claridad deslumbrante que la fascinación del lector.
De manera que, cuando se lee la frase de Cicerón:'Niño, espanta las moscas', que es colofón de Movimiento perpetuo, el lector descubre que tras el descenso al infierno, Monterroso ha exorcizado a sus demonios.
Monterroso, puede entonces emular las mareas: ser el biógrafo de Torres, su discípulo, y ver la astilla y la viga en el escritor admirado para asumirse como un autor desconocido --desde entonces hasta Los buscadores de oro (1993)-- 'o, tal vez con más exactitud, un autor ignorado'.
Ésas y las siguientes líneas de Los buscadores... muestran con claridad el eterno pánico escénico de Monterroso en un autorretrato doloroso, que contrasta con el Monterroso atento, serio y perspicaz, de maneras sencillas e intervenciones discretas, agradables que fue siempre, presto a aconsejar a sus discípulos: 'aprendan a hablar en público' con el mismo placer que transmitía el consejo de los romanos: 'deja descansar el libro'; o, 'nadie como Samuel Pepys ('¿paips?, ¿pypis?', cómo caramba se pronunciará...) y sus diarios para descubrirnos el placer que es escribir sin preocuparse que un texto vaya a ser publicado'.
Ah, la retórica, la antigua retórica, la de Quintiliano, no es otra la que utilizó y enseñó Monterroso: y con un matiz que todo guatemalteco reconoce como característica nacional: dicho, mostrado con una dulzura de miniaturista.
Es imposible hacerse de una idea directa de Eduardo Torres, descubrimos tras la lectura de Lo demás es silencio; donde con una sabiduría rayana en la travesura, el compilador y exégeta de Torres ha seguido a consciencia el consejo de Jorge Luis Borges para elaborar su estructura 'a partir de una broma que Wilde atribuye a Carlyle':
?Una biografía de Miguel Ángel que omitiera toda mención de las obras de Miguel Ángel [...] No es inconcebible una historia de los sueños de un hombre; otra, de los órganos de su cuerpo; otra, de las falacias cometidas por él; otra, de todos los momentos en que se imaginó las pirámides; otra, de su comercio con la noche y con las auroras. [...] La broma de Carlyle predecía nuestra literatura contemporánea...?
Sobre el 'Vathek' de William Beckforth, de Otras inquisiciones
Efectivamente, podemos ver las actitudes en público de Torres, cuando se le pide sea candidato a un puesto de elección. Nos enteramos, por su hermano, de sus orígenes y sus afectos filiales, además de su infatigable interés por los libros. Podemos saber de sus horarios y su relación con el mozo IBM --Monterroso dixit-- que hace de asistente o secretario particular, o bien asistimos a la intimidad de Eduardo a través de los ojos de su esposa con todo y sus pudores pueblerinos de mujer de intelectual. O, incluso, son amplios sus fragmentos, a la manera de los de Safo, a los que tenemos acceso; y cuantiosa la compilación de aforismos hecha por Carrasquilla; mas todo ello no deja ver con claridad el talento de Torres. De modo que al final percibimos que estamos ante la historia de cualquier escritor latinoamericano, pero no estamos más seguros ni de la bibliografía ni de la personalidad de Torres que antes. Se ha captado el espíritu universal e individual de Torres con la misma perfección del silogismo 'Todo hombre es mortal. Sócrates es hombre. Luego entonces, Sócrates es mortal.'
Mas en esa indefinición se ha capturado con golpe maestro la precisión: los observables y amplificables o reductibles defectos y cualidades de todo autor o intelectual aparecen ahí, en la distraída mirada de los que rodean al Maestro, quienes 'hábilmente perfilados' carecen de la perspicacia y la precisión de un Balzac para observar un personaje, y prescindir de sí mismos.
Augusto Monterroso era consciente de que la literatura tomaba por asalto. Afirmaba que la buena literatura refiere a obras previas, tácita o explícitamente. Sabía que la mejor literatura es específica: en la secreta alianza de forma y fondo podía compararse al escritor con el tirador que escoge el arma y el proyectil adecuados para cada tiempo, clima, lugar y blanco. Y se dedicó a demostrarlo. Callada, discretamente se convirtió de un escritor para escritores en un escritor para lectores, y a diferencia de los prestidigitadores que jamás deben explicar sus trucos, Monterroso exhibió y explicó con detalle el uso y manejo de cada una de sus armas. Logró dar una apariencia de naturalidad a cada uno de los géneros que reformó e, igualmente, consiguió que lo más difícil se lea con facilidad, como si la vida o la literatura fueran fáciles.
Con osadía, tiempo después, escribió y publicó paulatinamente lo que sería el gran contraste con Lo demás es silencio: las páginas del diario de un escritor que permite conozcamos su vida e intimidad --sin pudores gazmoños de señora provinciana--: La letra E (1986).
Dispuesto a no repetirse, se apartó del humor en busca de la altura épica en un libro esencial: La palabra mágica (1983), ensayos concebidos en un tono de logopea poundiana donde el tránsito de la lectura de 'Llorar a orillas del río Mapocho' hasta 'Los libros tienen su propia suerte' resume --más que cualquier perfil crítico o biográfico-- los esfuerzos del escritor, de sus trabajos y sus días, y resuelve de una vez por todas cualesquier pregunta respecto al porqué de una vocación frente al destino.
Ésas son, en breve perfil, las obras del maestro al que recuerdo agradecido. De él me quedé con el cariño por El Quijote, la curiosidad por Samuel Pepys, el interés por la Anatomía de la melancolía de Burton, una larga lista de obras por leer, el sapiente consejo de que los textos deben dejarse descansar, y revisarse y revisarse; y muchas muestras de constancia, inteligencia, sencillez y grandeza tanto en la literatura como en la vida.
*
lunes, octubre 04, 2004
domingo, octubre 03, 2004
Acerca de Mónica Lavín
Uno no sabe
EN UNA ÉPOCA en que escribir pareciera más una forma de dividirse que de diferenciarse, Mónica Lavín opta por descubrir --no la intimidad o abismos de la llamada literatura de género--, sino los espacios ya íntimos, ya sociales del interior del hombre. Atraviesa al otro lado del espejo y mira desde otros ojos la organización y estructura de las cosas del mundo o de su gente.
Lejos de los credos de la superación personal y la autoayuda; completamente ajena de la queja y de la conmiseración, Lavín se distingue en la literatura que se escribe en el México de hoy por enfrentar, al modo de los antiguos principios aristotélicos respecto al hombre, las acciones y los pensamientos con lo dicho y lo deseado. De esta manera Mónica Lavín nos lleva a intentar averiguar con ella quiénes son los otros y a aprender de ellos qué somos nosotros.
Uno no sabe es la compilación de relatos que nos muestra ahora una pregunta siempre planteada: ¿cómo saber qué queremos?, ¿cómo averiguar que estamos en lo cierto?, variantes sabias de la interrogante perenne: '¿por qué yo, ahora?'.
A lo largo de veinte años, Mónica Lavín ha enfocado su vida a averiguar qué es la escritura, esa inquietud extraña que plurales lecturas plantean a muchos de nosotros. Se lo preguntó ella y comenzó su jornada con textos íntimos e historias de mujeres nimbadas por añoranzas extremas.
Poco a poco se pobló su universo con cientos de personajes cuyo denominador común mucho tiene que ver con las epifanías a la manera de James Joyce, construidas a través del descubrimiento en un mínimo detalle de las claves de nuestra conducta y comportamiento. En esa medida es fácil comprender el interés que sus historias saben despertar. Lavín no confía en el apotegma de que la gente es lo que es; sino que es quien es, y nos enseña a descubrirlo.
Lo averiguamos a través de un velo donde se nos revela no sólo una anécdota y un conflicto, sino las preocupaciones que, asimismo, a diario ocupan los actos pendientes de nuestras agendas y cotidianidad.
Hay encanto y fascinación, hay una preocupación creciente por el estilo e ignoro por qué los protagonistas masculinos de Lavín sean capaces de vivir en la ignorancia de las magníficas o peculiares mujeres que los rodean y que ellas calle, callen tantas veces lo que en verdad manifiestan sus gestos.
Uno no sabe es un edificio de doce pisos de altura donde, en cada nivel, se desarrolla un drama humano condensado en una vertiginosa serie de imágenes. Cada historia bien pudiera ser una novela, descubrimos al final de cada una de ellas cuando seguimos más allá de las palabras cada pasión o a cada personaje. Ése es el mayor cuestionamiento que se pudiera hacer al libro.
Encuentro en cada uno de los relatos de Uno no sabe una afinada percepción de las preocupaciones de William Golding, tan acostumbrado a permitir la fuerza de la trasgresión en cada protagonista de sus obras. Esta energía del estremecimiento más allá de las buenas costumbres, es el mayor atractivo de estas historias.
No de otra manera pudieron abordarse tantos instantes de nuestra vida de los que hemos querido deshacernos pronto. 'Pero todos estamos al borde del naufragio', parece decir Lavín, y nos redime así, con ese perspicaz guiño cómplice donde enseña lo obvio: 'es que Uno no sabe, por eso'.
Comprendemos entonces el valor de los tabúes y el vértigo de romperlos --como ese muchacho en pos de la mujer otoñal. O bien, lo descubrimos tras el erotismo que nimba la muerte de otro, en la fascinada contemplación de los pies de una mujer o en esas manos que parecieran prometer todo, y jamás la despedida; como se muestra --asimismo-- tras el humo de los cigarrillos en tanto cambian lentamente las hormonas que separan la infancia del vértigo de la adolescencia; y más allá: esas mujeres solitaria en las mesas de los restaurantes de los hoteles, capaces de aceptar el sabor de una última copa. O esos extraños acuerdos donde el mero descubrimiento de una casa ajena y un cuaderno nos convierten en criminales.
Ah. Y el sabor de la carne en nuestras bocas, depredadoras eficientes, cómo a veces nos llenan los ojos de lágrimas. Mientras hay mujeres que son capaces de compartir un hombre y otras de buscar apoderarse de él...
Cuántas historias, Mónica Lavín; y esos hombres solos, en las tiendas comprando regalos para nadie, únicamente para demostrarse cómo florecen hermosas ésas dos hermanas. Hermosas, sí las mujeres, en especial las osadas, aparentemente encubiertas, que suben a los barcos que llevan a todas partes, sean nuevos hoteles u otras soledades. Ah, los sabores y los olores; ah, la arquitectura íntima de ciertos lugares y al final la catedral de Milán, el monumento que nos dice, ruega por ti, ruega por mí, por todos los que no sabemos lo que hacemos, por los que no escribimos, por los que escribimos y los que callamos, ruega por nosotros, Mónica Lavín.
Mónica Lavín nació en México en 1955. Bióloga y escritora. Estudió en la UAM-Xochimilco. Trabajó en el Instituto de Ecología y en las revistas Ciencia y desarrollo y Chispa. Fue jefa del departamento editorial de Difusión Cultural de la UAM, donde fue editora de la revista Casa del tiempo. Sus narraciones aparecen en New Writing from Mexico, Fiction International 25 y Mexican fiction. Es autora de Atrapados en la escuela, Cuentos eróticos mexicanos, La luna de miel según Eva y Todo lo de los niños. Ha recibido el Premio Nacional de Cuento Gilberto Owen por Ruby Tuesday no ha muerto. Es autora de las novelas Tonada de un viejo amor (1996) y La más faulera (1997), Café cortado, etc. Entre otras.
Lejos de los credos de la superación personal y la autoayuda; completamente ajena de la queja y de la conmiseración, Lavín se distingue en la literatura que se escribe en el México de hoy por enfrentar, al modo de los antiguos principios aristotélicos respecto al hombre, las acciones y los pensamientos con lo dicho y lo deseado. De esta manera Mónica Lavín nos lleva a intentar averiguar con ella quiénes son los otros y a aprender de ellos qué somos nosotros.
Uno no sabe es la compilación de relatos que nos muestra ahora una pregunta siempre planteada: ¿cómo saber qué queremos?, ¿cómo averiguar que estamos en lo cierto?, variantes sabias de la interrogante perenne: '¿por qué yo, ahora?'.
A lo largo de veinte años, Mónica Lavín ha enfocado su vida a averiguar qué es la escritura, esa inquietud extraña que plurales lecturas plantean a muchos de nosotros. Se lo preguntó ella y comenzó su jornada con textos íntimos e historias de mujeres nimbadas por añoranzas extremas.
Poco a poco se pobló su universo con cientos de personajes cuyo denominador común mucho tiene que ver con las epifanías a la manera de James Joyce, construidas a través del descubrimiento en un mínimo detalle de las claves de nuestra conducta y comportamiento. En esa medida es fácil comprender el interés que sus historias saben despertar. Lavín no confía en el apotegma de que la gente es lo que es; sino que es quien es, y nos enseña a descubrirlo.
Lo averiguamos a través de un velo donde se nos revela no sólo una anécdota y un conflicto, sino las preocupaciones que, asimismo, a diario ocupan los actos pendientes de nuestras agendas y cotidianidad.
Hay encanto y fascinación, hay una preocupación creciente por el estilo e ignoro por qué los protagonistas masculinos de Lavín sean capaces de vivir en la ignorancia de las magníficas o peculiares mujeres que los rodean y que ellas calle, callen tantas veces lo que en verdad manifiestan sus gestos.
Uno no sabe es un edificio de doce pisos de altura donde, en cada nivel, se desarrolla un drama humano condensado en una vertiginosa serie de imágenes. Cada historia bien pudiera ser una novela, descubrimos al final de cada una de ellas cuando seguimos más allá de las palabras cada pasión o a cada personaje. Ése es el mayor cuestionamiento que se pudiera hacer al libro.
Encuentro en cada uno de los relatos de Uno no sabe una afinada percepción de las preocupaciones de William Golding, tan acostumbrado a permitir la fuerza de la trasgresión en cada protagonista de sus obras. Esta energía del estremecimiento más allá de las buenas costumbres, es el mayor atractivo de estas historias.
No de otra manera pudieron abordarse tantos instantes de nuestra vida de los que hemos querido deshacernos pronto. 'Pero todos estamos al borde del naufragio', parece decir Lavín, y nos redime así, con ese perspicaz guiño cómplice donde enseña lo obvio: 'es que Uno no sabe, por eso'.
Comprendemos entonces el valor de los tabúes y el vértigo de romperlos --como ese muchacho en pos de la mujer otoñal. O bien, lo descubrimos tras el erotismo que nimba la muerte de otro, en la fascinada contemplación de los pies de una mujer o en esas manos que parecieran prometer todo, y jamás la despedida; como se muestra --asimismo-- tras el humo de los cigarrillos en tanto cambian lentamente las hormonas que separan la infancia del vértigo de la adolescencia; y más allá: esas mujeres solitaria en las mesas de los restaurantes de los hoteles, capaces de aceptar el sabor de una última copa. O esos extraños acuerdos donde el mero descubrimiento de una casa ajena y un cuaderno nos convierten en criminales.
Ah. Y el sabor de la carne en nuestras bocas, depredadoras eficientes, cómo a veces nos llenan los ojos de lágrimas. Mientras hay mujeres que son capaces de compartir un hombre y otras de buscar apoderarse de él...
Cuántas historias, Mónica Lavín; y esos hombres solos, en las tiendas comprando regalos para nadie, únicamente para demostrarse cómo florecen hermosas ésas dos hermanas. Hermosas, sí las mujeres, en especial las osadas, aparentemente encubiertas, que suben a los barcos que llevan a todas partes, sean nuevos hoteles u otras soledades. Ah, los sabores y los olores; ah, la arquitectura íntima de ciertos lugares y al final la catedral de Milán, el monumento que nos dice, ruega por ti, ruega por mí, por todos los que no sabemos lo que hacemos, por los que no escribimos, por los que escribimos y los que callamos, ruega por nosotros, Mónica Lavín.
Mónica Lavín nació en México en 1955. Bióloga y escritora. Estudió en la UAM-Xochimilco. Trabajó en el Instituto de Ecología y en las revistas Ciencia y desarrollo y Chispa. Fue jefa del departamento editorial de Difusión Cultural de la UAM, donde fue editora de la revista Casa del tiempo. Sus narraciones aparecen en New Writing from Mexico, Fiction International 25 y Mexican fiction. Es autora de Atrapados en la escuela, Cuentos eróticos mexicanos, La luna de miel según Eva y Todo lo de los niños. Ha recibido el Premio Nacional de Cuento Gilberto Owen por Ruby Tuesday no ha muerto. Es autora de las novelas Tonada de un viejo amor (1996) y La más faulera (1997), Café cortado, etc. Entre otras.
Cuestión de tiempo
¿Qué hay en un nombre?
PNR, PRM, PRI: esbozo histórico
Fernando de Garay, Alberto Márquez Salazar y Mariana Villegas
Fundación Colosio A.C., México, 2003. 414 pp. (Ilust.). Isbn 90-93249-0x
¿AJUSTE DE CUENTAS? ¿Revelación? ¿Suma de críticas y propuestas? ¿Revival del juego de pactos y traiciones Revolucionarios? ¿Ensayo y crónica de un partido? Varias o todas pueden ser las lecturas de PNR, PRM, PRI: esbozo histórico, donde el PRI es el protagonista de los acontecimientos, e incluso, un producto natural del México independiente y sus turbulencias decimonónicas.
Acostumbrados al concepto de la historia escrita por los vencedores, aparece durante el primer cuatrimestre del año electoral 2003 una visión de los vencidos que, dados los nombres de postulantes para integrar el Congreso durante el próximo trienio, bien pudiera ser el anuncio de una apasionada segunda parte.
Fernando de Garay, Mariana Vega y Alberto Márquez se propusieron desarrollar a partir de un primer ensayo, Apuntes para la historia, publicado en 2001, un panorama más amplio de su visión de la evolución de las personas, grupos y partidos que conformaron --finalmente-- al PRI que salió de Los Pinos tras las elecciones de julio de 2000.
De todos los títulos que pudieron darse al amplísimo volumen, se decidió por el más discreto: el bosquejo de las diversas transformaciones de un partido político y los nombres que lo identificaron. "¿Qué hay en un nombre?", pregunta un personaje de Shakespeare, "Aquello a lo que llamamos rosa, con otro nombre, olería igualmente delicioso", se responde.
Sin embargo, con la lectura contrastada de los primeros capítulos con los finales, el lector confirma que algo se fue pudriendo en Dinamarca: inicialmente se conformó un partido que respondía al interés de conservar el poder y la Constitución de 1917 a través de una amplia base popular representada, para bien y para mal, por sus líderes. Y tuvo la habilidad para sortear piedras en el camino --la frase es de Martínez Assad-- y de hacer sus metamorfosis sucesivas desde PNR, PRM, y PRI, hasta el organismo que se debate hoy por su supervivencia.
Para los autores y para los protagonistas, el PRI sigue siendo una institución viva. Para los votantes una posibilidad de mirar hacia atrás o hacia un México distinto. Para este lector, un organismo autofágico que debe depurarse y mudar de costumbres, como aconseja Quevedo al final de la historia de Don Pablos.
Si con el PNR se logró un equilibrio entre partido y pueblo que se fue desgastando cíclicamente, mientras la conservación del poder se mantuvo como una prioridad categórica. Al término de este recuento, se comprende que la habilidad del quehacer político del PRI quedó en manos de cuadros cada vez más escasos, en tanto y la atención y espectativa de la ciudadanía se volvió hacia cualqier parte.
Y si bien, a veces, la estructura histórica del Esbozo abusa de la retrospectiva, el texto contiene tesis sorprendentes, ya que se expone y afirma --desde un libro eminentemente partidista-- la mecánica y funcionamiento --muchas veces soslayada o negada por los propios actores y protagonistas-- de las reglas no escritas de un sistema que operó en México durante la mayor parte del siglo XX.
De este modo se proponen conclusiones tales como la que afirma que Zedillo fue frívolo al renunciar a su capacidad de intervenir en la designación de sucesor en 1999. "No solamente pretendió ignorar un método, o engañar al país, sino desconoció la historia y el sentido del instituto político que lo llevó al ejercicio de gobierno...", afirman los autores. Esos errores se pagan.
El esbozo histórico de De Garay, Márquez Salazar y Vega subraya su interés en la relación entre protagonistas, grupos del poder y programas nacionales con la vida interna partidista, y reconoce al prototipo de gobernante en Cárdenas, como un estadista capaz de rebasar lastres históricos y contemporáneos para llevar al país a un nivel de equilibrio sin precedentes.
No obstante, la principal controversia de éste y sucesivos capítulos pareciera darse con afirmaciones de Luis Javier Garrido, cuando la bibliohemerografía al respecto de los los diversos periodos presidenciales y las reestructuraciones facilitaría en sucesivas ampliaciones de este Esbozo una más equilibrada y plural discusión.
El panorama de la historia moderna del país hasta el periodo de López Mateos permite una lectura en extremo documentada de las circunstancias nacionales y en cierta medida objetiva. A partir del Diazordacismo, la absolución o total condena de los personajes históricos, si bien es cosa juzgada para la sociedad pensante, la posición del PRI ha sido ambigua. Este esbozo admite que el inmovilismo interno del partido y la cerrazón hacia los jóvenes, debilitó irremediablemente la estructura del instituto. Y a su vez, declara responsable a GDO de la masacre del 68 y la ceguera del entonces presidente para distinguir en la actitud de los jóvenes la necesidad de democracia.
Los mayores aciertos del volumen los encuentro en los capítulos donde el contrapunto entre lo testimonial y lo anecdótico hacen el perfil de la lucha interna por lograr una síntesis de las diversas tendencias que caracterizan al PRI, ya que es donde se formula una ideología más viable para un partido en recomposición, realmente, a través de la discusión de los factores del poder y sus intereses.
Propiamente más de la mitad del libro se ocupa de los años de los periodos que van de López Portillo hasta la actualidad. Son los años del derrumbe, ligados al gran cambio de los países y sociedades, la evolución tecnológica y científica acelerada y las debacles económicas y donde la evolución del crimen, el crecimiento del terrorismo y el narcotráfico socavan a todas las naciones. Donde finalmente la aldea global se regionaliza en respuesta al imperialismo unipolar, y donde --en la misma relación-- los líderes pierden su proporción y se convierten en pequeños caciques enfrentados.
En esta dialéctica, no hubo ganadores. Sólo vencidos. El equilibrio fue imposible de mantener. Y el resultado fue de alrededor de 40 millones de perdedores. Siempre postergadas las soluciones, se alcanzó la indefinición total. Durante cada ciclo se vota para buscar respuesta a las promesas de campaña que hizo Miguel de la Madrid. Y al espectador no le cabe duda. Se logró la democracia. Pero ésta es una satisfacción vacía cuando se tiene empeñado el futuro.
La visión de México era la de una tierra de volcanes, hoy, parece una tierra de catástrofes, cambiamos de país sin cambiar de pasaporte. Entre el penelopismo, el gatopardismo y el tributo a Kafka nos acostumbramos a vivir en un país literario. Nos acostumbramos a vivir en un país de pactos y de amarres, no de soluciones ni de responsables. En este país sólo los desposeídos son culpables. Pueblo, partidos y gobierno van cada uno por su lado jugando con la pelota de la corrupción y las deudas. Y este Esbozo muestra las debilidades de la democracia dirigida y la de la democracia mal digerida.
Para concluir: se pensó siempre que era una ventaja el doble discurso donde cada quien escuchaba lo que anhelaba. El balance de los sexenios que van de De la Madrid a Zedillo en nigún caso es favorable. Recuerda la vida de los Césares: recordamos sus errores, no sus grandes obras. Ningún pueblo merece el agravio de sus gobernantes. Y en México hay heridas abiertas todavía que debieran sanarse.
Bien por los autores por este volumen, donde buscan aproximarnos a la verdad. Es conveniente hacer el recuento de los daños.Y hablar mirándonos a los ojos. Pero queda formulada la pregunta: si ya una larga vez se traicionó nuestra confianza, ¿son tan optimistas todavía en que a mediano plazo pudiera restablecerse el vínculo? No puede apostarse ni a la cabal memoria ni al olvido: los mexicanos son un pueblo que no deja de lado una afrenta. Al tiempo.
Acostumbrados al concepto de la historia escrita por los vencedores, aparece durante el primer cuatrimestre del año electoral 2003 una visión de los vencidos que, dados los nombres de postulantes para integrar el Congreso durante el próximo trienio, bien pudiera ser el anuncio de una apasionada segunda parte.
Fernando de Garay, Mariana Vega y Alberto Márquez se propusieron desarrollar a partir de un primer ensayo, Apuntes para la historia, publicado en 2001, un panorama más amplio de su visión de la evolución de las personas, grupos y partidos que conformaron --finalmente-- al PRI que salió de Los Pinos tras las elecciones de julio de 2000.
De todos los títulos que pudieron darse al amplísimo volumen, se decidió por el más discreto: el bosquejo de las diversas transformaciones de un partido político y los nombres que lo identificaron. "¿Qué hay en un nombre?", pregunta un personaje de Shakespeare, "Aquello a lo que llamamos rosa, con otro nombre, olería igualmente delicioso", se responde.
Sin embargo, con la lectura contrastada de los primeros capítulos con los finales, el lector confirma que algo se fue pudriendo en Dinamarca: inicialmente se conformó un partido que respondía al interés de conservar el poder y la Constitución de 1917 a través de una amplia base popular representada, para bien y para mal, por sus líderes. Y tuvo la habilidad para sortear piedras en el camino --la frase es de Martínez Assad-- y de hacer sus metamorfosis sucesivas desde PNR, PRM, y PRI, hasta el organismo que se debate hoy por su supervivencia.
Para los autores y para los protagonistas, el PRI sigue siendo una institución viva. Para los votantes una posibilidad de mirar hacia atrás o hacia un México distinto. Para este lector, un organismo autofágico que debe depurarse y mudar de costumbres, como aconseja Quevedo al final de la historia de Don Pablos.
Si con el PNR se logró un equilibrio entre partido y pueblo que se fue desgastando cíclicamente, mientras la conservación del poder se mantuvo como una prioridad categórica. Al término de este recuento, se comprende que la habilidad del quehacer político del PRI quedó en manos de cuadros cada vez más escasos, en tanto y la atención y espectativa de la ciudadanía se volvió hacia cualqier parte.
Y si bien, a veces, la estructura histórica del Esbozo abusa de la retrospectiva, el texto contiene tesis sorprendentes, ya que se expone y afirma --desde un libro eminentemente partidista-- la mecánica y funcionamiento --muchas veces soslayada o negada por los propios actores y protagonistas-- de las reglas no escritas de un sistema que operó en México durante la mayor parte del siglo XX.
De este modo se proponen conclusiones tales como la que afirma que Zedillo fue frívolo al renunciar a su capacidad de intervenir en la designación de sucesor en 1999. "No solamente pretendió ignorar un método, o engañar al país, sino desconoció la historia y el sentido del instituto político que lo llevó al ejercicio de gobierno...", afirman los autores. Esos errores se pagan.
El esbozo histórico de De Garay, Márquez Salazar y Vega subraya su interés en la relación entre protagonistas, grupos del poder y programas nacionales con la vida interna partidista, y reconoce al prototipo de gobernante en Cárdenas, como un estadista capaz de rebasar lastres históricos y contemporáneos para llevar al país a un nivel de equilibrio sin precedentes.
No obstante, la principal controversia de éste y sucesivos capítulos pareciera darse con afirmaciones de Luis Javier Garrido, cuando la bibliohemerografía al respecto de los los diversos periodos presidenciales y las reestructuraciones facilitaría en sucesivas ampliaciones de este Esbozo una más equilibrada y plural discusión.
El panorama de la historia moderna del país hasta el periodo de López Mateos permite una lectura en extremo documentada de las circunstancias nacionales y en cierta medida objetiva. A partir del Diazordacismo, la absolución o total condena de los personajes históricos, si bien es cosa juzgada para la sociedad pensante, la posición del PRI ha sido ambigua. Este esbozo admite que el inmovilismo interno del partido y la cerrazón hacia los jóvenes, debilitó irremediablemente la estructura del instituto. Y a su vez, declara responsable a GDO de la masacre del 68 y la ceguera del entonces presidente para distinguir en la actitud de los jóvenes la necesidad de democracia.
Los mayores aciertos del volumen los encuentro en los capítulos donde el contrapunto entre lo testimonial y lo anecdótico hacen el perfil de la lucha interna por lograr una síntesis de las diversas tendencias que caracterizan al PRI, ya que es donde se formula una ideología más viable para un partido en recomposición, realmente, a través de la discusión de los factores del poder y sus intereses.
Propiamente más de la mitad del libro se ocupa de los años de los periodos que van de López Portillo hasta la actualidad. Son los años del derrumbe, ligados al gran cambio de los países y sociedades, la evolución tecnológica y científica acelerada y las debacles económicas y donde la evolución del crimen, el crecimiento del terrorismo y el narcotráfico socavan a todas las naciones. Donde finalmente la aldea global se regionaliza en respuesta al imperialismo unipolar, y donde --en la misma relación-- los líderes pierden su proporción y se convierten en pequeños caciques enfrentados.
En esta dialéctica, no hubo ganadores. Sólo vencidos. El equilibrio fue imposible de mantener. Y el resultado fue de alrededor de 40 millones de perdedores. Siempre postergadas las soluciones, se alcanzó la indefinición total. Durante cada ciclo se vota para buscar respuesta a las promesas de campaña que hizo Miguel de la Madrid. Y al espectador no le cabe duda. Se logró la democracia. Pero ésta es una satisfacción vacía cuando se tiene empeñado el futuro.
La visión de México era la de una tierra de volcanes, hoy, parece una tierra de catástrofes, cambiamos de país sin cambiar de pasaporte. Entre el penelopismo, el gatopardismo y el tributo a Kafka nos acostumbramos a vivir en un país literario. Nos acostumbramos a vivir en un país de pactos y de amarres, no de soluciones ni de responsables. En este país sólo los desposeídos son culpables. Pueblo, partidos y gobierno van cada uno por su lado jugando con la pelota de la corrupción y las deudas. Y este Esbozo muestra las debilidades de la democracia dirigida y la de la democracia mal digerida.
Para concluir: se pensó siempre que era una ventaja el doble discurso donde cada quien escuchaba lo que anhelaba. El balance de los sexenios que van de De la Madrid a Zedillo en nigún caso es favorable. Recuerda la vida de los Césares: recordamos sus errores, no sus grandes obras. Ningún pueblo merece el agravio de sus gobernantes. Y en México hay heridas abiertas todavía que debieran sanarse.
Bien por los autores por este volumen, donde buscan aproximarnos a la verdad. Es conveniente hacer el recuento de los daños.Y hablar mirándonos a los ojos. Pero queda formulada la pregunta: si ya una larga vez se traicionó nuestra confianza, ¿son tan optimistas todavía en que a mediano plazo pudiera restablecerse el vínculo? No puede apostarse ni a la cabal memoria ni al olvido: los mexicanos son un pueblo que no deja de lado una afrenta. Al tiempo.
PNR, PRM, PRI: esbozo histórico
Fernando de Garay, Alberto Márquez Salazar y Mariana Villegas
Fundación Colosio A.C., México, 2003. 414 pp. (Ilust.). Isbn 90-93249-0x
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